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Culto
La bicentenaria política chilena

La bicentenaria política chilena

Se publica el primer tomo de la ambiciosa Historia política de Chile, 1810-2010, donde más de 50 autores diversifican enfoques en un territorio algo deficitario.

Faltan en Chile tres meses para los 200 años de uno de los hitos mayores en la historia de cualquier república: la promulgación de la Independencia. Y si bien no faltarán las conmemoraciones en la Dibam (desde febrero, un muestrario de mapas y documentos en la Biblioteca Nacional; en agosto, un seminario del Centro Barros Arana), no es misterio que los cartuchos se gastaron en el camino al 18 de septiembre de 2010. Que las celebraciones son ya cosa ida y que esto corre para todo ámbito.

Sin embargo, quien se dé hoy una vuelta por la Filsa podría toparse con un volumen que le sugerirá otra cosa: que la reflexión y el análisis bicentenarios aún no ceden. Se trata de Historia Política de Chile, 1810-2010. Tomo I: Prácticas políticas (Juan Luis Ossa, ed.), la primera de cuatro partes de una obra que convocó a medio centenar de autores, no sólo historiadores, y que irá completándose en los meses venideros con los volúmenes Estado y sociedad, Problemas económicos e Intelectuales y pensamiento político. Y contra lo que hicieron en la Academia Chilena para elaborar su Historia de la República Chile (2013), la división acá no es cronológica sino temática.

Los grandes temas no son los que acostumbraron ser: los antiguos énfasis en las instituciones y sus ritos, en los políticos profesionales y sus hitos, ceden paso a la materia de la que están hechos los mecanismos de la actividad política: en la política del asociacionismo y la protesta, en la violencia como modo de expresión política, en el rol de la judicatura, en la demanda feminista de “democracia en el país y en la casa” y en tantos otros ámbitos, públicos y privados. Las aproximaciones y los métodos también hablan de reconsideraciones, reenfoques e inquietudes de hoy. Porque la historia es siempre contemporánea.

Junto a los nombres ya señalados está la edición general de Iván Jaksic, quien trabajó, como el resto, al alero del Centro de Estudios de Historia Política (Cehip) de la UAI. A poco de arrancada su “Introducción general”, escribe el profesor de la U. de Stanford que las discusiones que fueron dando forma a este proyecto, y que arrancaron hace unos cinco años, orbitaron en torno a un par de observaciones: que los chilenos encuentran hoy la respuesta a sus aspiraciones principalmente en el mercado y que “manifiestan niveles preocupantes de rechazo a los partidos políticos en general y a los personeros políticos en particular”.

De ahí vienen preguntas: “¿Cómo se ha llegado a tal estado de cosas? ¿Hubo ciclos similares en el pasado? ¿Se entiende por política en el siglo XXI algo diferente a lo que se entendía en las primeras décadas del XIX? ¿O será que la política existe mucho más allá de los partidos y las instituciones diseñadas para regularla? ¿En qué sentido la historia puede revelar cómo ha evolucionado la política hasta el momento y mostrar algunos atisbos de su futuro?”. La colección completa es parte de la respuesta

La tensión y la pugna

En un plano más pedestre, Jaksic cuenta a Culto que en parte, también, la presente obra nació como respuesta al hecho de ver a políticos apelando a la historia de formas erróneas y/o demagógicas, o bien reprochando a sus adversarios ignorancia acerca de cuestiones históricas. Acusa el “empobrecimiento de la discusión política”, pero también “un déficit enorme en historia política”. Lo que más ha habido, agrega, es una historia política institucional: “Si se habla de elecciones, se habla de tal ley, no de los que votan y de los que no votan”. Y sentencia: “La historia política ya no es pura institucionalidad. Es tensión, es pugna”.

En los 80 y 90, lo secunda Juan Luis Ossa, hubo nuevas formas de hacer esta historia y el impulso gestado imposibilitó seguir viendo la nación como una entelequia, despertando interés en los procesos. También en otras parcelas históricas y en disciplinas desde la sicología a la economía.

En este proceso, plantea Jaksic, se hizo necesario descreer de la periodización tradicional -pues una interpretación literal del período “conservador” (1830-60) “hace imposible entender el surgimiento del liberalismo”- y pensarlo bien antes de usar ciertos rótulos “desgastados por el uso y el abuso”. Uno de ellos es el de élite. La idea era que los autores buscaran y elaboraran conceptos ajustados a las realidades que abordaron.

Entre esos autores, en el primer tomo, están la reconocida dupla de Elizabeth Lira y Brian Loveman, que advierten los modos en que la violencia, tal como la guerra, ha sido considerada una práctica política legítima. También Marcelo Casals, que aborda los términos del consenso en virtud del cual en el siglo XIX se consensuó que la democracia era el mejor -y acaso el único- régimen de gobierno para Chile. Y Augusto Varas, que tras examinar 205 años de militares y política en Chile, refuerza su convicción de que no hay FFAA profesionales sin democracia, ni democracia sin FFAA profesionales. Sin embargo, remata, “la suma de las políticas gubernamentales al respecto aún no logra constituirse en política de Estado”.

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