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Culto
No mires hacia atrás

No mires hacia atrás

Hay una continuidad marcada con el álbum anterior, a su vez uno de los mejores títulos en la discografía de Robert Plant, con algunas canciones que tampoco implican un retorno al pasado, sino un rock filtrado mediante esta mirada más desprejuiciada.

En las primeras giras de Led Zeppelin, Robert Plant y John Bonham se desbandaban. El baterista nunca pudo superar los excesos on tour. En cambio el cantante comprendió que no solo debía ser el rey del rock sino también parecerlo. Así escribió canciones como “For your life” en Presence (1976), un relato sobre los estragos de la cocaína, como le incomodaba ese pasado de descontrol. En ese proceso entendió algo más, un detalle crucial para marcar diferencia y eludir la tentación de vivir del pasado. Un artista debe desafiarse a si mismo sin mirar atrás.

“Carry fire” llega a tres años de Lullaby and the ceaseless roar, el álbum donde debutó la banda de acompañamiento The Sensational space shifters, ensamble de músicos que reacciona con elocuencia e ingenio a los intereses de la estrella de 69 años.

La intersección que moviliza al legendario artista es compleja. Pretende aunar una deconstrucción del rock con lupa en sus raíces blues, vetas étnicas oscilantes entre el norte africano y medio oriente, y elementos de folk y electrónica torneados de tal manera que resulta imposible clasificarlos.

Con el tiempo lo que antes parecía un tanto forzado -esa distancia ex profeso a la virilidad rockstar que Robert Plant personificó en los 70-, fluye con mayor naturalidad. Encontró su costado femenino desde la proyección de la voz que exige otras sonoridades y ambientes distintos al riff muscular y cachondo impuesto por Page, del que Plant siguió dependiendo en sus primeros años solistas. Rítmicamente también aflora la necesidad de ejercitar otra matemática. Las canciones no se definen por tiempos y pulsos tradicionales, sino por cifras hilvanadas en elástica cadencia.

Hay una continuidad marcada con el álbum anterior, a su vez uno de los mejores títulos en la discografía de Robert Plant, con algunas canciones que tampoco implican un retorno al pasado, sino un rock filtrado mediante esta mirada más desprejuiciada. La primera es New world y su fraseo en guitarra eléctrica abierto y reverberante, pieza férrea y melancólica rematada con un solo de exquisito gusto. Hacia el final el cover de “Bluebirds over the mountain”, original de Ersel Hickey, es interpretada junto a Chrissie Hynde en una combinación magnífica, con mantos de electrónica que cogen por sorpresa, una guitarra que trepa en tonos desérticos, y arreglos de violín con aroma a tierras lejanas.

Nuevamente queda descartado para Robert Plant hacer carrera con el ojo puesto en el retrovisor. Una sana costumbre que extiende su reinado.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras