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Culto
Los restos del día, la obra maestra del Premio Nobel de Literatura

Los restos del día, la obra maestra del Premio Nobel de Literatura

Kazuo Ishiguro publicó Los restos del día en 1989. Fue su tercera novela, pero se convirtió en la obra que lo catapultó definitivamente al primer plano de la literatura mundial. Una obra profundamente británica escrita, irónicamente, por un novelista que no nació en Reino Unido.

“Cada vez parece más probable que haga una excursión que desde hace unos días me ronda por la cabeza”. Así comienza Los restos del día, la que para muchos es considerada la obra maestra del escritor británico de origen japonés Kazuo Ishiguro y ganador del Premio Nobel de Literatura. No hay certezas en esa afirmación porque Stevens, el viejo mayordomo, protagonista y narrador de la novela nunca las ha tenido. Ha pasado su vida encerrado en una mansión victoriana al servicio de otros y por primera vez tiene la posibilidad de tomar unos días de descanso. Y el viaje terminará convirtiéndose en una travesía de descubrimiento y transformando a la novela de Ishiguro en una suerte de road movie, pero sin adolescentes en busca de su destino sino de un viejo sirviente que parece esforzarse a toda costa por ocultar sus sentimientos y no reconocerse a sí mismo.

Los restos del día es una novela británica por excelencia escrita irónicamente por un autor que no nació en Reino Unido, un extraordinario ejercicio de contención, donde nada parece expresarse abiertamente, pero todo queda perfectamente claro. “Un profundo y desgarrador estudio de la personalidad, las clases y la cultura”, como escribió The New York Times. Su publicación en 1989 catapultó a Ishiguro a la primera línea de la escena literaria británica y mundial, pese a que ya había publicado dos novelas y su nombre integraba la ya famosa lista de la generación Granta junto a figuras como Ian McEwan, Martin Amis y Julian Barnes entre otros. Con el libro, sin embargo, Ishiguro obtuvo el prestigioso Booker Prize, alcanzó un estatus superior en las letras británicas y terminó siendo nombrado Oficial de la Orden del Imperio Británico.

La obra nació, según contó el propio autor a la famosa revista Paris Review, de una broma de su esposa a un periodista que lo fue a entrevistar por su primera novela. “Mi mujer me dijo entonces, ¿no sería cómico que esta persona venga a hacerte estas serias y solemnes preguntas y tú pretendas ser mi mayordomo? Pensamos que sería una idea muy entretenida. Desde entonces comencé a obsesionarme con la metáfora del mayordomo”, comentó Ishiguro. Una metáfora sobre la negación de la propia identidad y la idea de ser muchas veces un observador de las grandes decisiones de otros sin tomar conciencia de ellas o no querer hacerlo. Todo esto queda reflejado en Los restos del día, que parte en 1956 y se convierte en un gigantesco fresco de la alta sociedad británica de la primera mitad del siglo XX, sus contradicciones y sus secretos.

En sus poco más de 250 páginas Ishiguro combina magistralmente una novela política —la historia de la trastienda de la Segunda Guerra Mundial, a través del rol del ex patrón de Stevens, un aristócrata británico simpatizante del Tercer Reich—, una novela romántica —el amor nunca consumado entre la ex ama de llaves a quien Steven va a visitar en su viaje y el propio mayordomo— y una obra costumbrista de la Inglaterra del siglo pasado. Y todo ello lo va relatando a través de la voz del propio Stevens quien parece estar en permanente contradicción con los hechos. Como escribe Daniel Krauze en la revista mexicana Letras Libres, durante toda la obra de Ishiguro “el lector parece estar siempre adelante del narrador: sabemos qué piensa y qué siente aun cuando él no puede saberlo ni verse a sí mismo con honestidad”.

Stevens parece vivir en permanente negación como cuando insiste en que “Lord Darlington no era un mal hombre, era un hombre de gran corazón”, en respuesta a los cuestionamientos sobre las simpatías nazis de su ex patrón e Ishiguro maneja con extraordinario talento ese tono contenido. Sólo hacia el final del libro, el narrador logra revelar sutilmente sus sentimientos cuando admite a la señora Kenton, la ex ama de llaves a quien visita, sus sentimientos. Pero rápidamente vuelve a ocultarlos cuando la mujer reconoce que ya es demasiado tarde. Ishiguro solo nos regala ese pequeño destello de honestidad emocional, para regresar luego al punto de partida, el mismo Stevens de siempre: “Cuando mañana regrese a Darlington Hall (…) empezaré a ejercitarme de nuevo con más ánimo. Así cuando mi patrón vuelva espero poder darle una grata sorpresa”.


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