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Culto
Sheila Fitzpatrick: “El centenario es un bochorno para el gobierno de Putin”

Sheila Fitzpatrick: “El centenario es un bochorno para el gobierno de Putin”

Académica emérita de la U. de Chicago, la autora de La revolución rusa habla sobre los 100 años del fin del zarismo y el triunfo bolchevique. Viene a un seminario en la UDP.

De febrero a octubre, el año en curso ha permitido pasearse por los entresijos de la hoy centenaria revolución que desbancó al zar Nicolás II y, meses más tarde, instaló al poder al primer régimen comunista. Libros, documentales y conferencias dan cuenta de la conmemoración. Sobre todos los libros, entre los que se cuentan la reedición de Diez días que estremecieron al mundo, de John Reed, y una anticipada traducción de La revolución rusa, de Richard Pipes, al igual que la llegada de El tren de Lenin, de Catherine Merridale. Pero así como hay novedades, hay también longsellers como La revolución rusa, de Sheila Fitzpatrick, quien por lo demás participará en en una conferencia internacional que se desarrollará en la UDP entre el 23 y el 25 de octubre.

Publicado por vez primera en 1983, el libro de la historiadora australiana, académica de la U. de Sydney y profesora emérita de la U. de Chicago, ha tenido sucesivas reediciones y puestas al día, que han tomado nota de la apertura de archivos que siguió al fin de la URSS (1991), pero que no han alterado, dice a Culto, su mirada al proceso revolucionario. Una mirada revisionista, que se extiende hasta las purgas de 1937-38 y que da cuenta de los factores sociales y culturales que definieron la revolución y que moldearon al país al que ésta dio origen. De ahí su interés en las “máscaras” asumidas por los soviéticos en distintos períodos, así como en las implicancias del estalinismo, cuestiones tratadas respectivamente en Tear off the masks! (2005) y El equipo de Stalin (2016).

“No hay nada como las revoluciones para provocar controversia ideológica entre sus intérpretes”, escribe Fitzpatrick en la más famosa de sus obras. Consultada por estos 100 años y por cómo se perciben en Rusia, tiene también un parecer: “El centenario es un bochorno para el gobierno de Putin, porque no están seguros de lo que piensan acerca de la Revolución. Stalin, entendido como constructor de la nación, encaja fácilmente en el pasado utilizable, pero con Lenin y la revolución bolchevique el asunto se complica. Así las cosas, no están planeando ninguna celebración pública: sólo unas pocas conferencias académicas”.

¿Fue esta revolución hija de la circunstancias o del azar?
Si por “circunstancias” se refiere a la Guerra Civil, debe tener presente que esta guerra fue algo que los bolcheviques previeron y en cierto sentido saludaron, ya que no creían que las “clases explotadoras” fueran a darse por vencidas sin pelear.

Con ocasión del centenario, Oxford U. Press publicó el libro ¿Era inevitable la revolución? ¿Le parece una pregunta oportuna?
No hay inevitabilidad en la historia. Si la hubiera, podríamos predecir el futuro. Pero hay patrones y hay relaciones. Eso es lo que los historiadores tratamos de describir, aunque a veces, desgraciadamente, el propio acto de explicar parece sugerir que hay un modo en que las cosas tenían que ocurrir. Por lo anterior, no creo que la premisa de Was revolution inevitable? sea factible, aunque los ensayos de historia contrafactual pueden ser estimulantes y útiles.

Lo anterior, ¿cómo puede aplicarse al Gran Terror (las purgas masivas de Stalin, 1937-1938)?
Como no suscribo a la inevitabilidad, no voy a pensar que el Gran Terror era inevitable. La pregunta es qué relación tiene con la revolución. Los estudiosos del modelo totalitario vieron en las purgas masivas un producto del totalitarismo de Stalin, lo que implica que la revolución es más o menos irrelevante. También podría verse el Gran Terror como un pánico moral fortuito, comparable a la manía medieval con las brujas, y en ese caso la revolución también es irrelevante. Pero en mi libro –La revolución rusa– decidí tratarlo como el último acto de la revolución por dos motivos: las revoluciones aumentan la propensión a la violencia en un estado y una sociedad, y los bolcheviques se identificaban con los jacobinos y vieron el terror jacobino como parte necesaria e intrínseca de la Revolución Francesa.

¿Le parece que la figura de Lenin ha sido revaluada?
La más reciente biografía de Lenin –Lenin the Dictator: An Intimate Portrait, de Victor Sebestyen (2017)- ofrece una visión más bien sesgada del personaje tras los hechos de octubre: como alguien determinado a conquistar y conservar el poder, un entusiasta del terror. En parte, ésta es una respuesta a la liberación de documentos tras la caída de la URSS, que muestran con particular claridad su lado más sanguinario. Pero ésa no fue la única faceta de Lenin, tal como (su biógrafo) Lars Lih ha sostenido convincentemente, mientras Robert Service ofrece un estudio más equilibrado y erudito (usando nuevos datos de los archivos) en Lenin. Una biografía. Ahora, como demuestra Lih, Lenin se percibía a sí mismo como un hombre con la misión de ilustrar a las masas y de aportar el liderazgo revolucionario que permitiría a la clase obrera liberarse a sí misma y al resto de la sociedad.

¿Cómo entender a Stalin a la luz de lo que Lenin hizo, así como del momento de la Revolución que le tocó enfrentar?
Stalin se vio a sí mismo como el hombre que continuó el trabajo iniciado por Lenin: a la revolución política de 1917 le siguió, a fines de los 20, la revolución económica, con el impulso industrializador y la colectivización agrícola. No toleraba la oposición, ni fuera ni dentro del partido, pero, para el caso, Lenin tampoco. Lo que queda por saber es si Lenin habría estado dispuesto a usar la fuerza del modo en que lo hizo Stalin, y si es posible imaginar a Lenin desplegando, en las grande purgas, una violencia esencialmente innecesaria contra su propio partido y contra la intelligentsia, así como contra el conjunto de la sociedad. Hay quienes asignan gran importancia a la posdata del “Testamento” de Lenin, donde dice que Stalin debería ser removido de la secretaría general del Partido Comunista, pero yo me lo tomo menos en serio. Lenin era un hombre enfermo, apartado del poder por sus dolencias e incapaz de asumirlo, con una visión negativa de todos sus colegas del Politburó. Sin duda hubo en juego cuestiones de principios, pero Lenin estaba harto de Stalin por razones personales: Stalin tenía la nada envidiable tarea -a nombre del Politburó- de vigilar que Lenin se sometiera a su régimen médico.

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