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Culto
Los diarios de John Lennon

Los diarios de John Lennon

Acaba de aparecer en español una nueva edición ampliada y de bolsillo de Nowhere man: los últimos días de John Lennon, la biografía del estadounidense Robert Rosen que mezcla sus recuerdos con los diarios del ex Beatle.

Escrito por una de las pocas personas, fuera del círculo interno de Lennon, que han leído sus diarios personales, el libro revela una verdad emocional sobre el ex-Beatle, que no se puede encontrar en ninguna de las, aproximadamente, 400 otras biografías de Lennon actualmente impresas.

A la edición original del libro, publicado en el año 2000, se añaden cinco capítulos extra que exploran tales tópicos controversiales como las teorías de conspiración que rodean el asesinato de Lennon. Se incluyen también una nueva introducción y nuevas revelaciones sobre Lennon y Yoko Ono, que Rosen no pudo publicar en el libro original: John Lennon programó sueños sexuales con la icónica periodista de televisión norteamericana Barbara Walters, tuvo una relación sexual con su masajista coreana y escribió sobre ambas con detalle en sus diarios.


Los diarios de John Lennon

Por Robert Rosen

Veinticuatro horas después de que John Lennon fuera asesinado, el 8 de diciembre de 1980, su asistente personal Fred Seaman, un cercano amigo mío, vino a mi apartamento. Estaba visiblemente conmovido, sus ojos inyectados en sangre, las lágrimas corrían por su rostro. Era un trabajo por hacer, dijo. El verano anterior, durante una larga estancia en las Bermudas, John le había dicho que si algo le pasara a él, era tarea de Seaman escribir la verdadera historia de sus últimos años. Esta no sería el cuento oficial de un marido hogareño feliz, excéntrico, que criaba a Sean y horneaba el pan, mientras Yoko manejaba el negocio familiar. En lugar de eso, sería la historia de una súper-estrella atormentada, un prisionero de su fama, encerrado en su dormitorio y desvariando sobre Jesucristo, mientras una comitiva de sirvientes atendía cada necesidad suya.

“Será la biografía definitiva de John Lennon”, me dijo Seaman. “Es lo que John quiere. Es nuestra tarea cumplir su voluntad”.

Yo opté por creerle. No tenía una razón para no hacerlo. Yo era un escrito desempleado de 28 años, con un grado de maestría en periodismo, cuya última ocupación había sido la de chofer de taxi. Conocía a Seaman desde el colegio, había sido su editor en el periódico de la escuela. Él había empezado a trabajar para Lennon en enero de 1979. Después de un día en el empleo, me dijo: “Tenemos que colaborar en un libro”.

Yo dije que sí.

Por los dos años siguientes me llamó varias veces a la semana, desde cualquier lugar donde se estuviera quedando con los Lennon —el Dakota, Puerto Cold Spring, Palm Beach, las Bermudas—, y me contaba con explícito detalle qué estaba pasando. Yo tomaba notas extensas en mi diario.

Después de la muerte de Lennon, Seaman fue promovido a asistente ejecutivo de Ono. Tenía el manejo del Dakota, y empezó a surtirme de la materia prima que yo necesitaba para escribir la biografía: cintas de audio y de video inéditas que Lennon había grabado, fotografías y diapositivas que Seaman había tomado en el transcurso de dos años, y notas que Lennon había escrito describiendo los mandados y faenas diarios de Seaman.

En mayo de 1981 Seaman me dio los diarios de Lennon. Me aseguró que John le había dicho que, en evento de su muerte —la de John Lennon—, usara cualquier material que necesitara para contar la historia completa de su vida. Era obvio que aquellas agendas de escritorio forradas de cuero de la revista New Yorker, eran la clave del proyecto que Seaman había visionado.

Sin embargo, no fue hasta el miércoles de 21 de octubre, que empecé el proceso de transcribir los diarios de Lennon. Fue un trabajo agotador, que continuó sin amainar hasta finales de noviembre. Sin importar cuan mucho yo transcribiera, ahí siempre había más, la tarea parecía interminable. Me forcé a mí mismo en una rutina que raramente variaba: me levantaba a las 5 AM, me desprendía de la cama y me lanzaba sobre los diarios. Entonces, durante las siguientes 16 horas, abastecido de café y anfetaminas, luchaba con los garabatos, los códigos y los símbolos de Lennon. A medida que transcribía sus palabras en mi IBM Selectric, las decía en voz alta como un conjuro, y empecé a sentir lo que parecía ser la energía de Lennon fluyendo a través de mí.

Por primera vez veía cómo era realmente su vida. Me daba temor su fanática disciplina, su total compromiso con la esclavitud que él mismo se había impuesto de llevar su diario. Yo nunca había visto nada igual. Él lo apuntaba todo: cada detalle, cada sueño, cada conversación, cada bocado de comida que se ponía en la boca, el flujo perpetuo de la conciencia. Y todo era una enorme contradicción. Aquí estaba un hombre que aspiraba a ser como Jesús y Ghandi, tanto como anhelaba dinero y placeres carnales.

Para Lennon sus diarios eran su religión.

El trabajo era lento y tormentoso. Yo sentía como si estuviera traduciendo de una lengua extranjera escrita en un alfabeto diferente. Ponía tanta energía en descifrar cada palabra, y en algunos casos cada letra, que no tenía idea de lo que él había escrito hasta que leía de nuevo el pasaje entero, entonces era capaz de completar por el contexto las palabras y las frases perdidas.

Por seis semanas viví como un monje, confrontando diariamente el Evangelio según John. Para tener un sentido visceral de la vida de Lennon, comía los alimentos que él comía. Hacía dieta, bajé 12 libras (5,4 kgs.), hasta que alcancé un peso de 138 libras (62,5 kgs.), cercano a las 135 (61 kgs.) de Lennon. Yo vivía como él habría vivido pero sin Yoko, sin Sean, sin el personal de doncellas, cocineros, institutrices, choferes y otros sirvientes asignados, videntes y asistentes personales. Vivía como él habría vivido sin su pasado beatleriano, sin su presente de súper-estrella, sin sus $150 millones [de dólares]. Sus palabras eran mi única compañía, yo existía en un aislamiento virtual.

Entonces, el 4 de enero de 1982, Ono despidió a Seaman. Él me aseguró que el proyecto continuaría, le había dado su palabra a John Lennon de que contaría la verdadera historia. Yoko, dijo él, no objetaría. Y además, él ahora tenía un “ángel” que financiaría el libro. Todos nuestros gastos serían cubiertos. Asimismo, desde que había estado trabajando tan arduamente, ya era tiempo de que me tomara unas vacaciones.

El 9 de febrero de 1982 volé a Jamaica. Cuando regresé a Nueva York el 27 de febrero, mi apartamento había sido saqueado. Todo en lo que yo había estado trabajando —los diarios, las fotocopias de los diarios, las transcripciones, el manuscrito, las cintas, las fotos—, todo se lo habían llevado. No había señales de una entrada forzada. Había sido Seaman, él tenía las llaves. Fue solo entonces que comprendí, que virtualmente todo lo que Seaman me había dicho, sobre por qué estábamos realizando el proyecto, era una mentira.

Me hundí en un estado cercano a la parálisis, pero me las arreglé para presentar una queja a la policía. El detective con el que hablé, dijo que no había nada que se pudiera hacer. Yo no podría probar que se había cometido un delito.

Los diarios de Lennon me embrujaban. Me había despertado en la mañana, y los detalles venían como una inundación de vuelta. Yo empecé tomando notas de todo lo que podía recordar. A mediados de abril había conformado un manuscrito, que incluía la información de los diarios, y de todo lo que había sucedido desde el día en que Lennon fue asesinado. Una de las personas a las que envié el manuscrito fue Jann Wenner, editor y director de Rolling Stone. Nos reunimos a principios de julio. Él me dijo que creía mi historia, pero que no había nada que pudiera hacer con eso, porque yo no tenía pruebas. Él necesitaba tiempo para pensar. Nos reunimos más tarde esa semana de nuevo. Él había hablado con Ono. Ella desconocía que algunos diarios estuvieran perdidos. Yo tenía solo una opción, dijo Wenner: “Cuéntale tu historia a Yoko Ono. Yo quiero salvar tu karma”.

El 16 de agosto fui al Dakota para reunirme con Sam Havadtoy, el novio de Ono. Yo le dije todo lo que sabía. Un mes después me reuní con Ono misma. Cuando convine en dejarle leer mis diarios personales, me puso en su nómina de pago. Al día siguiente le presté 16 volúmenes de mis diarios. Estos cubrían más de tres años, desde el día en que Seaman fue contratado hasta el día en que me fui a Jamaica. Ono usó la información de mis diarios para hacer arrestar a Seaman y recobrar sus pertenencias. Seaman se declaró culpable de gran latrocinio y fue sentenciado a cinco años de libertad condicional.

Solo ahora, mientras este libro va a la prensa, han habido discusiones que conciernen a la devolución de mis diarios, que Ono ha retenido por 18 años.

Nowhere man es una obra de periodismo investigativo e imaginación. Yo he usado mi recuerdo de los diarios de John Lennon como un mapa de ruta hacia la verdad. Pero no he usado el material de los diarios.

Para conformar este libro, he tomado información extraída de la música de Lennon, de sus escritos y entrevistas publicados, de su historial, de mis propias observaciones en la escena interior de su hogar y oficina en el Dakota, y de las conversaciones informales que tuve con su personal, socios de negocio, miembros de familia, amigos y amantes. Esas personas incluyen a Yoko Ono, Sean Lennon, Julian Lennon, May Pang, Neil Aspinall, Elliot Mintz, Fred Seaman, Helen Seaman, Norman Seaman, Rich Martello, Greg Martello, Sam Havadtoy y muchos otros. En el tiempo que estaba hablando con ellos, ni ellos ni yo teníamos alguna idea de que, lo que me estaban contando, sería usado en un libro. Pero por una cuestión de hábito, yo tomaba notas en mi diario de todas las conversaciones.

He re-andado asimismo los pasos de Lennon por Liverpool, Londres, Nueva York, Palm Beach y las Bermudas. He cotejado la cronología de los últimos años de Lennon con el zodíaco y las cartas del Mercurio retrógrado, porque los Lennon manejaban sus vidas por el zodíaco y las cartas del Mercurio retrógrado. He estudiado las materias primas que se filtraban diariamente por la mente de Lennon: horóscopos de la revista Town & Country, editoriales de New York Post, historias científicas de The New York Times, chismes de National Enquirer, numerología de El libro de los números de Cheiro, libro sobre tarot, astrología, magia y la literatura de Henry Miller y Hunter S. Thompson.

En raras instancias información vital, como los detalles de los sueños de Lennon, no podía ser extrapolada del conocimiento público ni hallada en una fuente independiente. En esos casos, he usado mi imaginación lo mejor que he podido, para recrear la textura y el sabor de la vida de Lennon.


Nota del autor: El capítulo anterior es la introducción original de la edición de Soft Skull Press, publicada en julio del 2000. Fue escrita antes de que Yoko Ono me devolviera mis diarios personales, lo cual me permitió corregir un número de errores cronológicos para la edición revisada de Quick American Archives, publicada en septiembre de 2002. Yo he usado la versión de Soft Skull aquí debido a su espontaneidad, la cual fue un reflejo de mi estado mental, mientras Nowhere man iba por primera vez a la prensa.


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