Culto

El supergrupo que nació del azar

Ni mandatos promocionales, ni cálculos de grandes sellos, ni la meta de hermanar a algunos de los grandes astros de esta era. Quizás lo que mejor explica la gestación de The Traveling Wilburys, y sobre todo la inclusión sobre la hora de Tom Petty, es el olvido y la fortuna. Cuando George Harrison sólo movido por el entusiasmo le propuso grabar un tema en conjunto a Jeff Lynne, Roy Orbison y Bob Dylan, recordó que su guitarra la había dejado en la residencia del cantautor fallecido el pasado lunes.

Para no arruinar la inspiración, partió raudo donde Petty, le pidió el instrumento, y, obvio, también le dijo que se subiera a su auto de vuelta para sumarse a la aventura. De esa manera, quedaron sellados los cinco vértices de uno de los supergrupos más exitosos, honestos y entrañables del cancionero popular. Casi como un reflejo de ese origen sin mayor brújula, los músicos nunca apostaron por convertirse en un suceso multiventas, ni golpear a la industria con un elenco de ensueño, una idea para acumular dólares con el solo nombre de sus protagonistas, la que incluía a un Beatle, un futuro premio Nobel, la voz más estremecedora del viejo rock de los 50, el propietario de un catálogo dorado de éxitos setenteros y un héroe de la canción americana.

“Simplemente lo hicimos porque éramos todos muy amigos. No para reunir a un par de músicos famosos”, cuenta Harrison en el documental estrenado en 2007 y que precisamente muestra a los artistas casi en ánimo de vacaciones: grabando durante diez días de 1988 en la casa que les facilitó Dave Stewart, una de las mitades de Eurythmics, donde se pasean con ropa cómoda, componen entre todos, graban cuando se les da la gana, despiertan entre el sol de la pradera y se disparan chistes sin pensar que cualquiera que en ese momento esté al frente ya posee el estatus de leyenda.

“A esta experiencia le debo los mejores días de mi vida”, revela un emocionado Petty sobre el cierre, en una expresión tan elocuente como ajustada a su perfil. El estadounidense siempre entendió la música como la expresión de una cofradía, como el resultado final de una unión de amigos y compadres antes que de instrumentistas brillantes. Así fue con The Heartbreakers, la agrupación que formó cuando tenía 26 años y cuyo núcleo original se mantuvo junto a él hasta su muerte. Por lo demás, en el filme, el hombre de “Mary Jane’s last dance” asoma como el más entusiasta, como un niño fascinado ante la presencia de sus ídolos y que no puede creer la oportunidad de mirarlos de igual a igual en un estudio. “Estar ahí era como hacer una audición. Tomábamos la misma canción y la íbamos interpretando todos, para ver a quién le salía mejor”, recuerda en el registro.

También había un factor generacional. De todos, Petty era el más joven, superado hasta por 14 años por Orbison, el más longevo. Por eso, cuando llegó la hora de estrenarse en sociedad, utilizaron el truco de la banda ficticia -el mismo que Harrison ya había aprendido en Sgt. Pepper– y se presentaron como los hermanos Wilbury, cada uno rebautizado (George era Nelson, Roy era Lefty, Jeff era Otis y Bob era Lucky), dejando a Tom bajo el seudónimo de Charlie T. Wilbury Jr. Los apodos también sirvieron para diluir el colosal pasado de cada uno, adoptando una identidad renovada, casi como si partieran de cero.

Por eso mismo, el proyecto fue una victoria para todos. Su mentor, el ex Beatle, había pasado años intentando darle cuerpo a su propio grupo, luego que los 60 lo ataran a un permanente segundo plano: The Beatles siempre fue la banda de Lennon, el hombre que la creó y que precipitó su disolución. Con The Traveling Wilburys, Harrison -de irregular trayectoria en los 80- pocas veces se había sentido tan empoderado. Ellos fueron finalmente diseñados bajo su voluntad.

Todo nació una noche que cenaba en su casa con Lynne y Orbison, a quienes les pidió que lo ayudaran a grabar un tema. Como no tenían un estudio a mano, telefonearon a Dylan (“nunca contestaba mucho”, recuerdan en el documental), quien les facilitó su casa en Malibú. Ahí, y con Petty ya como parte del equipo, tardaron cinco horas en escribir y registrar “Handle with care”, su gran éxito. Luego saltaron a las dependencias de Stewart para dar vida a su debut (Traveling Wilburys Vol. 1), el que arrojó ventas millonarias y un Grammy.

Cuando los amigos se alistaban para seguir festejando, vino el gran golpe. Apenas un mes y medio después de editar su primer título, Orbison moría de un infarto. Pero como buena tropa de camaradas, optaron por sacudirse la adversidad, seguir adelante y despacharon un nuevo álbum, Traveling Wilburys Vol. 3, de menor impacto, aunque dotado de la ejecución sólida e impecable propia de sus miembros.

Por esos mismos días también lanzaron el single “End of the line”, en cuyo video los sobrevivientes cantaban junto a una silla mecedora donde descansaba la guitarra del fallecido Orbison, junto a una foto que lo mostraba con jopo, gafas oscuras y ese aire fúnebre del que jamás pudo escapar. Incluso cuando uno de ellos no estaba -la primera de tantas bajas que hoy los tiene con dos sobrevivientes-, la amistad del clan Wilbury perduraba casi intacta.