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Culto
Pompa y circunstancia

Pompa y circunstancia

La solemne Blade Runner 2049 premiará jugosamente los esfuerzos de Warner Bros. y tendrá varias nominaciones al Oscar, pero ni su pompa ni su cautivante imaginería ocultarán los formulismos, el trazo dramático grueso ni los indisimulados esfuerzos por estar a la altura de la leyenda.

Corre 2049 y un fantasma sobrevuelas colinas, llanos y ciudades de California. Es el fantasma de Blade Runner, un policial sci/fi de 1982 que en su minuto pasó un poco de largo, pero cuyo redescubrimiento —el de sus tres versiones— lo ha convertido en hito inesquivable. Tanto así, que su secuela, bastante más larga, parece empeñada en justificar su existencia con escenografías deslumbrantes y una intriga que supera a la original en ambiciones morales y escala argumental.

Con el propio Ridley Scott en la producción, la cinta es uno de los grandes hypes de la temporada. Todo el mundo la esperaba y casi todo el mundo se ha rendido a sus pies tras el estreno. Razones hay, por cierto, además de una fe nada menor en las capacidades de su director, el quebequés Denis Villeneuve (Incendies, Sicario), aun sabiendo tras La llegada que la ciencia ficción pura y dura no es el traje que mejor le sienta.

La intriga se centra en “K” (Ryan Gosling), un oficial de la Policía de Los Ángeles que no tiene nombre sino número de serie, como todos los replicantes, humanoides creados por la bioingeniería: su tarea, como blade runner, es perseguir cierta línea de replicantes, los Nexus 8, considerados peligrosos para los humanos. Perseguirlos y “retirarlos”, como reza la jerga oficial. El punto es que, en el camino, descubre algo grande: todo indica que Rachael, la recordada replicante que enamoró al ex detective Deckard en la película original, fue madre, cosa en principio imposible. ¿Pudo ser eso? ¿Qué vino despúes? Entre otras cosas, la reaparición de Deckard (Harrison Ford), que 30 años más tarde tiene algo que decir.

Ford aporta algunos de los mejores pasajes de una cinta que, por otro lado, vale sobradamente por el sólo hecho de crear imágenes muy poderosas (poderosas porque encarnan ideas, sensaciones, afectos; porque narra con eficacia y sentido de propósito). Vale por Ford, por las imágenes y por otras razones que dejan desde ya advertidos el espectador de a pie y a los bladerunnerianos integristas: nadie debería sentirse estafado, más bien lo contrario. El punto es otro y es un poco triste, si se lo pondera.

Blade Runner, extraño y feliz engendro, seguirá siendo un relato entrañable y una fascinante provocación a los sentidos. La solemne Blade Runner 2049 premiará jugosamente los esfuerzos de Warner Bros. y tendrá varias nominaciones al Oscar, pero ni su pompa ni su cautivante imaginería ocultarán los formulismos, el trazo dramático grueso ni los indisimulados esfuerzos por estar a la altura de la leyenda.

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