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Culto
Nunca me abandones, de Ishiguro: clones

Nunca me abandones, de Ishiguro: clones

Como bien apuntó un crítico británico, al leer la novela "te da ganas de bailar, correr una maratón, drogarte, cualquier cosa que te haga sentir que estás más vivo que cualquiera de estos personajes".

Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) es uno de esos contados escritores que hacen cosas muy raras con materiales muy comunes. Pero ni el más audaz hubiera imaginado la maestría y la sorpresa de Nunca me abandones: una novela que comienza flirteando con otro de los grandes tópicos imperiales —el género “de colegio y/o internado”— para, enseguida, desconcertarnos con algo mucho más cercano a esas venerables y tan flemáticas como feroces distopías de Orwell o Huxley o Golding. Porque los niños de la bucólica y aristocrática escuela Hailsham no reciben una educación normal y no son niños normales: son clones. Y la sola razón de su existencia es la de funcionar como despensas vivientes conteniendo órganos a donar. Y lo que aquí se narra —a través de Kathy, 31 años y recordando sin ira el triángulo que supo conformar con Tommy y Ruth— son sus perturbadoras y artificiales y oprimidas existencias. Así, Kathy y Tommy y Ruth crecen “seguros” pero, tarde o temprano, inevitablemente expuestos al peligro más grande de todos: enfrentarse a aquellos modelos originales de los que fueron “copiados” y, temprano o tarde, recibir la llamada que los obligará a “donar” lo suyo. Mientras tanto, son libres de imaginar que son artistas y de reinventar un mundo —una Inglaterra alternativa en unos alternativos años 90— para el que no han recibido educación o herramienta alguna. Digámoslo así: una —otra— obra admirable que, como bien apuntó un crítico británico, “te da ganas de bailar, correr una maratón, drogarte, cualquier cosa que te haga sentir que estás más vivo que cualquiera de estos personajes” sin por esto renunciar a sus iniciales nobles intenciones de thriller impecable e implacable. Ahora sólo queda esperar que M. Night Shyamalan compre los derechos y —sorpresa final incluida— filme su mejor película.


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