Culto

Cuando fuimos huérfanos, de Ishiguro: Sherlock Holmes está muerto

Cuando fuimos huérfanos es una novela nihilista en su carencia de salidas, pero obligada por su riesgo. Los años ’30 acabaron con el siglo XIX y supusieron un adelanto apresurado de lo que serían los ’20: un horror (ese al que se refería Brando en Apocalipsis now!) que aún no nos abandona sino que muta irremediablemente en formas nuevas. Léanse entonces los años ’30 como la apoteosis del fascismo, la preparación para el Holocausto y el fin de lo que Francis Scott Fitzgerald llamó la era del jazz. Para el premiado británico/japonés Kazuo Ishiguro (1954) dicha época se resumía en los modales vacíos del protagonista de Los restos del día, su obra más famosa, un mayordomo que exponía la retórica gastada de un orden social en descomposición, removido por el peso inexorable de la historia.

Cuando fuimos fuérfanos (finalista del prestigioso premio Booker) retoma ese momento en un policial declaradamente anti-pulp. Cristopher Banks, el narrador y protagonista, es un detective privado exitoso que debe viajar a Shanghái a resolver su caso más doloroso, el antiguo secuestro y desaparición de sus padres. Banks, quien se mueve a gusto por la sociedad inglesa de los años ’30, encuentra en el Oriente su infierno particular. Shanghái es una ciudad multicultural en vías de extinción por la guerra, la mafia y las disputas territoriales entre Japón, China y la comunidad internacional. En ese ambiente radica la tragedia que es el eje del libro, pues Banks es incapaz de resolver su propia biografía.

Ishiguro escribe sobre un héroe regido por una moral literaria, pero trizada frente a cualquier roce con la realidad. Ese desfase hace a la novela incómoda pero necesaria, removiendo las certezas del lector y obligándolo a construir el rompecabezas del horror por medio del choque de los clichés éticos del narrador con su realidad histórica, que le es imposible de asumir en su complejidad. De ahí que responda con el trauma sugerido en silencios y elipsis, extremado en las pavorosas revelaciones finales.

La prosa, por ende, está llena del sutil perfume de la corrupción. El puzzle que subyace abajo de ella transforma el sueño de los héroes en una pesadilla mordida por la historia: Banks, como arquetipo, es un esperpento desencajado de la sociedad donde vive, del Shanghái que llama “su hogar”. Su orfandad es total, familiar y nacional. Una herida síquica que alegoriza al crimen como una razón de estado. Por esto, Cuando Fuimos Huérfanos es una novela nihilista en su carencia de salidas, pero obligada por su riesgo. Ishiguro ha revertido acá lo policial, complejizándolo en un drama sordo y autoflagelante. Con una escritura sencilla pero jamás diáfana. Perturbadora. Un paseo por el infierno con una parada en la estación sombría de la memoria, donde los monstruos han dejado de estar debajo de la cama sino que muestran los dientes y saltan sobre ella.


*Publicado originalmente el 2 de noviembre de 2001 en La Tercera.