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Culto
Violeta Parra en Valparaíso

Violeta Parra en Valparaíso

En Cantores que reflexionan (Hueders), publicado originalmente en 1984, el músico y poeta Osvaldo "Gitano" Rodríguez mezcla la crónica con el ensayo para elaborar un mapa de las figuras gravitantes de la Nueva Canción Chilena. Lo siguiente es el capítulo dedicado a Violeta Parra.

Hace quince años que no cantaba en nuestra ciudad y sus buenos cuatro que estaba ausente de la patria. Alguna vez vivió en el puerto, cuando estuvo casada con el ferroviario don Luis Cereceda, padre de Isabel y de Ángel. No era cualquiera quien venía a visitarnos.

Ante la llegada de Violeta Parra, en nuestra peña hubo que movilizarse enérgicamente. Hicimos muchos «chupetes»: carteles de cartón pintado y pegados sobre un bastidor de madera que amarrábamos a los árboles o a los postes de alumbrado a guisa de propaganda (hasta que venían los pacos y los retiraban por no tener licencia). La anunciamos en toda la prensa del momento; es decir, en los diarios La Unión, La Estrella y El Mercurio.

El día de la primera presentación debimos reforzar la puerta. No dábamos abasto. Horas antes de comenzar había ya una fila que daba dos veces vuelta a la manzana. No solo había gente de Valparaíso: venían pobladores de Quilpué, de Villa Alemana; todo el mundo quería oír y ver a Violeta Parra. Tuvimos que aprender varias cosas, como a defendernos del público que se empeñaba en forzar la puerta cuando ya no cabía un alfiler; y a defendernos de la propia Violeta.

Ella lo cambiaba todo con la mayor naturalidad. No bien llegada estableció que el escenario estaba mal colocado «allá» y que había que ponerlo «aquí»; es decir, justamente en el lado contrario. Hubo tremendo desplazamiento de mesas y sillas, ante la protesta de más de un miembro de la peña. Pero ella tenía toda la razón. La gente quedaba así con una mejor vista sobre el escenario y nosotros, con toda nuestra «arquitectura», no habíamos sido antes capaces de verlo.

Por aquellos tiempos vivía yo en un pequeño departamento en Viña del Mar. Era un jardín con una de esas habitaciones con baño que los señores mandaban construir antiguamente para habitación de sus empleadas. Allí tenía mi pequeño taller de estudiante de arquitectura, instalado con la ayuda económica de mi hermano mayor, que en ese tiempo era poderoso. Se lo había alquilado a una de esas viudas inglesas que aún pueblan gran parte de Valparaíso; ya que, como bien se sabe, Valparaíso es la zona del globo más poblada de viudas inglesas.

Le cedimos ese pequeño departamento a Violeta y se sabe que el gringo Favre debe haber mirado más de la cuenta a alguna porteña, porque Violeta le formó la mismísima primera noche el consabido escándalo. Comenzó por tirarle por la cabeza mis lápices de colores, siguió con los plumones de tinta instantánea, los frascos de goma arábica, el juego de compases y poco faltó para que lanzara por la cabeza el tablero de madera de álamo. Todo esto no le gustó, por cierto, a la viuda inglesa que poco o nada sabía del folclore recopilado o a punto de desaparecer, ni menos de Violeta Parra y su genio, y quien, luego de las prácticas correctivas aplicadas al gringo en forma tan poco gentil, acostumbraba sentarse en la escalera que daba al jardín a componerle algo cantable en guitarrilla o charango.

Aprovechó luego los materiales de pintura para dejarnos una serie de dibujos que la mostraban a ella misma cantando, sentada en la escalera, recostada en la cama o asomada a la ventana. En aquel tiempo, en arquitectura, usábamos por comodidad aquellos vistosos lápices de tinta que en Chile llamábamos plumones, material muy práctico pero que con el tiempo se desvanece. ¡Ay de nosotros, «ahora que todos quieren tener un tapiz (o un dibujo) de Violeta Parra» (en palabras de Martínez Bonatti en un foro en Santiago)! Escarnio de la sociedad que obligó a tanto genio a vivir en la miseria y a pintar con los peores materiales, lo mismo ocurrió con Violeta, quien inventaba e improvisaba técnicas sin saberlas perecibles.

Con el tiempo hemos venido a descubrir detalles de su obra plástica. Algo más sabemos de sus alambres, arpilleras, pinturas y de sus cerámicas expuestas en la Feria de Artes Plásticas en Santiago. Cosas que muy poca gente vio; apenas algunos esclarecidos fotógrafos que nos permitieron contar hasta el día de hoy con su testimonio. La polémica no se cierra, ya que aún hay ciertos «esclarecidos» hombres de arte que niegan la plasticidad de la obra de Violeta. Tratan de encasillarla, de situarla en un estilo, con criterios que negarían la estética aérea de Chagall, por ejemplo, pintor que mucho tiene que ver con la pintura y la arpillería de Violeta.

Un día llegará quien haga el análisis que merece la obra plástica de Violeta Parra. Se dirá entonces cómo y por qué muere un pajarillo sobre una escopeta vertical, cómo el brazo de una persona se transforma en paloma y cómo se quita el copete que adorna la cabeza de la codorniz o la cima de ciertas plantas siemprevivas para colocarlo sobre la cabeza de la gente (en su cuadro “Contra la guerra”). Cómo se borda el árbol de la vida sobre un fondo clásico de flores de lis. Cómo se pone de pie con bandera chilena en mano (a la manera de Salvador Allende en la última concentración y desfile en Santiago) a Arturo Prat sobre la cubierta del Huáscar mientras la Esmeralda se hunde en un mar de olas celestes y azules de formación barroca. Cómo se retrata una de las tantas masacres del pueblo, en la que los carabineros disparan y hay muertos que caen de cabeza. Cómo pinta la fiesta en su casa con personajes enmascarados y la propia cantora que parece llorar en un rincón. Cómo realiza su autorretrato y descubre que es una guitarrera de Quinchamalí embarazada de uno de sus hijos cantores. Cómo retrata el alma del poeta Thiago de Mello saliendo del brazo de su guitarra convertida en pájaro de mil colores.

Cosas todas que Violeta era capaz de ver más allá de nosotros.

La escultora Teresa Vicuña me contaba del ardor y la pasión de Violeta modelando en su taller de la calle Villavicencio. No cocía las cerámicas, que terminaban así convertidas en polvo. Una de ellas se salvó gracias a Patricio Manns, quien le dedicó una canción, “La guitarrera que toca”:

La guitarrera que toca
tiene en la frente un dolor,
su risa se fue en los ojos
de un guitarrero andador.
[…] Camino: te hei de torcer
por mañana, por ayer.
Mañana habrás de traer
lo que vine a perder,
ay ay.

Habíamos conseguido aquella vez un breve programa de televisión en una hora de mucha sintonía. Pensábamos así contar con buena propaganda y poder contrarrestar la pérdida de algunos «chupetes» caídos en acto de servicio frente a los carabineros. Violeta, defensora de sus derechos, nos preguntó segundos antes de entrar al set:

—¿Y esto lo pagan, chiquillos?

Tuvimos que decirle la verdad… que bueno, que no… que era un favor que nos hacía la televisión, etc.

—Entonces a estos sinvergüenzas no les canto ni una copla —sentenció nuestra invitada, y entró al set decidida, cargada de instrumentos y seguida del gringo Favre.

Se encendieron las luces y comenzó la entrevista. Violeta hablaba de sus viajes y de su experiencia en el campo de Chile. De vez en cuando se dirigía al gringo Favre y le hablaba en un francés delicado, como de colegiala. Desde el control le ordenaban al entrevistador que produjera la primera canción. El periodista, un ser completamente indefenso frente a nuestra estratega, trataba de decir algo. Violeta lo interrumpía mostrándole el charango:

—¿Ve, usted? Este instrumento está hecho de un animalito peludo que vive en el altiplano. Se llama quirquincho, pero también se le dice armadillo. Su carne es muy buena para sopa y su cuerpo sirve para hacer esta guitarrita que suena así, ¿ve?

Le daba unos cuantos rasgueos, y cuando todo el mundo respiraba tranquilo, seguro que venía la canción, dejaba el charango de lado, agarraba el cuatro venezolano y empezaba con la misma cantinela:

—¿Ve, usted? Esta parece una guitarrita, pero no lo es…

El director del programa, metido en el control, se tiraba los pelos y gesticulaba como loco. Violeta en el set dejaba el cuatro y le pedía en francés al gringo que tocara la quena. El gringo dejaba su aire de campesino suizo y se largaba dos o tres frases musicales hasta que Violeta lo interrumpía con un «¡ya está bueno!».

El programa llegó fatalmente a su término sin que a Violeta le sacaran una glosa. Cuando se apagaron las luces el director irrumpió en el set hecho una furia:

—¡Pero si usted debía cantar, ¿no?!

La figura pequeñita, con un montón de instrumentos en los brazos, lo miraba como quien ve llover.

—¡Ah! —dijo al fin— Pero si a mí nadie me dijo nada.

Y antes de que el director verde de ira pudiera responder, agregó:

—¿Sabe usted, señor? Yo soy una campesina y no sé nada de estas cosas, que me dan mucho miedo.

Cuando bajábamos las escalinatas del edificio de la Universidad Católica, en cuya última planta funcionaba la televisión, nos dijo, muerta de la risa:

—¡Para que aprendan estos sinvergüenzas de mierda!

En la peña nos pasó revista a todos. Nos examinó a su manera, ya que tenía perfecta conciencia de la importancia que ella revestía para nosotros. A mí me mandó a cantar a la playa: «Anda a cantarle a las olas —me dijo—, a ver si te oyes».

De pasada me regaló su disco sobre la cueca, aconsejándome en la dedicatoria que debía cantar por lo menos dos horas de cueca al día acostado de espaldas y con la guitarra encima. Era, según ella, la mejor manera de sacar la voz. Le gustó la manera de cantar de Sergio Sánchez (aunque dijo que el nombre no correspondía, y que en adelante debía llamarse Negro Sánchez) y el conjunto Ruca Millarepu, formado por estudiantes de las universidades Católica y de Chile de Valparaíso. Les hizo varias recomendaciones y algunas críticas certeras.

Payo Grondona fue quien se llevó la peor parte en este examen. «No tiene nada que hacer en el folclore», sentenció duramente nuestra maestra. Su opinión era, a toda vista, injusta, y prueba entre otras cosas que Violeta también sabía equivocarse. Payo gozaba de una gran simpatía entre el público porteño, y eso más tarde se repitió en Santiago, cuando formó parte del elenco de la Peña de Los Parra. Tenía talento (y seguro que lo sigue teniendo) para hacer reír a la gente. Con su formación de periodista «veía» las cosas mejor que nosotros, y muchas de sus canciones son agudas e ingeniosas críticas de la sociedad, basadas en la simple observación.

Lo que ocurrió aquella vez es que Payo ya era por ese entonces un tipo muy sincero y que contaba entre sus cualidades la buena costumbre de hacer lo que le daba la gana. La noche misma en que decidimos que había que prolongar la visita de Violeta, ella le ordenó: «Tú, ¡corre a poner la noticia en el diario!». Nuestro amigo cantor urbano, que en ese momento debe haber andado con serias preocupaciones de faldas —uno de sus oficios predilectos— se encogió de hombros y se fue para el lado exactamente contrario al de la puerta. Y fue allí mismo que cayó en desgracia frente a Violeta.

En total se quedó una semana. Una semana llena de sobresaltos, de aprendizajes y de canciones. La gente la respetaba y la quería, a pesar de que muy pocos sabían de dónde venía, quién era y cuáles eran los hilos que habían tejido su armadura genial.

Ahora, con los años, ha comenzado a despejarse ese misterio que se llamó Violeta Parra. Varias obras ya nos hablan de Ella, de sus pesares y dolores. También de sus alegrías y de la génesis de su obra, que se sigue descubriendo cada día más extensa. Violeta sabía trabajar con todo tipo de materiales, no solamente terrenales. Trabajaba muy bien los delicados materiales del alma. Su geografía de canciones es un abanico muy amplio en el que cabe un sinnúmero de elementos, desde las melodías dedicadas a sus hijos, amigos, amores y desamores, pasando por sus héroes predilectos, la mujer, el campesino, los indios y los paisajes de Chile que recorrió de lado a lado.

En su libro Décimas se encuentra una hermosa composición en la que ella reparte su cuerpo por nuestro territorio, como se ve en estos fragmentos:

Un ojo dejé en los lagos
por un descuido casual.
El otro quedó en Parral
en un boliche de tragos.
Recuerdo que mucho estrago
de niña vio el alma mía,
miserias y alevosías
anudan mi pensamiento.
Entre las aguas y el viento
me pierdo en la lejanía.
Mi brazo derecho en Buin
quedó, señores oyentes.
El otro por San Vicente
quedó no sé con qué fin.
Mi pecho en Curacautín,
lo veo en un jardincillo,
mis manos en Maitencillo
saludan en Pelequén,
mi falda en Perquilauquén
recoge unos pececillos…

Conviene anotar, aunque sea de paso, que este poema fue musicalizado por Patricio Manns, bajo el sugerente título “El exiliado del sur”. Existe otra versión, mucho más conocida, de Inti-Illimani.

Volvamos a Violeta. Cierta vez, en Viña del Mar, nos contó el nacimiento de una canción. Un acaudalado hombre de negocios, propietario de minas, le ofreció un viaje al norte para que ella pudiera investigar el folclore sobreviviente entre los mineros. Todo marchó bien hasta que el vehículo que llevaba a nuestra investigadora debió desviarse del camino por una falla mecánica. Se detuvieron en el mineral de Santa Juana, uno de los más miserables de todo el norte. El pueblo entero olía a excrementos. Había un solo pilón de agua, en el que las mujeres debían hacer fila y esperar durante horas para llenar un balde. No había alcantarillado, luz ni gas.

Violeta interrumpió el viaje. No le debe haber dado explicaciones a nadie, menos al invitante que, claro está, no participaba de la expedición. Su respuesta fue la canción “Arriba quemando el sol”. Es una lástima que no haya incluido en la letra de su canción el nombre de ese acaudalado responsable de aquella parte de la miseria de Chile. Se trata de Osvaldo de Castro.

Esta relación de Violeta con alguien de la burguesía no puede interpretarse como claudicación suya. Por una parte, sabemos que las clases o los grupos sociales en Chile están «traspasados» de lado a lado, de manera que en medio de la izquierda encontramos de pronto nombres que suelen sorprendernos. Ocurre al revés con un bien conocido arribismo a la chilena, etc. Violeta sabía relacionarse con todo tipo de personas, pero cuando se enojaba de veras solían saltar chispas. Eso se podrá ver en las declaraciones de sus hijos dadas al periodista Julio Huasi.

Fue la primera en atreverse a cantar ante cualquier público; donde podía denunciaba la injusticia tal cual pasaba por el tamiz de su alma. Patricio Manns afirma que estaba influida por los versos de la lira popular, esos pasquines que se vendían antaño en trenes y estaciones, y en los que el periodismo del pueblo —en verso— resumía todas las tragedias que le acontecen, desde los desastres de la naturaleza hasta los crímenes políticos; es decir, desde los terremotos, maremotos o temporales hasta las masacres de trabajadores.

También sabía ser táctica. Cierta noche, en la Peña de Valparaíso, se supo que estaba entre el público el senador Fernando Alessandri, hermano de Jorge Alessandri e hijo de Arturo Alessandri (ambos, ex Presidentes de la República). Violeta cantó “La carta”, que le pertenece y que, como se sabe, fue escrita desde Europa después de la matanza en la población José María Caro, de Santiago, bajo la presidencia de Jorge Alessandri. Una de las estrofas está dedicada al presidente y a su padre, a quien apodaban El León de Tarapacá:

La carta que me mandaron
me pide contestación.
Yo pido que se propale
por toda la población,
que El León es un sanguinario
en cualquier generación…

Esa noche Violeta omitió la estrofa. ¿Por qué? Tal vez pensando en las dificultades con la autoridad que nosotros y ella misma teníamos. Tal vez por ese espíritu de reconciliación que parece que los chilenos llevamos dentro.

Solo se me ocurre compararlo con un episodio protagonizado por el poeta Pablo Neruda y el conjunto Aparcoa: Julio Alegría me contó que cuando preparaban la selección de textos para la versión musical del Canto general con la participación del propio autor, Neruda disfrazó varios nombres de la burguesía chilena allí nombrados, de manera que en la versión musical de Aparcoa aparecen:

El Fernández Lechuguín, a vender velas,
el Ratunate de la bayeta,
el Chapaguirre, Rey del Calcetín…

Mientras que en el Canto general original se lee:

El Fernández Larraín, a vender velas,
el Aldunate de la bayeta,
el Eyzaguirre, Rey del Calcetín…

Esto me recuerda los apellidos que les pone a sus personajes el escritor chileno Blest Gana en su novela Los trasplantados. Allí, una familia antigua hispanoamericana lleva por apellido Torrevieja, y un generalote golpista se llama Cartavieja.

Sin duda, todo tiene justificación. Los textos se han venido cambiando desde siempre. El propio conjunto Quilapayún alteró el texto original de “La carta”, de Violeta Parra:

Por suerte tengo guitarra
y también tengo mi voz.
También tengo siete hermanos,
fuera del que se engrilló:
¡todos revolucionarios,
con el favor de mi Dios!

Violeta había escrito «… ¡los nueve son comunistas / con el favor de mi Dios!».

Toda interpretación resulta subjetiva. Por lo demás, habría que agregar que todos los hermanos de Violeta no son ni han sido revolucionarios, ni menos comunistas.



Fuente: Rodríguez, Osvaldo (2015). Cantores que reflexionan. Notas para una historia personal de la Nueva Canción Chilena. Santiago: Hueders.

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto. En Twitter es @rebobinars