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Culto
La clase de Sting

La clase de Sting

El músico de 66 años —y la fortuna número 16 en el mundo de la música, según Forbes— lanzó su disco más rockero desde Synchronicity. Podría haberse retirado hace años, pero no lo hace. En el día de su cumpleaños recordamos el porqué.

Cuando tenía 32 años, la mitad de los de ahora, Sting llenó el Shea Stadium de Nueva York. Más de 70 mil personas lo vieron tocar esa noche de 1983, en que despachó a la prensa una de sus frases inmortales: “El problema sobre el que más pienso es: ‘Soy un millonario y exitoso compositor de canciones, ¿de qué tengo que escribir ahora?’”. Fue entonces que decidió abandonar la banda que lo acompañó a la cima, The Police.

En esa misma ciudad, Sting posee un departamento de 500 metros cuadrados, en cuya terraza que da al Central Park se encierra a tocar en invierno y le pide a su esposa que no le abra hasta dar con una letra decente.

Hoy, Sting, hijo de un lechero y una peluquera, tiene 66 años, seis nietos y una adicción a los escenarios. “Es como una droga”, contó a una entrevista en El País. Tras publicar su primer disco de rock en años, 57th & 9th —el más eléctrico desde Synchronicity— en enero pasado se embarcó en una gira mundial que lo tuvo en Santiago el 2 de mayo.



Uno de los asuntos que llamó la atención de la gira fue la presencia de Joe Sumner, su hijo, y el parecido entre ambos. En vivo, desde lejos, padre e hijo son dos gotas de agua. Incluso sus voces se parecen. Fue Sting quien propuso girar juntos, como si tratara de recuperar el tiempo perdido: no estuvo para su nacimiento porque se quedó dormido (luego de un concierto) y al mes formó The Police. Estuvo muy ausente. No solo por las giras y los viajes. Según contó Joe a El País, “componiendo al más alto nivel, como hacía él, no puedes preocuparte por nada ni por nadie”.

Sting se define como una persona “muy obsesiva” y sus colaboradores cuentan que tiene una capacidad sobrenatural de trabajo: “La mayoría de músicos repiten un tema seis veces y se cansan”, dice el trompetista francolibanés Ibrahim ­Maalouf, uno de sus músicos. “Él puede estar cuatro horas tocando lo mismo hasta que llega al punto que desea. Es impresionante”.

De niño, Sting acompañaba a su padre a repartir leche. Salían antes del amanecer mientras sus compañeros de colegio dormían: “Eso me hizo duro”, contó alguna vez el músico. Hace años, cuando visitó a su padre en su lecho de muerte, Sting se dio cuenta de lo mucho que se parecían sus manos. Se lo comentó y el hombre respondió: “Pero tú las usaste mejor que yo”. Según el cantante y bajista, “fue el único cumplido que me hizo en su vida”. Hoy sus manos comienzan a sufrir de artritis. Y cuando su padre falleció, se perdió el funeral por estar de gira.

“Todos cometemos fallos. Lo importante es cómo sigues tras el error. Si un músico toca una nota incorrecta, quiero escuchar qué hace después, cómo se adapta y cambia su estrategia para que tenga sentido. Es una buena filosofía para la vida”, comentó el músico.

Cuando comenzó su camino en solitario, en 1985, Sting declaró que el pop estaba muerto y que era una música racista. “Dejé The Police en lo alto. Parecía contraintuitivo, pero me salvó la vida. Me gusta empezar de nuevo”, añadió. Entonces armó y desarmó una nueva banda con afroamericanos curtidos en el jazz y se encerró en un palacio francés para ensayar nuevas vías. Su experimento le valió dos premios Grammy. Ha ganado 16 en su carrera, 9 en solitario. Y ha hecho de todo: desde películas como Quadrophenia (1979) y Dune (1984), hasta canciones para Disney y piezas barrocas en laúd.



Según el trompetista Ibrahim Maalouf, “Sting es un jazzman. No por su estilo, sino en el sentido de que concibe la música de forma muy amplia. Sin restricciones, solo buenas sensaciones. Y cuando junta a los músicos tiene la capacidad de hacerte sentir cómodo. Te dice: ‘Toca lo que sientas’”.

Que tiene doce discos en solitario y otra docena junto al trío The Police. Todas esas cosas se saben de Sting. Estas otras se saben un poco menos: que, se formó como maestro y que llegó a dar clase. Que, de haber seguido como profesor, dice, hoy sería “más pobre”. “Es uno de los trabajos más importantes y pagan peor que a los barrenderos. Habría que subir los sueldos para atraer a los mejores. Yo era bueno. Daba inglés, fútbol, música. Me gustaba. Y me convenía: me dejaba libertad para tocar cada noche en pubs. A la vez, aprendí a entretener a delincuentes juveniles. Existe una técnica. Lo que sucede en una clase no es el acto de enseñar. Los niños aprenden por sí mismos, tú estás ahí solo para ser entusiasta. Para decir: ‘Me encanta este poema’. Los inspiras”.

En el fondo, de alguna manera, Sting sigue dedicado al mismo oficio: sube al proscenio y da clase a millones de alumnos. Podría haberse retirado hace años, pero no lo hace. Hay un porqué: “Salgo a un escenario cada noche delante de 5.000 o 10.000 personas y todos están contentos de verme. Es como una droga. Una emoción muy potente. Tengo uno de los mejores empleos del mundo. Ni siquiera es un trabajo, lo haría a cambio de nada. Pero además me pagan. ¿Por qué lo hago? Podrías preguntar a otro por qué trabaja en una fábrica de automóviles. Yo no podría. He trabajado en fábricas y entumece la mente”.


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