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Culto
Pearl Jam: cómplices del asesinato

Pearl Jam: cómplices del asesinato

Pearl Jam, con cartel de clásicos, emblemáticos, honestos, suman casi un cuarto de siglo componiendo, tocando y girando exactamente de la misma manera.

Gene Simmons de Kiss declaró el deceso del rock – “no murió de viejo sino asesinado”- y Dave Grohl le paró el carro, pero en buena, claro. Desde entonces, en cada entrevista, el bajista de la lengua kilométrica refuerza su argumento -la desaparición de la industria discográfica como soporte-, pero suma en grado parecido de responsabilidad al thrash y, principalmente, al grunge, como corrientes que arruinaron el sentido de espectáculo propio del género, con músicos de aspecto yonqui de la plaza, o el tipo que te trae la pizza. El músico de rock dejó de encarnar a la estrella inalcanzable, se volvió pedestre y perdedor. Los chicos buscaron modelos en otros lados y los encontraron en el hip hop. Alucinan con sus autos, billetes y las mujeres ligeras alrededor, mientras las chicas tienen a la generosa corte de diosas del pop como heroínas.

¿Que queda? Grupos como Pearl Jam, con cartel de clásicos, emblemáticos, honestos, que suman casi un cuarto de siglo componiendo, tocando y girando exactamente de la misma manera. Desde el día uno lucen como despertando de la siesta. Montan incontables giras mundiales donde los escenarios semejan salas de ensayo más grandes, moviéndose entre un montón de cables y amplificadores. No hay pantallas gigantes, tampoco sofisticados sistemas de luces, menos fuego y explosiones. Son “de verdad” porque se pelearon con Ticketmaster, porque Eddie Vedder no quiso salir en la portada de Rolling Stone (y la revista descubrió que era popular en la secundaria, lejos del guión loser de Seattle), y porque han sacado cientos de bootlegs oficiales, en total contrasentido sobre la esencia de un disco pirata, ligado a la emoción de conseguir lo prohibido. Íntegros, porque decidieron que la manera de hacer las cosas en su carrera era no mover nada y desentenderse de la progresión natural de todo gran artista para, finalmente, eludir el refinamiento y abrazar el conservadurismo.

El resultado de esa filosofía es devastador para un género como el rock que en sus mejores tiempos dependía del peligro, la transgresión y la grandilocuencia, de montar una experiencia y una fantasía en vivo. Pearl Jam no influye a nadie en particular (en ese terreno Wilco les da paliza), avejentados antes de tiempo, con una seguidilla de álbumes intrascendentes, sin un éxito radial masivo desde “Do the evolution” de 1998, un trazado discográfico que recuerda la fortuna en reversa de Los Tres, imprescindibles al comienzo, luego difíciles de retener.

Nada de lo anterior quita que Eddie Vedder canta impecable y que la banda funciona en directo, como de seguro lo hará el 4 de noviembre en el Estadio Nacional, con soberana eficacia reproduciendo sus grandes clásicos de hace dos décadas. Son profesionales. Pero lo que hoy queda son las cenizas de un grupo que rápidamente extinguió su fuego.


*Publicado originalmente en La Tercera el 21 de marzo de 2015.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras