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Culto
Ruta musical por Nueva York: escenarios míticos

Ruta musical por Nueva York: escenarios míticos

En Queens, en la cuna de los Ramones, el Forest Hills Tennis Stadium es ideal para presenciar a Tom Petty & the Heartbreakers, mientras que en el Jones Beach Theatre, un anfiteatro sobre el mar en Long Island, brillan bandas míticas como Cheap Trick.


Cheap Trick frente al mar

Robin Zander, el cantante de Cheap Trick, se pasea por el costado de la platea, en el Jones Beach Theatre de Long Island, sin guardaespaldas ni miembros de su staff. El vocalista va campante, relajado, sin prisa alguna, a pesar de que restan pocos minutos para que comience su show. Su inesperada caminata, a vista y paciencia de las miles de personas que repletan este anfiteatro, uno de los más antiguos de Nueva York (data de 1952), permite que dos fans se fotografíen con él. Zander, vestido de blanco, con sombrero y botas, responde con una sonrisa y se despide con genuina amabilidad. El resto de la audiencia no advierte la presencia del vocalista, de 64 años, ya que disfruta del show de Jason Bonham y su Led Zeppelin Experience.

Lo que en otros recintos sería algo poco probable, la “geografía” del Jones Beach Theatre permite que los músicos estén ahí, al alcance de la mano de los fanáticos más despiertos. Ocurre que este escenario está emplazado en una bahía, encima del mar, por lo que los artistas o bien son trasladados en bote o caminan por un costado de la platea, como el caso de la voz de Cheap Trick. Las gradas, eso sí, están en tierra firme, en un espacio con capacidad para 15 mil personas. El anfiteatro fue diseñado por Robert Moses, figura clave del urbanismo neoyorquino.



Cheap Trick (Rockford, Illinois 1973) se lanza al escenario y va al grano. Arrancan con “Hello there”. Rick Nielsen, golpea su guitarra con furia y con esa clase única envidiada por Guns n’ Roses, Pearl Jam, Nirvana, Foo Fighters y una larga lista de bandas que le han copiado sin asco. El bajo de 12 cuerdas, marca registrada de Tom Petersson, ocupa el resto del espacio sonoro, al que se suma la voz impecable de Zander, que aún alcanza las tonalidades más agudas, como en “The flame”.
Nielsen cambia guitarras en todos todas las canciones y lanza uñetas a los fans de las primeras filas. Pasan “Come on, come on”, “Taxman Mr. Thief” (toda una rareza de su primer disco que apenas han tocado dos veces en esta gira), los hits “I want you to want me”, “Dream Police”, “Surrender”, además de “Long time coming” y “You got it going on”, de su excelente placa de este año We’re all right. Es como si el grupo aún no se bajara del Budokan, la presentación que los lanzó a la fama en Japón en 1978, mucho antes que en Estados Unidos.

Cheap Trick, ya sin su baterista Bun E. Carlos, monta un carnaval de sonido duro pero prístino, con fans disfrutando del arsenal de guitarras de Nielsen, dobles, triples y quíntuples, todas marca Hamer. Un día le preguntaron cuántas guitarras conserva y Nielsen respondió: “Más de 400. Amo a las guitarras y las guitarras me aman a mí”. ¿Una de sus favoritas? La Fender que le prestó a John Lennon, su ídolo, en 1980 y que Yoko Ono le devolvió tres años más tarde. Tras el show, Nielsen termina fotografiándose con los mismos dos fans que abordaron a Zander, con la paciencia y disposición que sólo otorgan los años en la carretera.



Tom Petty en la cuna de los Ramones

“¡Pero qué energía, qué onda, qué mojo!”, exclama Tom Petty, apenas se acerca al micrófono luego de una breve caminata por el escenario junto a sus compinches de los Heartbreakers. El compositor se toma su tiempo antes de colocarse su guitarra. “¡Pero qué energía hay acá!”, continúa, mientras una nube de humo comienza a subir desde la cancha del Forest Hills Tennis Stadium, un court central ideal para conciertos en Queens al que sólo se ingresa con tickets electrónicos. Fue aquí donde surgió el torneo de tenis Us Open.

La “onda” de la que habla Petty se palpa en el lugar, una suerte de museo vivo del rock porque fue aquí donde debutaron los Beatles en su primera gira por Estados Unidos, con dos conciertos en agosto de 1964. A modo de “homenaje”, el hombre de “Free fallin”, también entrega dos noches para festejar sus 40 años de carrera en la ruta. Fue en este barrio donde también nació The Ramones. Un gran mural recuerda ese hito y los fans se fotografían felices aquí.

Ante 15 mil fervorosos fans, Tom Petty & the Heartbreakers hace de las suyas, en medio de un ambiente de fiesta. El cantautor estadounidense nacido en Florida ya viene de vuelta y abre su show con “Rockin’ around (with you)”, el primer tema de su disco debut de 1976. Por las pantallas se visualizan imágenes de la era setentera de la banda.



Mike Campbell, el socio de Petty, se cuelga su Rickenbaker roja, su marca registrada. El guitarrista, gran motor y articulador del sonido de la banda, ha dicho que adquirió ese instrumento de segunda mano por 150 dólares en los 70 y que se llevó una gran sorpresa al enterarse que correspondía a la misma serie que utilizó George Harrison en A hard day’s night. Esta misma guitarra adorna la carátula del álbum que llevó al estrellato a Petty: Down the torpedoes, de 1979. Ahora suena “Mary Jane’s last dance”.

Los Heartbreakers, qué decir, se conocen de memoria y transmiten su camaradería al público. Benmont Tench, uno de los mejores tecladistas de las últimas décadas, crea atmósferas únicas, mientras Ron Blair acaricia su bajo de sonido profundo. El bajista, ausente del grupo entre 1982 y 2002, ha reconocido que le da pánico olvidar las notas de los temas que nunca grabó en estudio, pero ese nerviosismo no es palpable. Muy por el contrario, hace una dupla perfecta con Scott Thurston, el guitarrista rítmico y hombre clave de las segundas voces.

Petty, que está de fiesta, pone toda la carne a la parrilla. Así, pasan “You got lucky, I won’t back down”, “Free fallin’”, “It’s good to be king”, “Learning to fly” y “Yer so bad”, con un juego de luces similar al de la gira In rainbows de Radiohead, con luces que suben y bajan del escenario. El remate es con “I should have known it”, “Refugee”, “Runnin down a dream” y “American girl” al final. A esa altura, el público está vuelto loco y feliz.



De Malí a Brooklyn

Cada verano en el Prospect Park, el pulmón verde de Brooklyn, se realiza un festival de música mayormente gratuito en el que es posible disfrutar de bandas de los rincones más perdidos del planeta, incluido Chile. De hecho, para la versión 2017 fue invitado Álex Anwandter. Pero las grandes “estrellas” del Brooklyn Festival, que suele extenderse por hasta 10 semanas, fueron este año Amadou y Mariam, una pareja de músicos de Mali, que manejan como pocos la fusión de ritmos africanos con sonidos occidentales.

Amadou pulsa su guitarra eléctrica cual Jimmy Hendrix, mientras Mariam tiene una particular voz. Nacidos en Bamako, ambos son ciegos, pero no lo parecen. La pareja se conoció en un instituto para no videntes en Mali y cultivan lo que muchos denominan como afro blues. Pero no es extraño que su música también incluya trompetas cubanas, tablas indias y violines sirios.



Con casi una decena de álbumes publicados, han trabajado con Manu Chao, participaron en el himno del Mundial de 2006 y parte importante de su trayectoria la construyeron en París. Hoy giran por el mundo con temas como “Sabali”, “Beaux dimanches” y “La paix”, que hacen vibrar a audiencias como las del Brooklyn Festival.

Sobre el autor:

Alejandro Tapia |
Editor de Mundo de La Tercera. Ha cubierto los más importantes hitos políticos de América Latina de las últimas dos décadas.