*

Culto
Esa inquietante oscuridad sureña

Esa inquietante oscuridad sureña

La balada del café triste, de la escritora Carson McCullers, reúne la nouvelle así llamada y seis cuentos cortos.

Carson McCullers fue una de las escritoras sureñas más importantes de Estados Unidos, si bien compuso todos sus libros alejada del ambiente rural, anticuado y segregacionista en que creció. A los 17 años Carson dejó atrás el Sur y se estableció en Nueva York, pero el Sur nunca la abandonó a ella, tal como queda demostrado en buena parte de su literatura. Remecida a lo largo de su existencia por demonios y dolencias (la depresión, el alcoholismo, una búsqueda sexual infructuosa, la fiebre reumática, la parálisis del lado izquierdo del cuerpo), McCullers murió a los 50 años de edad dejando tras de sí una obra admirable, oscura y bastante original.

La balada del café triste reúne la nouvelle así llamada y seis cuentos cortos. La primera pieza, la más extensa, es un clásico de la literatura estadounidense del siglo XX. Y en ella se distinguen varias de las cualidades que hacen de McCullers una autora insoslayable: la maestría en el manejo de los tiempos del relato (es tal el control que la autora ejerce sobre los personajes y sus destinos, que incluso toma el riesgo de adelantar hechos cruciales que desarrollará más adelante), un marcado escepticismo hacia la condición humana, cierta predilección por la deformidad física y esa capacidad asombrosa de crear atmósferas sutiles, hipnóticas y en apariencia irreales, pero sólo en apariencia, puesto que el lector familiarizado con aquel universo peculiar y en muchos sentidos insospechado que es el Sur de Estados Unidos, concederá de inmediato que allá el realismo mágico se desenvolvió de un modo más realista que mágico.

La protagonista de “La balada del café triste” es una mujer autosuficiente y de armas tomar que, por estampa, por costumbres y por disposición, viene a ser una rareza dentro de la escasa población de un melancólico pueblo sureño. “Para lo único que no tenía buena mano era para la gente. A la gente, cuando no es completamente tonta o está muy enferma, no se la puede coger y convertir de la noche a la mañana en algo más provechoso. Así que la única utilidad que miss Amelia veía en la gente era poder sacarle dinero”. Miss Amelia era la persona más rica “de aquellos contornos”, estuvo casada por diez días que produjeron sumo escándalo en sus vecinos y luego retomó su rutina: “todas sus jornadas eran iguales”.

Eso hasta que un jorobado medio enano llegó hasta su puerta asegurando ser un primo lejano. Y ante la sorpresa de todos, Miss Amelia le invitó un trago del magnífico whisky que ella misma destilaba, que “sabe limpio y seco en la lengua, pero una vez dentro empieza a arder y ese fuego dura mucho tiempo”, y luego le ofreció comida. “Miss Amelia nunca invitaba a nadie a comer, a no ser que estuviera planeando engañar a alguna persona, o intentando sacar dinero a alguien”. La misteriosa convivencia entre ambos dará pie a la apertura de un café en casa de miss Amelia y definirá, de manera dramática, el feroz desenlace de la nouvelle tras el regreso al pueblo del ex marido de la dama.

Los cuentos que siguen retratan momentos determinados, sublimes e inquietantes en la vida de igual número de personajes: una niña prodigio para el piano (McCullers tocaba desde los diez años), un jinete hípico alterado y justiciero, un profesor universitario de música que cede ante una realidad tramposa con sabiduría, un tipo que decide visitar a su ex esposa y a la familia que ella formó, un marido que se aterra del alcoholismo de su mujer (“acostumbrada al calor perezoso de una pequeña ciudad del Sur, a la vida familiar, los parientes y amigos de la infancia, ella no había logrado encajar en las costumbres más estrictas y aisladas del Norte”) y un hombre que diserta sobre amor frente a un niño en una cantina regentada por cierto miserable que tiene “una nariz de pellizco salpicada de suaves sombras azules”.

Para terminar, un aplauso a María Campuzano, la traductora de este libro, pues, además de haber hecho un gran trabajo, mantuvo la neutralidad idiomática y nos liberó de aquellos irritantes españolismos que, bien lo sé, son capaces de corromper la prosa de hasta el más distinguido de los narradores extranjeros.


Sobre el autor: