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Culto
Stephen King, el triunfo del novelista proletario

Stephen King, el triunfo del novelista proletario

El autor de Quien pierde paga dijo: "Lo que me vuelve loco de los críticos como Harold Bloom y los de la vieja escuela es que parecen no tener ningún conocimiento de la cultura americana. Yo idolatro a Philip Roth, a Bernard Malamud, son gente increíble. Y eso está bien. Pero eso no es todo lo que hay".

Cuando nadie daba un centavo por Stephen King, Bill Thompson contrató el manuscrito de Carrie en 1973. La tercera fue la vencida para King: Thompson, entonces editor en el sello Doubleday, había rechazado dos intentos anteriores del escritor de Manie. El editor publicaría luego El misterio de Salem’s Lot, El resplandor y La zona muerta. Pero desde el inicio tuvo algo claro, como anotó en el informe que hizo sobre Carrie: “Este hombre tiene un proyector de cine en la cabeza”.

Como la mayoría de los chicos crecidos en Estados Unidos en los años 50, King (1947) fue un niño educado por las películas, la TV y los cómics. Su obra posee un enorme poder visual: de ahí el magnetismo que siempre ha ejercido en el cine y en los lectores jóvenes. De ahí también la incapacidad de leerlo que demostraron los viejos popes de la crítica, aferrados a la palabra impresa como a las tablas de la ley.

Gran retratista de la vida americana, King es un escritor sensible a su entorno, atento a los medios y que no le teme a las innovaciones. Es también un autor interesado en el debate público: es partidario de que los ricos como él paguen más impuestos y es un cruzado contra la tenencia de armas. Curiosamente, es además uno de los narradores que más ha reflexionado sobre el sentido de la escritura y las tareas del escritor. Su memoria Mientras escribo es una muestra notable de ello.

De algún modo esos intereses y las pulsiones de su narrativa laten en Quien pierde paga, su novela aparecida el año pasado.

El libro es la segunda entrega de una trilogía policial que comenzó en 2014 con Mr. Mercedes, su primera exploración en el género, la que recibió el Premio Edgard a la mejor novela de crímenes del año.

Quien pierde paga recupera algunos personajes de Mr. Mercedes, pero su historia sigue otro rumbo. Aquí King vuelve sobre un tema y acaso un terror que le atrae: los fans obsesivos que pueden pasar de la admiración al odio hacia un autor.

Así le ocurría a Paul Sheldon en Misery (1987), cuando un accidente en auto lo dejaba en manos de Annie Wilkes, una enfermera de rostro dulce y espíritu asesino.

El escritor ahora es John Rothstein, un autor tan venerado como elusivo: un escritor que fue portada de la revista Time en los 60 y renunció a la literatura después de publicar con enorme éxito la saga de novelas El corredor. En la primera de ellas, un chico híper sensible rechaza a su familia por materialista, vaga por Nueva York un fin de semana y decide enrolarse en el Ejército.

Es 1978. Rothstein tiene 80 años y vive solo en una granja. Se rumorea que aún escribe, aunque no publica. Una noche mientras duerme, un trío de asaltantes entra en su casa. No buscan dinero: Morris Bellamy, el líder, es un fan de Rothstein. Más bien, es un fan de Jimmy Gold, el protagonista de la saga. Morris no sólo no acepta que Rothstein haya dejado de publicar; lo intolerable, dice, es lo que hizo con Jimmy Gold en la última novela: le dio una casa en los suburbios, una mujer, dos hijos, un Ford y un empleo en una agencia de publicidad. “Usted creó uno de los personajes más importantes de la literatura estadounidense y luego se cagó en él”, dice Morris. “Un hombre capaz de eso no merece vivir”.

Morris Bellamy lleva la muerte a la casa de Rothstein y sale de ella con un tesoro: 150 cuadernos inéditos, entre ellos una cuarta novela sobre Jimmy Gold, donde el personaje vuelve a su espíritu original. Pero no puede disfrutar su botín: es condenado a cadena perpetua por otro crimen.


Homenajes

En el año 2009, en plena crisis económica en Estados Unidos, el padre de Peter Saubers, de 13 años, se une a la extensa fila de cesantes del país. Una mañana está junto a una multitud en una feria de empleos, cuando un Mercedes a toda velocidad arrolla a la multitud.

La familia de Peter está ocupando la casa en la que una vez vivió Morris Bellamy, y el niño descubre aquel viejo tesoro literario. Por entonces, Morris accederá a la libertad y deseará recuperar lo que cree le pertenece. Entre estas líneas narrativas centrales, entre pasado y presente, se desarrolla Quien pierde paga.

Por años subvalorado por la crítica tradicional, King compone aquí un homenaje a los grandes escritores americanos, y una reflexión sobre el oficio. En Rothstein es evidente la referencia a Salinger, el genio solitario, pero también a Philip Roth, a Thomas Pynchon y John Updike: las novelas de Rothstein El corredor, El corredor entra en combate y El corredor afloja la marcha son un eco de Corre, Conejo, El regreso de Conejo y Conejo es rico de Updike.

Condecorado por el Presidente Obama con la Medalla Nacional de las Artes, King disfruta hoy de su madurez creativa y del reconocimiento que le fue esquivo por años. Eso pese a los juicios de Harold Bloom, para quien su éxito es fruto de la decadencia de la sociedad americana.

King se lo toma con calma: “Lo que me vuelve loco de los críticos como Harold Bloom y los de la vieja escuela es que parecen no tener ningún conocimiento de la cultura americana. Es como si la evolución literaria se hubiera detenido con Sherwood Anderson y no haya nada después de eso. Pasan por alto los novelistas del pueblo (…) Y eso es lo que yo soy: un novelista proletario”, dijo el año pasado a Los Ángeles Times. “Yo idolatro a Philip Roth, a Bernard Malamud, son gente increíble. Y eso está bien. Pero eso no es todo lo que hay”.

Con 69 años cumplidos el 21 de septiembre, y tras la adaptación de La Cúpula y 22/11/63 como miniseries, King llegará nuevamente a la pantalla chica, con las versiones de La Torre Oscura y Mr. Mercedes. “Las miniseries y series para TV tienen un arco novelístico. Para mí, como demuestran Breaking Bad, Los Soprano o Walking Dead, las series son superiores a las películas, ya que tienen más textura, más profundidad”, dice el escritor que tiene un proyector en la cabeza.


* Publicado en La Tercera el 24 de septiembre de 2016.

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