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Culto
Anton Chéjov en papel y en escena

Anton Chéjov en papel y en escena

La presencia del autor ruso dice algo de su importancia: el jueves debuta en CorpArtes una nueva versión de Tío Vania, adaptada por Rafael Gumucio. Es la tercera de sus obras mayores en llevarse a escena este año en el país. Y las 4.000 páginas de sus Cuentos completos, en edición a cargo de Paul Viejo, ya están en librerías.

Para el debut de su última obra teatral, El jardín de los cerezos, en 1904, Moscú homenajeó a su autor más querido, Antón Chéjov. Pero él estaba tan enfermo que apenas podía mantenerse en pie. La celebración pareció una despedida. Marchó entonces junto a su esposa a unos baños medicinales en Alemania donde murió, el 15 de julio, a los 44 años.

Su legado es el producto de una vida breve pero tremendamente productiva: cientos de relatos y decenas de obras teatrales (más los miles de cartas como documentos privados). La obra y la personalidad del autor han sido percibidos desde perspectivas variadas y a veces contradictorias: saludado por los ideólogos soviéticos como precursor de la Revolución y por los aristócratas desposeídos como la voz de la Rusia crepuscular; se le ha presentado como un recluso (tímido, amable y triste) o como un bon vivant, en continuos romances con actrices; se ha visto como un médico frío y objetivo, analizando los males de la sociedad, o bien como un romántico apasionado y amante de la naturaleza.

Nacido en 1860, Chéjov publicó su primer cuento con 20 años. Desde entonces no paró hasta su muerte, aunque en los últimos años privilegió las obras dramáticas. Al menos en un comienzo, no consideraba ser escritor como su ocupación principal, sino como una forma de sustento para pagar sus estudios y mantener a su familia (de la que se hizo cargo desde que su padre se arruinó). Trabajó como médico la mayor parte de su vida adulta, y realizó una importante labor humanitaria: organizó ayuda para las provincias afectadas por el hambre, practicó la medicina gratis, combatió epidemias, ayudó a construir escuelas y caminos. De ahí, su imagen de casi un santo.

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Si en los años finales de su vida Chéjov fue reconocido como uno de los más grandes escritores de Rusia (con el tiempo, su fama no ha hecho sino crecer), su obra literaria, como narrador y como dramaturgo, no siempre fue bien recibida. Sus primeros cuentos fueron tenidos como obras menores, y luego, en sus relatos más sombríos, la ausencia de un punto de vista del autor, un estilo puramente descriptivo, fue considerado menos una renovación que una violación de los cánones narrativos. El reconocimiento de su obra dramática fue igualmente complejo. La gaviota, estrenada en 1896, fue un fracaso: la incomprensión también se basaba en las técnicas innovadoras, que serían valoradas después, cuando el “teatro del nuevo siglo” (el Teatro del Arte de Moscú) realizó sus producciones.


Maestro del relato

Para quienes Chéjov sea un santo, siquiera literario, un mediador con su sagrada obra podría ser el español Paul Viejo (1978), quien ha realizado la edición de sus Cuentos completos en castellano (Páginas de espuma/ Liberalia): cuatro tomos que comprenden desde su primer relato (Carta a un vecino erudito, 1880) hasta el último (La novia, 1903), incluyendo inconclusos, dispersos o dudosos, y señalando todos los detalles de cada relato. Se ha valido de diversas traducciones separadas en el tiempo y no sólo españolas (en el segundo tomo está la traducción del mexicano Sergio Pitol de Un drama de caza), además de cubrir todo lo no traducido hasta ahora.

Lo primero que llama la atención es la variedad de los cuentos: Chéjov experimentó con nuevos estilos y nuevas áreas de la vida. En los relatos de sus primeros años casi no hay estrato social, profesión o comercio que no esté representado. Y los escenarios geográficos son igualmente variados: pequeños poblados o grandes ciudades, fincas de nobles, desde Moscú a Siberia.

Por otra parte, permite poner en cuestión la idea de que habría “dos” Chéjov: el que escribió El gordo y el flaco, El libro de reclamaciones y Apellido de caballo” (1883- 1885) y otro que sería el autor de Una historia aburrida, Casa con mezzanina o La dama del perrito (1889- 1899). Antes que tener poco en común, podrían considerarse estrechamente vinculados: el pasado “humorístico” de sus primeros trabajos como esbozos de personajes de obras posteriores.

Paul Viejo estuvo de paso en Chile presentando su edición en la librería del GAM.


-¿Quedó: satisfecho, extenuado, contento, harto?

-Cinco años dedicado a una misma labor como esta agota, sí, pero es un cansancio enriquecedor ya que el proyecto nace de la pasión. Y la pasión por la literatura solo puede provocar satisfacciones.

-¿Por qué una presentación cronológica?

-Que quedase clara la cronología de Chéjov era la máxima aspiración de este proyecto, ya que a través de antologías era una visión que nos faltaba. Ver claro cómo Chéjov avanza desde el juego inicial, las bromas humorísticas y por encargo, hasta la “gravedad” y profundidad de sus últimas historias. Su precisión, su maestría, al fin y al cabo.

-Ud. dice que no es tan claro que lo cómico sea temprano y lo triste, tardío, sino que se mezclan

-Hay que tener en cuenta que la grandísima (en cantidad) producción de Chéjov se da solo a lo largo de 20 años, poco tiempo en realidad. Por mucho que tendamos a separarlas, por estilos o por intereses temáticos, los aciertos del autor ya se vislumbraban desde el principio.

-Si tradujo La dama del perrito no fue por falta de versiones. ¿Ha querido darse un gusto?

-Efectivamente, fue mi “autorregalo”, porque ese fue el principio de todo. El primer relato que yo leí, el comienzo de mi pasión por Chéjov y, sin duda, uno de los mejores relatos de la literatura universal.


Teatro vigente

Las cuatro obras que Chéjov presentó en el Teatro del Arte de Moscú entre 1898 y 1904 –La gaviota, Tío Vania, Las tres hermanas y El jardín de los cerezos– representan uno de sus mayores logros artísticos y una de las contribuciones más importantes de cualquier escritor al teatro mundial: la combinación de detalles, perspicacia psicológica e intensidad poética. Aunque su reputación como dramaturgo descansa en esas obras que escribió en la última década de su vida, su trabajo dramático anterior muestra tanto el desarrollo de su estilo como su actitud iconoclasta hacia el teatro de su tiempo.

Por otra parte, hay una relación natural entre los relatos y las obras dramáticas y ambas labores están en cierta forma insertadas la una en la otra. Muchas escenas típicas de sus cuentos son fundamentales para su teatro. Las pugnas entre el activista Astrov y el quietista tío Vania tienen varias fases, una de las cuales podría ser la de las distintas perspectivas de la ciencia y el arte, que se vincula a las disputas entre los personajes del cuento El duelo. Algo de Las tres hermanas fue reciclado en su último cuento, La novia (1903): se ambienta en la misma ciudad del norte; también hay tres mujeres, aunque son abuela, madre e hija (no tres hermanas); también una de ellas trata de huír de una relación que la asfixia. Pero este cuento, a su vez, entrega mucho a la última obra teatral, El jardín de los cerezos: el escape de la herencia familiar, una madre neurótica y un jardín arruinado.

En todas sus obras teatrales Chéjov busca un nuevo tipo de drama, centrado no en un protagonista, sino en las complejas relaciones de un grupo de personajes diversos, ligados y aproblemados por conflictos generacionales, sexuales y estéticos. “Aunque mucho más silenciosa, la faceta teatral de Chéjov, se ha visto con el tiempo, fue igual de revolucionaria como en la prosa”, dice Paul Viejo. “No hay más que ver la cantidad de películas -y no digamos obras de teatro- que se podrían decir ‘chejovianas’. Chéjov sigue siendo plenamente vigente también en el teatro a día de hoy”.

Tanto es así que el próximo jueves llega a escena en CorpArtes una nueva versión de Tío Vania, que viene precedida del montaje de otras dos obras: La gaviota (adaptada y dirigida por Francisco Albornoz) en el GAM y en el Teatro Nacional Chileno, y El jardín de los cerezos (dirigida por Héctor Noguera) en el Teatro Municipal de las Condes.


-Tío Vania es dirigida por Alvaro Viguera en una adaptación de Rafael Gumucio, quien, por cierto, es un entusiasta del autor.

-En su caso, ¿qué fue primero: el Chéjov cuentista o dramaturgo?
El primer Chéjov fue el cuentista y el escritor de novelas cortas. Es todavía el que más visito y releo y disfruto aunque creo que su teatro es más novedoso, más único que su narrativa. Creo que es el último de los grandes narradores rusos del siglo XIX, y el primero de los grandes dramaturgos del siglo XX. Creo que Brecht, Tennessee Williams, Arthur Miller o Beckett no se explican ni se entienden sin Chéjov.

-¿Ve relación entre ambos?

-La mayor parte de sus obras de teatro tienen como base cuentos. Pero la estructura del teatro, la forma dramática aleja completamente el teatro del cuento. O sea, al trasladar estructuras y mundos del cuento al teatro obliga al teatro a una rareza que le da a un aspecto inacabado y misterioso, revolucionario que no tiene su narrativa. En narrativa está muy bien no explicar todo, no contar todo, no inventarle justificación a los personajes; en teatro el primero en hacerlo fue Chéjov, marcando para siempre la idea de cómo se puede contar, o más bien no contar, una historia en un escenario.

-¿En qué consiste su adaptación?

-La idea era sacar a la luz el lado más oscuro, menos poético, elegante o evanescente de Chéjov. En muchos sentidos Tío Vania es la obra de teatro de Chéjov que más se parece a sus cuentos, que suelen ser oscuros y desesperanzados. En la adaptación tratamos de sacarle el elemento ruso y decimonónico para que la obra pueda pasar hoy o ayer, o mañana. Se trata de desnudar a Chéjov de su mito y renovar los textos para que vuelvan a golpear con toda su frescura inicial.

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