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Culto
El legado inconcluso de la maestra invisible

El legado inconcluso de la maestra invisible

Junto a Violeta Parra y Margot Loyola, Gabriela Pizarro fue una de las tres investigadoras fundamentales del folclor chileno. A dos décadas de su muerte, su hijo busca rescatar su esencial archivo al tiempo que prepara un disco con material inédito de sus recopilaciones.

Gabriela Pizarro iba a estudiar pedagogía en música. Al menos ese era el plan con el que la futura folclorista llegó a Santiago a fines de los años 40, luego de una infancia en Lebu marcada por la influencia de su madre, concertista en piano, y de la cantora popular Elba González. Pero un problema a la vista le impidió seguir con los cursos en la capital. “Mi madre era casi no vidente”, cuenta su hijo, Héctor Pavez Pizarro, marcando el punto de quiebre en la biografía de quien, con los años, se transformaría en una de las tres más importantes investigadoras del folclor chileno.

Pese a su infatigable trabajo de más de cuatro décadas y a su valioso aporte al patrimonio cultural del país, cuesta hoy encontrar fotografías de Gabriela Pizarro y son pocos los registros de ella disponibles en disquerías o plataformas digitales. Y aunque trabajó codo a codo con ellas, su nombre, salvo para los entendidos, no tiene la resonancia que el de su profesora Margot Loyola y su amiga y madrina de matrimonio Violeta Parra. “Las tres musas”, como las llamó Gepe al dedicarles una canción durante su show en el Festival de Viña 2014.

“Violeta, además de investigadora, fue una tremenda creadora, y Margot estuvo más ligada a lo académico, a las universidades. Pero el trabajo de mi madre tenía una estética del folclor muy distinta a la de ellas”, dice Pavez Pizarro, el único hijo hombre de los cinco que tuvo la folclorista con el popular cantor Héctor “el Indio” Pavez. Sentado en su casa de Ñuñoa, a pocas cuadras de la que ocupó su madre en calle Caupolicán cuando llegó del sur de adolescente, el músico de 52 años muestra la máquina de escribir y la grabadora con la que sus padres partieron a Chiloé en 1958, enviados por Violeta Parra para el primer trabajo en terreno de los muchos que realizaron hasta 1970, y cuyos hallazgos fueron proyectados por el conjunto Millaray, creado a partir de esa visita al archipiélago.

Fue en esos viajes, que la llevaron también hacia cultores de Chillán Viejo y Minas de lo Prado, donde Pizarro registró un hasta entonces desconocido repertorio de romances, cuecas y canciones folclóricas campesinas, además de danzas como la trastrasera, la pericona, la nave, el pavo o el cielito. Un valioso material que se plasmó en los LP del grupo Millaray que editó EMI Odeón en los 60 y en su tardía discografía solista —que inició con el fundamental Canciones campesinas (1982)—, pero del que aún quedan cientos de piezas inéditas.

“Esto es como volver a armar este puzzle muy antiguo y ponerlo de nuevo sobre la mesa”, dice “el Gitano” Pizarro, quien en 1997 fue a buscar a París las cintas magnéticas que su padre se llevó al exilio y que contienen buena parte del material que éste recopiló junto a Pizarro. Según detalla, son alrededor de 600 grabaciones las que conforman el legado material de su madre, de las que hasta ahora logró restaurar 200 para crear un archivo documental y sonoro que cedió a la Biblioteca Nacional. El resto, dice, es “una mina de oro que no sé por dónde trabajarla”, a falta de antecedentes y de fondos para su preservación.

Por ahora, Pavez se concentra en su objetivo más próximo: un disco que lanzará en diciembre bajo el nombre de Cantos de campo, en el que junto a su conjunto interpreta doce canciones inéditas extraídas de las cintas del trabajo en terreno de su madre. La jocosa ranchera chilota “Cállese la boca” es el primer adelanto de este álbum —con un videoclip disponible en Youtube—, donde hay arpa, ravel, guitarrón a lo poeta, acordeón e incluso la guitarra que usó por años Gabriela Pizarro y que fue restaurada recientemente por Tata Barahona.


Frutos recogidos

Si bien el trabajo del grupo Millaray se truncó con el golpe de estado de 1973, obligando a Pavez a partir exiliado a Francia —donde murió dos años después— y a Pizarro a vivir en clandestinidad, el conjunto de proyección folclórica más influyente del país junto a Cuncumén dejó un legado que sigue vigente, en grupos de danza y en un repertorio que se enseña hoy en los colegios. Además, ex integrantes y colaboradores del grupo, como Patricia Chavarría, Romilio Chandía y “Piojo” Salinas, continuaron la senda de la investigación.

La mayor huella de la agrupación quedó en Chiloé, lugar que visitaron en diversas ocasiones y del que registraron una serie de cantos y danzas que no habían sido difundidas, como el rin, la pericona, la trastrasera y sobre todo el romance, género que Pizarro siguió explorando y grabando en discos hasta poco antes de su muerte, en 1999. “El de ella fue un trabajo fundamental, el primero que se hizo de forma sistemática y que marcó el camino para el resto”, dice Jaime Barría, compositor de la banda de folclor chilote Bordemar.

El silencioso y exhaustivo trabajo de Pizarro rescató también tonadas religiosas, villancicos y además cuecas, como las de su último álbum, el póstumo Veinte cuecas recogidas por Violeta Parra (2000). Su comadre, décadas antes, había registrado la célebre “La lavandera”, tema que muchos dan como composición de Parra pero que en realidad fue recopilado por Pizarro en sus viajes, como apunta la periodista Marisol García en su libro Canción valiente.

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