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Culto
La santita del cerro

La santita del cerro

La primera novela de Isabel M. Bustos narra una historia en apariencia simple, la de Jeidi, una niña así apodada debido a que vive con su abuelo “en la punta del cerro”.

Jeidi, que en realidad se llama Ángela, tiene once años, mantiene una curiosa y conmovedora relación con Dios, no conoce a su padre, canta con voz celestial en el coro de la misa dominical y es el fruto de un parto trágico: su madre murió al dar a luz.

La pobreza del campo chileno a mediados de los años ochenta define el entorno por el que deambulan Jeidi y sus amiguitos: Vicki, una muchacha obesa y un poco amachotada, y Ariel, un niño bastante tímido y debilucho que está irremediablemente enamorado de Jeidi. “Él es la única persona, aparte de la Vicki, que sabe que en la parte de las peticiones Jeidi le pide perdón a su mamá, a quien no mató pero igual un poco sí, porque se fue en el parto”.

Aunque bebe con dedicación, el abuelo es un buen hombre: trabaja de sol a sol y no descuida ni a Jeidi, ni al perro Vladimir, ni a la vaca Pituca. En la modesta casa con suelo de tierra que habita junto a su nieta reina la armonía. Las labores del día comienzan antes de que despunte el alba y la vida transcurre a un ritmo que, en rigor, es provinciano dentro de la provincia, ya que para muchos habitantes de Villa Prat, el pueblo ficticio en donde ocurre la acción, la cercana ciudad de Talca resulta ser la metrópolis desconocida.

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“La mayoría de las tardes en Villa Prat la gente saca sillas al antejardín o al frente de sus casas de fachada continua y se dedica a mirar pasar la vida”. No ha de extrañar, por lo tanto, la admiración que despierta entre los más jóvenes Karla, una prima mayor de Vicki cuyo único atractivo es haber vivido un tiempo en Santiago. “Salvo por el pequeño videoclub pirata, se podría decir que estamos en 1950”.

Lo recién dicho no significa que Jeidi sea una obra que le rinde tributo al costumbrismo, ni que ensalza, con incomprensible nostalgia, un estilo de vida amodorrado o tedioso en el que la máxima diversión consistía en ver Sábados Gigantes. De ningún modo. Por medio de una escritura simple, sólida, convincente, Bustos logra que las sencillas personalidades aquí retratadas alcancen la profundidad y el grosor necesarios para jamás caer en la intrascendencia.

A ratos, al tratarse de un relato protagonizado en buena medida por niños, Jeidi cobra la apariencia una novelita infantil. Pero la autora está muy consciente del riesgo y, atenta al desmoronamiento de un entramado narrativo diseñado para adultos, rescata a los personajes en el momento preciso. La dosificación de cierto humor eficaz también ayuda. Cabe consignar, además, que Bustos demuestra oficio a la hora de describir con ternura las vidas pequeñas y secundarias de sus personajes.

El vértigo de la novela –pues sí lo tiene– comienza a sentirse tras un hecho milagroso, consecuencia de aquella peculiar relación con la divinidad que Jeidi mantiene de manera secreta: después de recibir un mensaje iluminador, la niña queda embarazada. Virgen y encinta, Jeidi pasa a convertirse en una santa. Y donde antes campeaba la modorra rural, ahora reina el estrépito asociado a la veneración popular.

El asunto no sólo preocupa al cura y a la monja superiora del convento de Villa Prat, sino que también altera al obispo de la zona: el reciente caso de un joven de dudosa estampa que juraba ver a la Virgen María –con toda seguridad un fraude, pese al fervor multitudinario que suscitó– ha puesto a la jerarquía eclesiástica en guardia. Ajena a la fe de los adultos, Jeidi comienza a producir posibles milagros, inconscientemente, sin tener noción de ello. A partir de ese instante, la novela alcanza un carácter conmovedor que resulta digno de aplauso y atención.


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