*

Culto
Cuando Johnny Cash se estrelló con las pastillas

Cuando Johnny Cash se estrelló con las pastillas

En Cash man in black, el influyente músico —fallecido un día como hoy en 2003— abre su historia personal a través de sus propias palabras.

Publicado originalmente en 1975 como Man in Black, his own story in his own words, las memorias del rey de la música country fueron escritas en un lapso de nueve meses, en donde Cash —asegura— se sumergió en el pozo de la memoria casi a diario “para contar, de la manera más honesta posible, lo que hice, lo que dije y lo que sentí tanto en los buenos como en los malos tiempos de mis primeros cuarenta y tres años de existencia”.

El libro, que acaba de llegar a Chile a través de Ediciones Acuarela y A. Machado Libros, recorre los altibajos de la vida privada y profesional del autor de canciones importantes como “I walk the line” y “Folsom Prison blues”.

En el capítulo “Un demonio llamado engaño”, por ejemplo, Cash cuenta de primera mano su experiencia con las anfetaminas.

Si bien el reconocimiento le había llegado con la edición de I walk the line (“jamás hice un concierto en el que no cantara ‘I walk the line’. Y les puedo asegurar que jamás la canté sin sentirla de verdad o al menos sin intentar sentirla en lo más profundo de mi alma”) en 1956, Folsom Prison blues se había convertido en un clásico de la música country.



Fue en esa época que pasó de tocar en vivo en el Hayride al Grand Ole Opry durante dos años más aunque solo como invitado ocasional “dado que mis continuas giras de conciertos me obligaban a pasar largas temporadas en la carreteras”.

Los más importantes programas de televisión comenzaron a mostrar interés. “Aparecí en el American Bandstand de Dick Clark con Ed Sullivan, Jackie Gleason y Lawrence Welk, así como en el Ozarj Jubilee de Red Foley”.

Entonces firmó con Columbia Records, se trasladó a Nashville y grabó dos discos que salieron inmediatamente al mercado. “Uno se llamó The Fabolous Johnny Cash. El otro fue un álbum con mis canciones góspel e himnos favoritos”, anota Cash.

“Pero en aquel punto de mi carrera di un paso definitivo en la dirección equivocada”, asegura el músico. “Me encontraba de gira con varios artistas del Grand Ole Opry de Nashville en 1957. Ferlin Husky y Faron Young estaban en el programa y fue entonces cuando me hice muy amigo de Gordon Terry, que trabajaba con Faron”.

“Aquella noche viajábamos en dos coches camino de Jacksonville después de un concierto en Miami. Gordon iba conduciendo la limusina de Faron abriendo la marcha y, a medio camino de Jacksonville, se hizo a un lado de la carretera y detuvo el coche. Nosotros paramos tras él. Salimos todos de los coches y Gordon se acercó a Luther, que era el que iba conduciendo el nuestro.

-¿Te duermes, Luther? -le preguntó Gordon.
-Ya te digo -dijo.
-Pues tómate una de estas. Te mantendrá despierto -dijo tendiéndole a Luther una pequeña pastilla blanca con una cruz grabada.
-¿Qué son? -le pregunté a Gordon.
-Bencedrinas .dijo.
-¿Son nocivas? -pregunté.
-No lo creo -dijo Gordon-. A mí nunca me han hecho daño. Mira, tómate una. Te hará desear llegar a Jacksonville y seguir de marcha cuando lleguemos.

Me tomé una de aquellas pastillas blancas y me metí en el coche con Gordon. En treinta minutos me sentí como nuevo, tremendamente fresco y locuaz”.

Según su relato, aquella misma noche, en Jacksonville, aún no había dormido cuando empezó el concierto. “Me tomé otras de las pastillas de Gordon y emprendí la actuación sintiéndome estupendamente. No fue sino hasta la noche siguiente, en otra ciudad, cuando, finalmente, me vino el ‘bajón’ de las dos pastillas. Me dejaron exhausto, pero contento de haber descubierto algo que en aquellos momentos, con toda sinceridad, pensé que podría serme de gran ayuda”

Con todos los viajes que tenía que hacer y llegando siempre a las ciudades harto y agotado, Cash entendió que aquellas pastillas podrían estimular y proporcionar las fuerzas que necesitaba para salir a cantar.

“Aquellas pastillas blancas no eran sino una de las doce o más variedades, de diferentes formas y tamaños, que había en el mercado. Los camioneros las utilizaban, de la misma manera que otra mucha gente con problemas de sobrepeso. Las llamaban anfetaminas, dexedrina, bencedrina y dexamyl. Tenían un montón de agradables nombrecillos y las hacían de todos los colores. Si no te gustaban las verdes podías conseguir las naranjas. Y si querías sentirte impulsado por una fuerza salvaje podías tomarte una negra. Con las negras podías ir a California y volver de un tirón en un Cadillac del 53 sin necesidad de dormir.

Dentro de aquel bote de pastillas blancas, que no costaba más de nueve o diez dólares (cien pastillas), venía, sin coste adicional, el demonio llamado Engaño”.

Durante los dos primeros años, al tomar anfetaminas de forma bastante habitual el cantante descubrió nuevos límites para su resistencia y su talento interpretativo.

“Siempre me ha gustado actuar, pero nunca me he subido a un escenario sin experimentar esas ‘mariposas’ en el momento en que se hace mi presentación. Con un par de ‘bennies’ en el estómago, como nos gustaba llamar a aquellas pastillas, las ‘mariposas’ desaparecían de golpe y en su lugar obtenía valor y confianza.

En algunas ocasiones, en la época en que empecé a utilizarlas, estaba convencido de que las ‘bennies’ eran un regalo que me había dado Dios para ayudarme a ser mejor cantante. Mi energía se multiplicaba. Mi ritmo era magnífico. Disfrutaba de cada una de las canciones que interpretaba en los conciertos y podía actuar con una intensisdad torrencial e implacable. Estimulaban la mente, me hacían pensar más rápido y me hacían hablar más”.



Entonces Johnny Cash soltaba largas parrafadas entre canciones que mantenían a la gente atenta y entretenida. “Me hacían parecer tremendamente apuesto, extrovertido, enérgico. ¡Amaba a todo el mundo!”.

“Todo el mundo notaba el cambio que las pastillas habían provocado en mí. Mis amigos bromeaban acerca de mi ‘nerviosismo’. Tenía contracciones nerviosas en el cuello, en la espalda y en la cara. Los ojos se me dilataban. No podía estarme quieto. Me retorcía, giraba, me contorsionaba y hacía crujir los músculos del cuello. Por lo general era como si alguien me hubiese dado un puñetazo entre los omóplatos, como si estuvieran retorciéndome los tendones y los huesos, apretándome los nervios, torturándolos hasta el límite”, relata Cash.

“En casa, mi mujer y las niñas se despertaban con frecuencia por el ruido que hacía cuando me arrastraba de un lado a otro de la habitación en un desesperado intento por agotar el efecto de las pastillas. Más a menudo se despertaban a causa del estruendo de las pastillas. Más a menudo se despertaban a causa del estruendo del motor de mi coche al arrancar cuando me marchaba a conducir temerariamente durante horas por las calles hacia las colinas y los desiertos de California hasta que, o bien destrozaba el coche, o me detenía, finalmente, de puro agotamiento.

Nos habíamos mudado a California en 1959 y mi ruptura con la iglesia y con el estilo de vida y de oración que había profesado desde mi infancia fue casi completa. Me metí de lleno en el estilo de vida del sur de California y llegué a creerme que lo estaba disfrutando de verdad. Me di cuenta de que se podía cultivar el gusto por cualquier cosa. Basta con empezar y seguir probando hasta que te guste.

La mezcla de anfetaminas y alcohol fue un veneno enloquecedor, y mi personalidad cambió drásticamente. Mi mujer y mis hijas sentían verdadero pavor cada vez que se presentaba en casa aquel hombre extraño en que me había convertido”.

Cuenta el autor de “Man in black” que a los largos períodos de ir “colocado” le seguían las depresiones. La carga de la culpa lo hundía y luchaba por obtener la fuerza que necesitaba para combatir todas aquellas adicciones que estaban haciéndose con el control de su mente. “Mi gran error, en cualquier caso, fue que no me entregué a Dios. Insistí demasiado en el ‘orgullo’ y el ‘amor propio’ diciéndome a todas horas: ‘En realidad, no eres tan malo’”.

“El demonio llamado Engaño se convirtió en mi más íntimo compañero. Nunca me dejaba solo por mucho tiempo”, anota Cash.

Pero no la sacó barata. El efecto de sequedad de las anfetaminas, junto a los cigarrillos y el exceso de alcohol, derivó en una laringitis crónica que afectó al músico. “La laringitis duró unos días, que luego se convirtieron en semanas”.

“En el Carnegie Hall de Nueva York solo fui capaz de susurrar. Aquel concierto iba a marcar un hito en mi carrera, por lo que había llegado a la ciudad dos días antes para hacer entrevistas en la radio y la televisión”, escribe.

Una de esas apariciones fue en el Show de Mike Wallace. Por aquel entonces, Cash solía ponerse a la defensiva. Sabía que la gente que estuviera al tanto de los efectos de su adicción, como Mike Wallace, se daría cuenta de sus tics nerviosos, de la sequedad de su boca y de sus pupilas dilatadas:

-¿De verdad te gusta el mundo del espectáculo? -preguntó Mike.
-Es mejor que recolectar algodón -respondió Cash en el acto.
-¿Qué otras cosas hacías en Arkansas además de recoger algodón? -inquirió.
-Mataba serpientes -dijo el músico con una sonrisa irónica, convencido de que estaba siendo tremendamente clever.
-La verdad es que mirándote a la cara tú también pareces un poco reptil -dijo Mike.
-Pues ten cuidado, no vaya a morderte -respondió.
El comunicador cambió rápidamente de tema.
-¿Por qué música country en el Carnegie Hall? -preguntó Mike.
-¿Y por qué no? -gruñió el músico.
Y la entrevista terminó.

“Cuantas más pastillas tomaba, más violento e impredecible me volví”, confiesa el rey de la música country. “Me perdí algunas actuaciones a causa de la laringitis y tuve que cancelar nueve de las diez sesiones de grabación que contrató mi productora”.



Un sábado por la noche en que debía actuar en el Grand Ole Opry, Cash llegó al Ryman Auditorium después de pasarse varias semanas tomando pastillas sin parar. “Mi voz se había extinguido y había perdido mucho peso”. La leyenda no llegaba a los setenta y cuatro kilos. “Aquella actuación de pesadilla me hizo darme cuenta de lo que me estaba haciendo a mí mismo”.

Según sus memorias, esa noche “la banda empezó con un tema y yo traté de sacar el micrófono de su soporte. Pero en mi enloquecido frenesí fui incapaz de hacerlo. Tan ridícula complicación en mi estado mental fue más que suficiente para hacer que explotase en un ataque de furia. Tomé el pie del micrófono, lo estrellé contra el suelo y, a continuación, lo arrastré por el borde del escenario, reventando cincuenta o sesenta candilejas. Los trozos de cristal saltaron y se extendieron por todo el escenario y sobre el público.

La canción terminó abruptamente y yo abandoné el escenario para toparme, cara a cara, con el director del Grand Ole Opry. Amable y muy tranquilamente me informó:

-Lo siento John, pero tu contrato con el Grand Ole Opry acaba de concluir.

No pude responder. Me había despejado en menos tiempo del que se tarda en pestañear”.

Cash arrancó por la puerta de atrás del edificio del Grand Ole Opry, donde entró en su vehículo y salió disparado. “Tras un par de manzanas, enfilé hacia el sur por las zonas residenciales para evitar los coches de policía de la autopista. Entonces me puse a llorar y se me empañó la vista”.

Como en una película, esa noche comenzó a llover “y cuando acerté a poner en marcha el limpiaparabrisas, el coche viró bruscamente y se estrelló contra un árbol que había en la acera.

Me desperté en la sala de emergencias de un hospital con la nariz y la mandíbula rotas. El coche quedó totalmente destrozado.

Gene Ferguson, un amigo mío de Columbia Records, vino a recogerme y me llevó a su casa donde me dijo que podía instalarme hasta que me recuperase”.


Sobre el autor: