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Culto
Loriga subrayado

Loriga subrayado

Catorce párrafos marcados de Rendición, su última novela.

Página 15:
“La guerra quita muchas cosas y a cambio ofrece posibilidades; no estábamos acostumbrados a tenerlas y por eso nos demoramos a la hora de decir sí o no a las ofertas que se nos presentan. La gente bien dispuesta no tiene miedo, nosotros sí lo tenemos, o al menos yo lo tengo, no me atrevo a hablar por ella. El miedo es cosa de cada cual”.

Página 21:
“Nuestros hijos, Augusto y Pablo, no se llevan ni dos años, crecieron muy juntos y juntos se fueron a la guerra. Para un hombre que no ha luchado, resulta extraño tener hijos soldados. Siento que debería ser yo el que los protegiera a ellos con mis armas, y no al revés”.

Página 32:
“La gente que sabe contar historias siempre tiene compañía”.

Página 61:
“Si la miro tanto es por miedo a que tropiece y porque al verla así, de lejos, me parece aún más bonita que cuando la tengo cerca. No soy de muchas poesías, pero cualquier hombre que quiera al menos un poco sabe a lo que me refiero. Mirar a una mujer en nada se parece a abrazarla, porque en el abrazo están dos muy juntos y se tapa todo y en la distancia, al excluirse uno, aparece de pronto la mujer a quien uno quiere como las cosas que se admiran de lejos”.

Página 82:
“Sorprende darse cuenta de cómo el amor alimenta y calma aun en las peores condiciones. Como no sé hablar como ella, y las palabras de amor no me nacen, no respondí a sus cuchicheos. Para no ser menos cariñoso y tratar de cubrir también sus muchas carencias, la abracé con todas mis fuerzas y la besé en los labios y le acaricié el cabello hasta que la oí respirar fuerte y sólo después de saberla ya dormida me permití yo también conciliar el sueño”.

Página 83:
“A veces sucede que con la rabia del momento uno piensa cosas horribles sólo por sacárselas del alma y para darse cuenta, creo, de que uno no es capaz de hacer ciertas cosas”.

Página 89:
“De lo grande que parecía de lejos la ciudad transparente a lo grande que era de verdad mediaba una distancia considerable. Y si de lejos y mientras caminábamos parecía una cúpula redonda, de cerca se veía claramente que estaba hecha de rombos de cristal que se clavaban por un vértice en el suelo y se amontonaban unos sobre otros hasta formar una gigantesca semiesfera transparente que protegía a la ciudad entera. Cómo se hizo algo así escapa a mi conocimiento, pues me parecía a mí, e incluso a ella, que es más leída, la obra más fabulosa que hubiésemos visto o imaginado nunca”.

Página 110:
“A veces llovía, claro, pero no dentro de la ciudad, sino fuera, y era muy extraño porque se veía la lluvia golpeando contra la cúpula pero no se oía nada, y la luz en la ciudad seguía siendo esa preciosa luz de mediodía que no se alteraba nunca, ni de día ni de noche ni bajo la tormenta. Al poco de estar allí ni siquiera mirabas ya al cielo, total para qué, si lo que ocurriese fuera nada tenía que ver con el clima de dentro”.

Página 111:
“Nadie nos ha dicho que estemos prisioneros o que sea peligroso o esté prohibido salir, aunque lo cierto es que tampoco lo hemos preguntado. Después de que a uno lo saquen de su casa y lo pongan en una fila y lo lleven a otro sitio, te acostumbras a no preguntar nada, no sea que las cosas empeoren”.

Página 114:
“A veces uno tiene que esperar a que las cosas sucedan por más que intuya lo que podría suceder, porque si no, te toman por loco”.

Página 128:
“Supongo que el miedo se quita más despacio que el olor”.

Página 140:
“Seguí andando por la calle animado por esa felicidad tan grande que me llevaba en volandas sin que yo pudiera hacer nada por detenerla. Una felicidad tan grande, tan plena y tan injustificada que, a qué negarlo, empezó a agobiarme”.

Página 146:
“Nunca he sido de irle llorando a la gente con mis problemas, porque supongo que cada uno tiene bastante con lo suyo y que además a nadie le importa realmente lo que le pase a otro que no es él. La gente hace como que le importa mucho lo de los otros pero no me creo que sea verdad, ni aquí ni en ningún otro sitio. Tampoco creo que les importe a los curas, para ser sincero, ni me parece posible que Dios nos conozca a todos por el nombre. En fin, cuando se trata de lo que un hombre lleva en el corazón o en la cabeza, no hay más que un hombre al que le importe”.

Página 187:
“¿Qué maldad se esconde en el alma de quien no se reconoce como uno más entre sus semejantes? Cuesta entender que este lugar me haya cambiado tanto. Cuesta culpar a la ciudad transparente de todos mis males. Un hombre debería poder viajar de un lugar a otro sin perder su alma”.


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