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Culto
Hasta más arriba de la coronilla

Hasta más arriba de la coronilla

Completamente despojada de la sexualidad explícita y a veces perversa que abunda en otras novelas de Marín, Tal vez sí, tal vez no despliega un credo negro, magníficamente desarrollado, que provoca la rendición inmediata del lector.

La protagonista de Tal vez sí, tal vez no, la llamada novela perdida de Germán Marín, es una señorona peculiar y en apariencia despreciable: se trata de una dama muy alta, corpulenta, que siente una desconfianza atávica hacia quienes la rodean, demuestra una irritante seguridad en sí misma, practica una tacañería proverbial, da rienda suelta a una sensibilidad sumamente antojadiza, se deleita con el fisgoneo de las vidas ajenas, detesta a los animales, siempre camina con la cabeza gacha esperando encontrar alguna bagatela en el suelo, sueña que la persiguen y acosan diversas calañas de psicópatas, y posee, por si no bastara, cierta capacidad única, se diría que incluso intrépida, para enervar al prójimo. La primera frase de este libro ejemplar, escrito en 1996 y archivado hasta hace poco tiempo, da cuenta de la singular catadura de una mujer inolvidable: “Como es sabido, hasta los más avezados criminales fueron en sus inicios unas hermosas criaturas y, aunque la Nona no llegó a pertenecer a la primera condición, suscitó malos pensamientos en aquellos que la conocieron desde su más tierna infancia”.

La Nona pertenece a esa clase de personas que orondas, impertérritas y extravagantes avanzan por la vida a tranco seguro, rasgos que, sumados a su altura desmedida, la asemejan a Violeta Quevedo, la más excéntrica de las escritoras chilenas. Claro que, a diferencia de ésta, la Nona no revela debilidad alguna por las letras, salvo cuando a través de cierta correspondencia maliciosa procura inmiscuirse en la vida del resto. La Nona, antes que nada, es pragmática y liberada de cualquier tipo de sentimentalismo, como queda demostrado en el escaso afecto que dedica a su hijo único, Miguel, de profesión escritor, y en el desinterés absoluto que le producen sus nietos. “Dividido el mundo en personas, animales y cosas, la Nona sólo sentía aprecio por estas últimas, en particular por los objetos simples y prácticos que le daban entonación a la vida”.

Completamente despojada de la sexualidad explícita y a veces perversa que abunda en otras novelas de Marín, Tal vez sí, tal vez no despliega un credo negro, magníficamente desarrollado, que provoca la rendición inmediata del lector. Me refiero a un humor oscuro, pringoso, que oscila entre la malignidad y la risión a secas. La posibilidad real de que el narrador innominado de la vida de la Nona sea Miguel, el hijo escritor, le otorga al asunto un trasfondo descarnado y cómico en su perfidia, mientras que el inesperado y dramático giro policial que ocurre hacia el final del relato da cuenta de un hecho brutal: eran varios los personajes que estaban hasta más arriba de la coronilla con la Nona.

Por sabida y reconocida, la maestría de la prosa de Marín no merece mayores comentarios: nadie en nuestra lengua escribe como él. No obstante aquí, en Tal vez sí, tal vez no, hay un par de rasgos deslumbrantes que resulta imposible ignorar. El primero es la soltura con que el autor maneja los tiempos biográficos de la Nona. Pese a las diferentes etapas retratadas (guagua, colegiala, adolescente, soltera, casada, madre, abuela), y pese a los saltos narrativos entre una y otra edad, el lector jamás pierde el hilo existencial de la protagonista. En consecuencia, su retrato cobra una profundidad que permite ver con nitidez los sucesivos estratos de una personalidad compleja. El segundo artilugio, por así llamarlo, difumina los lugares en que transcurre la acción entre tres capitales (Barcelona, Buenos Aires y Santiago), de modo que nunca queda totalmente claro dónde estamos parados. El efecto es desconcertante al principio, cautivador de ahí en adelante.

¿Cómo es posible que la Nona, después de lo dicho al comienzo, sea en realidad un personaje entrañable? La respuesta yace en ese humor audaz, recio, sin concesiones ni sentimentalismos, con el que Germán Marín vuelve a fijar su estampa en el primerísimo plano de la narrativa chilena, tan poco propensa, dicho sea de paso, a la risilla inteligente.

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