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Culto
Ruta musical por Nueva York: bares y cantinas

Ruta musical por Nueva York: bares y cantinas

En Williamsburg un “reverendo” monta un show onda Motown y su “mantra evangélico” hace enloquecer a la audiencia. Y en Barbes, el barrio de Paul Auster en Brooklyn, hay para regodearse cada noche con bandas de los Balcanes, cumbia sicodélica, swing y bluegrass de Nueva Orleans. La entrada es gratis.


Un reverendo suelto en Brooklyn

Es descrito como una “institución” de Brooklyn, como un músico capaz de armar una parranda incluso antes de que aparecer en el escenario, con un toque mesiánico y su marca personal: el “góspel sucio”. El reverendo Vince Anderson y su “coro del amor”, hace la parodia de un pastor estadounidense y entusiasma al público con su teclado a lo Stevie Wonder y su voz profunda y carraspeada a lo Joe Cocker. Lo secunda una banda bien aceitada con bajo, saxo barítono, guitarra eléctrica y batería. Lo de él es Motown, soul, funk, blues y un “mantra evangélico” pero en clave de sátira.



Reverend Vince Anderson es un tipo de barba, cabello largo, gordo, sonrisa fácil y que cumple a cabalidad su personaje y performance. Vestido con una bata y con sus pies descalzos, irrumpe cada lunes en el escenario de Union Pool (484 Union Ave, Brooklyn), una cantina ubicada en la periferia del “ondero” barrio de Williamsburg, a pasos del metro. El “reverendo” lleva 17 años montando su show en Brooklyn y en Union Pool cuentan que gracias a su particular espectáculo, el bar le ha reservado todos los lunes, casi que de manera vitalicia.



La entrada es gratis (se paga directamente a los músicos) y Vince Anderson sabe lo que hace. Mueve su cabeza de lado a lado y lanza preguntas al público. “¡Amén!”, responde la audiencia, eufórica. Gran improvisador, el reverendo suele colaborar con los músicos de TV On The Radio y sus canciones llevan títulos como “Satan Hates Me” o “Jesus Christ, Friend of Mine”. “¡Out of my way!”, grita en el coro de un tema cuyo título lleva ese mismo dardo. Y pide aplausos y la audiencia responde con una ovación: “¡Amén!”.

Al final del show contará que no quiere publicar discos, que detesta Spotify y que lo suyo son los conciertos en vivo, en bares y cantinas, cerca del público, a la vieja usanza. Pero aunque no le guste al “reverendo”, en la plataforma de streaming hay un disco pirata con cinco de sus temas grabados en vivo. Vince Anderson, que estudió para ser ministro metodista, aunque por sólo un semestre, se sale con la suya de todos modos: “Jesús fue un hombre/ fue un hombre como cualquier otro/seguro, fue hijo de Dios/ pero, fue sólo un hombre”. “¡Buenas noches, gracias!”.



Medianoche en París

Barbes (76 9th St. Park Slope, Brooklyn) es un bar único con conciertos de lunes a lunes en el que un día cualquiera se puede escuchar a una banda de cumbia sicodélica peruana, al día siguiente a un guitarrista de Guinea, al otro jazz gitano y más tarde música balcánica, folk o joropos venezolanos. Los más entusiastas consideran que no hay nada igual en Nueva York ni tampoco a nivel planetario. Comentarios más aterrizados, como uno del New York Times, han alabado su atmósfera pequeña y de luz tenue, como un escenario perfecto para residencias de los más diversos estilos musicales, no sólo jazz.

Aquí la entrada también es gratis, aunque si se ingresa al pequeño salón donde está emplazado el escenario, hay que desembolsar 10 dólares. Los dueños del bar, dos músicos franceses, presentan su lugar como un oasis para escuchar, en una escala íntima, a bandas libanesas, mexicanas, de Nueva Orleans, Brasil y un infinito etcétera.



Ya el calendario de las presentaciones que mes a mes cuelgan en su sitio web sorprende. Una de esas “sorpresas” es Stephane Wrembel, un guitarrista francés que cautiva por su virtuosismo, pero también por su estilo cálido, en el que mezcla jazz gitano con toques floydianos y lisérgicos. Wrembel fue quien compuso la banda sonora de Medianoche en París, de Woody Allen y ha sido descrito como una “revelación” por la revista Rolling Stone.




Además de él, quien se lleva los aplausos es el baterista de la banda, Nick Anderson, que golpea los tambores cual Keith Moon (The Who), Bill Bruford (Yes) o Neil Peart (Rush), aunque él mismo reconoce que su mayor influencia es el punk y el hardcore californiano.


Mambo de Bombay

Con una poderosa voz de soprano, Kamala Sankarama, se mueve al ritmo de un mambo, luego de una cumbia con saxo y después introduce temas en clave surf rock, spaghetti-western y ritmos exóticos que dan vida a Bombay Rickey, un estupendo conjunto que bien podría ser la banda sonora de una película de Bollywood de los años 60. Kamala es como Yma Sumac, soprano peruana de éxito en los 50, guapa y exótica. “¡Hare Krishna! ¡Hare Krishna!”, canta Kamala y el público repite aquel mantra. Bombay Rickey publicó su último disco en 2014, Cinefonia, disponible en Spotify.




Otro número habitual de Barbes es The Brain Cloud, que cultiva el swing, bluegrass y todo lo que tenga que ver con Nueva Orleans. La banda se divide entre la voz femenina de Tamar Korn y la masculina de Dennis Lichtman, que además toca la mandolina y el clarinete. Otro de la casa es Slavic Soul Party, banda de bronces (tubas, trombones, trompetas y clarinetes) que montan una fiesta a lo Emir Kusturica y que llevan más de una década en Barbes. Con siete discos publicados, su onda es la unión perfecta entre el Bayou de Louisiana y el sonido de los Balcanes.




Como una suerte de agradecimiento, pero también en un hecho que marca la connotación de este paraíso musical de Park Slope, el barrio del novelista Paul Auster, varias de estas bandas han publicado álbumes que llevan por título Live at Barbes.


Sobre el autor:

Alejandro Tapia |
Editor de Mundo de La Tercera. Ha cubierto los más importantes hitos políticos de América Latina de las últimas dos décadas.