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Culto
Carlos Peña: “Uno de los rasgos de Nicanor Parra es su miedo casi cósmico a ser un sirviente de cualquier cosa”

Carlos Peña: “Uno de los rasgos de Nicanor Parra es su miedo casi cósmico a ser un sirviente de cualquier cosa”

En el volumen Ideas de perfil (Hueders, 2015), el abogado y columnista desmenuza los componentes que hacen singular a la obra del antipoeta.

Lo primero que llama la atención en la obra de Nicanor Parra, escribe Peña en el libro Ideas de perfil, es la ausencia de los temas que movieron a Neruda (“tarde o temprano, todos tendremos que ser medidos por este metro en expansión permanente que es Neruda”) y a Lihn (“no es lo mismo estar solo que estar sin Lihn”), al menos en alguna de sus obras mayores.

Hay, por supuesto, algunos juegos verbales referidos al acontecer histórico inmediato, especialmente en Chistes parra desorientar a la poesía, de 1983. Allí se lee, por ejemplo: “ciento cuatro civiles en un cajón/ cuántas patas y orejas son” o “De aparecer, apareció/ pero en una lista de desaparecidos”.

La de Nicanor Parra es una obra alérgica, con la misma intensidad, a la trama inmediata de la historia y a aquello que supuestamente la trasciende; no hay en su obra nada parecido al Paseo Ahumada o a la Aparición de la Virgen o al Canto general. “¿Acaso Parra es entonces un pretendiente de eso que Barthes llamó el grado cero de la escritura, un equilibrista de la neutralidad a más no poder?”, se pregunta el columnista.

Otro asunto inquebrantable en la obra de Parra es “su insobornable independencia, su rechazo final y terminante a cualquier forma de idolatría o servidumbre”. En 1970, por ejemplo, cuando la revolución cubana a muchos les parecía casi el paraíso a la vuelta de la esquina, y antes de que Jorge Edwards escribiera Persona non grata, Nicanor Parra declara su compromiso irrestricto con la libertad de expresión y, haciendo pie en ella, toma distancia de Cuba y de la Unión Soviética.

Durante la dictadura, por su parte, tampoco se suma al coro de los vencedores y en cambio, por boca del Cristo del Elqui, ese desquiciado que le trae la memoria de su adolescencia en la Quinta Normal, nos echa en cara lo que, a la vista de todos, ocurre: “¡este país es una buena plasta!/ ¡¡aquí no se respeta ni la ley de la selva!!”.

Más tarde, cuando la modernización capitalista comienza a consolidarse, Parra de nuevo se niega, con pretextos ecologistas esta vez, a la genuflexión.

No cabe duda, infiere Peña, “uno de los rasgos de Nicanor Parra es su miedo casi cósmico a ser, como dice insistentemente él mismo, un yanacona, un sirviente de cualquier cosa, un sujeto extraviado por intereses que él no logra controlar”.

A modo de cierre, dos ejemplos de este punto. “¿Marxista?/ no, ateo”, escribe Parra en uno de sus artefactos. O, como prefiere en uno de sus antipoemas:

Me declaro católico ferviente
no comulgo con ruedas de carreta
me declaro discípulo de Marx
eso sí que me niego a arrodillarme
(…) me declaro fanático total
eso sí que no me identifico con nada.


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