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Culto
Luc Dardenne, director de cine belga: “El nuestro es un realismo que instala al espectador en un problema moral”

Luc Dardenne, director de cine belga: “El nuestro es un realismo que instala al espectador en un problema moral”

El menor de los hermanos realizadores de Rosetta y El hijo comenta su nuevo filme, La chica sin nombre, recién estrenado en Chile. El director, dos veces ganador del Festival de Cannes junto a Jean-Pierre Dardenne, habla también de los dilemas europeos contemporáneos y del temor al terrorismo.

A fines de 2006, y a propósito de la llegada casi simultánea a salas chilenas de El niño (2005) y El hijo (2002), Luc Dardenne (63) se explayaba para La Tercera acerca del núcleo del realismo que ha propuesto junto a Jean-Pierre, su hermano y correalizador. Lo de ambos, decía, es “buscar la verdad de un personaje” y “dejarlo existir”.

En los años siguientes, con algunas variaciones y adendas, la multipremiada dupla belga ha ampliado su recorrido. Sin el peso de estar en la cresta de la ola, como pudo ser el caso en la década pasada con estos dobles ganadores de la Palma de Oro en Cannes, pero bastante fieles a sí mismo. O así todo lo indica.

Su décimo largo de ficción, La chica sin nombre, está desde la semana pasada en la Cineteca Nacional y el Centro Arte Alameda, donde es distribuida por la recientemente creada Red de Salas. El año pasado, como siempre pasa con los Dardenne, el filme vio la luz en el Festival de Cannes y ahora Luc, el menor de los hermanos, otra vez dialoga con Culto. Esta vez para hablar de un filme que -como de costumbre- se desarrolla en Seraing, cuna y hogar de estos hermanos, y que trata de una médico (Adèle Haenel) que evita atender el timbre de su consulta después del horario de consulta, para advertir más tarde que pudo haber salvado la vida de una joven migrante africana.


-Ud. ha dicho que El hijo entraña una pregunta: cómo un ser humano puede escapar al destino del asesinato. ¿Estaría de acuerdo en que no es tan distinto el problema en La chica sin nombre?

-Aun si tratamos con la muerte en ambos casos, el problema acá es el de aceptar la responsabilidad que se tiene en la muerte de alguien. Jenny, la doctora, será quien finalmente formule esa pregunta. Se siente culpable por no haber abierto la puerta. Y su deseo es el de sanar a los demás, que se curen de la enfermedad. ¿Cuál enfermedad? La de no ser capaces de decir la verdad, para así proteger sus intereses. O de no sentirse responsables de la chica que apareció muerta a la orilla del río. Acá, la pregunta sería cómo hacer para sentirse responsable. Para que alguien que muere no sea como el cadáver de un animal que queda tirado al sol, sin sepultura y sin nombre. Es por eso que Jenny busca su nombre y quiere que sea sepultada, porque es lo mínimo para un ser humano.

-La película parece proponer un deber de justicia y de humanidad. ¿Es una cuestión central?

-Lo es. Ahora, una película no es un discurso moral, pero la pregunta que la protagonista encarna pasa por esta humanidad que se siente culpable, puesta frente a una humanidad que no se siente así. Frente a estos últimos, ella está sola, con la chica desconocida en su cabeza. Eso es lo que quisimos mostrar: el destino de alguien solo. La soledad de alguien que no acepta el destino que hoy se acepta con frecuencia respecto de tantos refugiados que mueren en el mar. Yo creo que hoy un individuo, un ser humano, tiene más valor que el resto y es lo que hemos querido decir. Acabamos de ver el terrible atentado de Barcelona, donde la vida no contó.

-¿Incidieron en esta visión los atentados de Bruselas (marzo de 2016)?

-No respecto de la película, que ya estaba hecha para entonces. Pero es cierto que la experiencia en el aeropuerto y en el metro de Bruselas fue algo muy aterrador, y que el valor de la vida se siente mucho más. El valor inestimable de la vida propia y de la del otro, que ha sido segada sin más por un fanatismo. Eso da miedo y lo hace a uno aferrarse a la vida y a la esperanza de que desaparezcan esos asesinos. Tengo 62 años y soy parte de la generación que no conoció la guerra. Ahora vemos el regreso de una forma de violencia en las ciudades que es una experiencia nueva y que provoca temor.

-La protagonista recrimina en un momento a su asistente y le dice que, para ser un buen médico, debe ser más fuerte que sus emociones. ¿Buscaron problematizar la disputa entre razón y emoción?

-Ella dice que si no se manejan las emociones, no se puede hacer un buen diagnóstico, lo que es cierto. Se necesita una distancia. Pero la distancia de la que ella habla no es la que va a conocer respecto de la chica desconocida, e incluso respecto de sus pacientes. Ella va a sufrir, va a arriesgar su vida. La agreden tres veces en la calle. Llega a estar poseída por la emoción, pero yo hablaría de una emoción moral, no sólo de una emoción aplicada: Jenny es alguien que sabe sentir el sufrimiento del otro y eso es esencial.

-¿Se pueden parecer médicos y cineastas en lo de no dejarse llevar por las emociones para manejar la situación?

-No veo mucho parentesco, aun si el cine puede ayudar a sanar, a decir la verdad (y por ese lado, a “curar” una sociedad que sufre). Uno no va sanar del sufrimiento, pero lo va a mostrar. Es cierto que uno mete el dedo en las heridas de la sociedad, en lo que anda mal. Ahora, si alguien va a “sanar”, ya es cosa de los espectadores.

-Hace una década Ud. denunciaba una “fiebre de realidad” en el audiovisual. ¿Cuál es hoy su política respecto de lo real?

-Nuestras películas son realistas. No hacemos fantasías ni musicales, tampoco cintas de género, aun si hay un poquito de film noir en La chica sin nombre. Ahora, las hacemos esperando que el espectador no diga esto es una copia de la realidad, esto lo veo todos los días, no me interesa. Tratamos de sacar esa realidad de la vida corriente, por así decirlo, para hacer de ella algo fuerte, potente, intenso, para vivir la experiencia de alguien. Una experiencia ficticia, pero realista, y que nos podría ocurrir. El nuestro es un realismo que instala al espectador en un problema moral.

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