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Culto
Catálogo nacional: acceso limitado

Catálogo nacional: acceso limitado

Lo que le queda a los interesados particulares es apostar a la suerte y trajinar en ferias libres o mercados de las pulgas.

Honestidad brutal. Consultado hace un par de años sobre la propiedad de los primeros títulos de Los Blops, el músico Eduardo Gatti, miembro fundador de ese grupo pionero del rock en Chile, respondió con un sincero: “No tengo la menor idea”. Tampoco supo cómo fue que hace algunos meses atrás los dos primeros elepés del conjunto de Los Momentos llegaron a tiendas locales en formato de vinilo y a través de una etiqueta española.

Y algo parecido le pasaba hace algunos días a Juan Mateo O’Brien, sobreviviente de los seminales Los Vidrios Quebrados, que miraba con curiosidad una edición británica de Fictions, el disco que grabaron en 1967, sin tener noción alguna de cómo fue que ese título llegó a ser publicado en el extranjero.

El descuido y desorden que ha sufrido parte del catálogo de la mejor música chilena también alcanzó a la reciente reedición en vinilo de los títulos emblemáticos de Víctor Jara, emprendida por la fundación que lleva su nombre. Aunque valiosa en el rescate del arte original, las copias fueron extraídas de la versión en CD y no del master original, según se explicó, por el alto costo de que se le exigía a la fundación.

Y ni hablar del caso más emblemático, de Las Últimas Composiciones (1966) de Violeta Parra, obra fundamental de la música chilena cuyo master está en manos de un antiguo funcionario de la RCA Victor que en 1996 adquirió todo el repertorio discográfico de la antigua RCA (tres mil master de música, entre 1930 y 1980). El mismo que sigue cobrando una millonada por los derechos de autor y que no tiene problema en pasar la factura a interesados internacionales que pagan lo que les pida por reeditar estas “rarezas del fin del mundo” en el extranjero. Lo doloroso, y aquí está el fondo del asunto, es que esta música también tenga la categoría de “rareza” en el país que las vio nacer.

Parte del profundo desconocimiento que se tiene sobre el catálogo nacional tiene que ver precisamente con que está desordenado, perdido o que derechamente no existe. Que más elocuente de eso que sean los mismos autores los que no tienen idea. Y eso no es algo que se vea sólo respecto de títulos muy lejanos en el tiempo. Álbumes relativamente recientes, de hace 20 o 30 años, tampoco se encuentran con facilidad y menos en ediciones que valgan la pena, lo que es en parte responsabilidad de los músicos y productores, pero también de las autoridades competentes que podrían, por ejemplo, habilitar una gran discoteca de la música chilena con lo que todavía es posible recoletar.

Lo que le queda a los interesados particulares es apostar a la suerte y trajinar en ferias libres o mercados de las pulgas (incluso es probable que tenga más suerte en disquerías argentinas o brasileñas) o derechamente convertirse en “coleccionista” y pagar lo que no se tiene por ediciones originales. Esas “rarezas” en que se ubican discos chilenos que acá deberían ser de libre acceso.

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