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Culto
Maluma: yo no canto por cantar

Maluma: yo no canto por cantar

El astro colombiano de 23 años desembarcó la noche del miércoles en la primera de tres jornadas que culminan el viernes con una misión clara: es más que una figura efervescente, el sabor de la temporada, el carilindo de moda.

Como un buen ataque planeado en detalle la sorpresa fue por la retaguardia. Maluma apareció sorpresivamente a la altura de la mesa de sonido hacia el fondo del Movistar Arena. Apenas un taburete y una guitarra acústica en sus manos para cantar “La Invitación”.

Can-tar. Subrayemos.

El astro colombiano de 23 años, cuyo instrumento según Wikipedia es “voz, auto-tune”, desembarcó la noche del miércoles en la primera de tres jornadas que culminan el viernes con una misión clara: es más que una figura efervescente, el sabor de la temporada, el carilindo de moda.

Maluma proyecta una carrera de tiro largo y piensa seriamente en suceder a Ricky Martin y Enrique Iglesias. Tiene las mismas herramientas que ambos en el apogeo de sus carreras. Una facha de pasarela y un proyecto de voz que deberá ser adiestrado con paciencia.

Si en su debut en el último festival de Viña enfatizó la energía y el despliegue bailable, ahora el guión desde un comienzo consiste en remarcar que se trata de un intérprete con las condiciones vocales suficientes para ser identificado más allá del reggaetón. Maluma ejecuta baladas acústicas como en ese segmento a mitad del show, momento en que subió a una fanática, la afortunada Ana esta primera noche. Hacia el final, a modo de variable, interpretó “Carnaval”, una canción rítmica con ropajes de himno de una justa deportiva mundial.

Ataviado de un conjunto blanco con dorado -los colores propios del monarca que sugiere su estética-, Maluma quiere que su público de jovencitas y también niños acompañados de sus padres -progenitores que no se complican por los mensajes carnales en las letras-, se divierta de comienzo a fin. El colombiano recurre a todos los argumentos escénicos y sonoros para mantener la atención constantemente copando los sentidos. Seis pantallas, disparos de humo, confeti, fuegos de artificio y cuerpo de baile; bajos pastosos y bombásticos hasta los límites que lidian con el verdadero motor de su cancionero, que no es otro que la percusión. De los tres músicos acompañantes incluyendo guitarrista y un tecladista que maneja otras máquinas, es el batero el eje indispensable porque en su música cuanto domina es el ritmo tribal, mientras el condimento melódico resulta absolutamente secundario.

Hubo sorpresas como el grupo vocal colombiano Piso 21, y la interpretación de éxitos de compatriotas suyos donde Maluma es invitado como “Chantaje” de Shakira y “La Bicicleta” de Carlos Vives.

La carga de prejuicios puede engolosinarse con la ramplonería de la música urbana donde el romance se subordina al deseo de contacto íntimo. Aquello no es más que una cantinela ante una audiencia que desea entretenerse sin respiro con un artista que podría estelarizar teleseries. Pero Maluma está convencido de que su gente merece más que su belleza, sino también el esfuerzo por demostrar que tras la cara bonita y el corte de barbería hay un cantante dispuesto a mejorar.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras