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Culto
La primera vez de Juan Gabriel en Viña: 220 minutos de locura

La primera vez de Juan Gabriel en Viña: 220 minutos de locura

El 14 de febrero de 1996, el fallecido Juan Gabriel dio uno de los shows más memorables en la historia del Festival de Viña y perpetuó una relación con Chile que lo convirtió en divinidad popular.

La sensación unánime que comparten los involucrados en la organización del Festival de Viña de 1996 es el cansancio. Apenas llevaban una noche -la del miércoles 14 de febrero- y la prolongación del espectáculo los había obligado a volver cerca de las cinco de la mañana a sus habitaciones, resignados a que luego debían levantarse a las siete para preparar la jornada siguiente. “Al otro día fue un problema, porque teníamos que tener todo un equipo humano funcionando”, rememora Juan Pablo González, director televisivo de esa cita, en un dolor de cabeza con responsable único: Juan Gabriel.

Por eso, lo que para algunos fue agotamiento, para gran parte de los presentes fue el hallazgo de un artista único, la revelación de un hombre que estremeció la Quinta Vergara como pocos y la confirmación de un ídolo que había labrado su reino a espaldas de la oficialidad. En el Chile de los 80, sus temas sólo se sintonizaban en radios como Súper Sol de Osorno y Ñuble de Chillán, o en las AM Cooperativa y Chilena. “Ahí ya se daba un fenómeno: todos pedían su hit ‘Querida’, pero nadie lo conocía, nadie ubicaba su cara, y me incluyo”, cuenta Jaime Davagnino, locutor emblemático de esos años.

Aunque el mexicano había venido en 1981 al estelar Vamos a ver de TVN (“Nadie tenía muy claro quién era, pero quedaron en shock con su estilo”, acota Horacio Saavedra, director musical del espacio), sus vínculos más frecuentes comenzaron en 1995, cuando pasó por otro programa, Hablemos de…, también de la red estatal y conducido por César Antonio Santis. Ahí ocasionó el griterío de los presentes y disparó la sintonía.


El aterrizaje

El acierto fue del promotor chileno Manuel Olalquiaga, de larga experiencia con estrellas latinas en EE.UU. y que llevaba años porfiando con su visita. “Cuando lo proponía, los productores de TV se reían de mí diciendo que era de gusto muy populachero y que jamás funcionaría en Chile. Para la primera fecha que teníamos en ese programa, se enfermó de una muela y debimos cancelar todo, lo que dio pie para que muchos dijeran que se había arrepentido. Un mes después vino y los buenos resultados hicieron más sencilla la negociación con Viña”.

En efecto, el fervor de un año antes precipitó su debut en la Ciudad Jardín. Aunque en esos años el socio del canal organizador, Mega, era el gigante mexicano Televisa -que por contrato imponía a gran parte de los artistas de su país en el certamen-, el cantautor no vino bajo su alero. Timbrando su carácter insurrecto, el Divo de Juárez enfrentaba por esos días una guerra intestina con la empresa y los tenía vetados desde 1994 debido a sus imposiciones. Hasta en una entrevista se atrevió a decir: “Creen que soy exclusivo de ellos. A México se le conoce por su historia y su arte, no por Televisa”.

En ese contexto, aterrizó en el país el 13 de febrero, bajo preguntas periodísticas acerca de sus lazos con el movimiento gay. Los 50 músicos que lo acompañaron en escena llegaron todos desde México -algo poco habitual- y se alojó en el hotel O’Higgins. Como parte de ese protagonismo under que aún permeaba su figura, los medios lo observaban con frialdad. En este mismo diario, al apostar por los invitados destinados a brillar, la periodista Yolanda Montecinos mencionaba a Carlos Vives, Café Tacvba, 2 Unlimited y Los Calzones Rotos. Eduardo Ravani, director escénico de Viña 96, aseguraba: “No creo que este año surja alguna gran estrella del Festival. Es difícil de lograr y no nos interesa”.

Veinte años después, el también líder del Jappening con Ja asume que erró: “Lo que más me impactó fue el conocimiento que tenía la gente de sus temas. Fue impresionante y sorpresivo”. Juan Pablo González agrega: “Decidimos programarlo al final de ese día porque sabíamos que su presentación era muy extensa”.


La noche interminable

En la previa, Juan Gabriel fue a almorzar al desaparecido Las Delicias del Mar y no hizo la prueba de sonido, sino que fue reemplazado por uno de sus coristas, quien poseía un aspecto y un timbre vocal idénticos, y que se encargaba de tal función en las giras. Ese hombre era Jaime Varela, hoy con un considerable recorrido como imitador de “Juanga” en su país: “En escenarios como Viña, yo tenía que recrear en el ensayo casi su show completo, porque poseía la misma técnica. Quedaba cansadísimo”. Al llegar a su camarín, el cantante dio muestras de esa calculada sencillez que hoy destacan sus cercanos. “Sólo pidió decorarlo de blanco, velas, rosas, vino y jengibre para su garganta”, enumera Victoria Cabrera, ex jefa de camarines del festival.

En esa noche inaugural -cuyas entradas estaban agotadas hace meses-, Carlos Vives abrió los fuegos y luego fue el turno de Dino Gordillo. Apenas en el segundo chiste, el humorista caminó sobre dinamita y se mofó de Juan Gabriel: “El tiene tanto arrastre que afuera estaba lleno de colas… para poder entrar”, disparó el cómico y activó las pifias generalizadas. Hoy no se arrepiente: “Seguí con mi show sin ningún problema y me fue bien, no influyó. Si hubiese sido ahora, como están los clósets sin bisagra, queda el despelote. Tiras algo así ahora y sale la Ley Zamudio”.

Cuando por fin el mexicano saltó a escena, la ansiedad colectiva no se vio reflejada en Antonio Vodanovic: ya lo había presentado en dos eventos en Miami y sabía el huracán que se avecinaba. “Su show se me pasó volando. El te bacilaba hasta el silencio, alargaba las melodías y su orgasmo era el escenario”, define. Los menos tranquilos eran Ravani y González, quienes habían recibido a última hora el listado de canciones y miraban cómo se alteraba y extendía como elástico. “Yo era muy rígido con los horarios y él se sobrepasó con creces, fuera de libreto. Pero lo dejamos, o sino incendiaban la Quinta”, dice Ravani.

Desde el arranque a las 00.25 horas con No tengo dinero, los jurados en primera fila quedaron pasmados. Luis Dimas: “Lo vi completo. Hay artistas con rasgos parecidos y yo siempre me encontré en la línea de los entretenedores, como él”. Andrés de León, quien fue jurado en el certamen, resume: “Nunca había visto un latino así”. Ravani -que luego en un sketch de Jappening se reiría de este espectáculo XL- decidió concluir las transmisiones a las 2.20 de la madrugada, pero la vida siguió en la Quinta hasta las cuatro, con un rating de 34 puntos, el más alto de esa jornada. 3 horas y 40 minutos que bastaron para iniciar la leyenda.

Sobre el autor:

Claudio Vergara |
Subeditor de Espectáculos de La Tercera y periodista especializado en música popular.