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Culto
Samuel Beckett oscurece bajo la piel de Robert Wilson

Samuel Beckett oscurece bajo la piel de Robert Wilson

Con una versión de Krapp’s Last Tape, el director y artista estadounidense aterrizará en el Teatro Municipal en enero, para el Santiago a Mil.

Sintonizó la BBC a fines de 1957, y por accidente se topó con el célebre actor irlandés Patrick Magee en pantalla, leyendo fragmentos de un libro. Frente al televisor, aún en pijama y junto a un trozo de pastel a medio devorar, su compatriota, el escritor y premio Nobel Samuel Beckett (1906-1989), sintió que el hambre lo abandonaba mientras reconocía cada una de las líneas de su novela Molly (1951) en la voz de aquel hombre. El también autor de Esperando a Godot había contado ya en varias entrevistas que nunca solía soltar un texto suyo sin dar una última leída en voz alta, pero lo cierto era que sus palabras nunca antes le habían parecido tan frágiles ni conmovedoras.

A los dos meses comenzó a escribir un monólogo que con el tiempo sería releído como una alegoría del fin de la historia. Al centro puso a un hombre descrito por sí mismo como “un anciano cansado”, de “una vieja voz arruinada y con un cierto acento característico”. Por años lo llamó simplemente El monólogo de Magee, pero ya a fines de 1958, cuando el texto debutó en el Royal Court Theatre de Londres, previo a una función de Endgame, había sido rebautizado como Krapp’s Last Tape (La última cinta de Krapp). Beckett hizo cientos de correcciones al texto hacia el final de su vida, y hasta dirigió dos de sus más recordadas versiones, pero para su primer estreno la dirección recayó en Donald McWhinnie y el rol protagónico, y a petición del propio autor, en Patrick Magee.

Por esos años, a miles de kilómetros de allí, un tímido estudiante de administración de empresas de la U. de Texas, quien además tomaba clases de danza para superar su tartamudez, dio con la historia de Krapp y sintió que algo de ella “lo había rozado peligrosamente”: ese misterioso hombre de 69 años creado por Beckett, quien por décadas se había grabado a sí mismo en cintas de audio, se le parecía bastante, creyó el actor, director y artista visual estadounidense Robert Wilson (1941), considerado uno de los pilares de la escena de vanguardia y conocido, entre otras cosas, por fundar el Centro Watermill de Nueva York y por haber colaborado con Philip Glass (“probablemente una de las mentes más sensibles y brillantes de nuestra época”) y Heiner Müller, por nombrar a algunos.

Tras su paso por el Festival Santiago a Mil en 2011, cuando trajo una versión de Días felices, también de Beckett, Wilson volverá al país en enero y al mismo certamen, aún sin fechas confirmadas, con la puesta en escena de Krapp’s Last Tape en el Municipal. Estrenado en 2009 para el Festival de Spoleto en Italia, el montaje dirigido y protagonizado por Wilson convierte el monólogo casi exento de palabras de Beckett en “una obra maestra”, según The Guardian luego de que la misma pieza llegara a Londres.

“Oí por primera vez del trabajo de Beckett en los 60, y desde entonces he montado varias obras suyas”, cuenta Wilson al télefono desde Nueva York. “Para mí y para muchos, en realidad, fue un autor relevante, tal vez aún más hoy que en el pasado, y esta obra en particular y que elegí porque estaba cerca de cumplir mis 70 años, también lo es: un hombre está escuchando y hablando solo, completamente solo con una máquina. De eso se trata todo, y Beckett lo escribió mucho antes de que tuviéramos teléfonos, celulares y computadoras. Por eso es uno de mis autores favoritos, y de verdad no sé con qué soñaba, pero siempre fue un visionario y un adelantado a su época”, agrega.

Con el rostro embetunado, la boca semiabierta y su cuerpo apenas iluminado por destellos de luz blanca, el Krapp de Beckett luce, bajo la piel de Wilson, como uno más de sus seres sacados de brutales pesadillas. El escenario, en tanto, dispuesto por su autor en el texto como la audioteca en la que Krapp ha ido almacenando el registro de su vida, aquí parece más un profundo y tenebroso búnker decorado por interminables filas iluminadas de estanterías. “Hay detalles en el montaje que recuerdan lo clown (como el par de calcetines rojo furioso que se asoman por debajo de su pantalón, así como el plátano con el que juega en escena) y hasta una especie de mundo post apocalíptico, en ruinas, cerca de su fin”, dice.


Así como Krapp, que revisa su vida y todo lo que no cupo dentro de ella, ¿revisa también Ud. la suya?

—Siempre que subo al escenario se trata de redescubrirme a mí mismo, del trabajo que he hecho y de lo que me habría gustado hacer. En ese sentido, todos llegamos a ser Krapp en un momento de nuestras vidas, incluso Beckett. Incluso yo.

¿Qué tanto influye en Ud. lo que piensen y digan de su trabajo?

—No todas las críticas son positivas. Algunas son excepcionales y otras francamente mezquinas y negativas. En general mi trabajo ha sido muy apoyado en Francia y Alemania, tal vez menos comprendido en EEUU y mucho menos ahora, con este presidente que francamente es una gran vergüenza. A él mismo le haría bien oír lo que Beckett pueda decirle con este texto, porque no vaya a ser que Trump se arrepienta tanto y tarde como Krapp.

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