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Culto
Sanfic: llega el último Kiarostami

Sanfic: llega el último Kiarostami

El hijo del gran director iraní se refiere a su cortometraje póstumo Take me home y al documental 76 minutos y 15 segundos con Abbas Kiarostami, ambos en el festival.

Abbas Kiarostami, como Raúl Ruiz, había encontrado ayuda en el final del mundo poco antes de morir. Al realizador de Tres tristes tigres le acababa de llegar desde China el vestuario para Las líneas de Wellington, la película que no pudo dirigir y que luego realizó Valeria Sarmiento. Al maestro iraní los chinos le habían ofrecido financiar su nuevo largometraje en el país asiático, pero su muerte en julio del 2016 frustró la oportunidad.

Ahora, a un año de su muerte, su hijo Ahmad Kiarostami recuerda además que aunque los caminos del financiamiento internacional habían llevado al padre del nuevo cine iraní a rodar en Italia y Japón, la patria persa siempre latió fuerte en su corazón. “A él le gustaba su país, Irán. Vivía allá. Decía que en ninguna parte se sentía tan bien como en Irán”, cuenta Ahmad Kiarostami, quien se encarga de administrar el legado del autor de El sabor de las cerezas (1997) a través de la Fundación Kiarostami.

Con residencia en San Francisco (California), Ahmad Kiarostami (1971) estuvo además tras la producción de 24 frames (2017), cinta póstuma de su padre compuesta de 24 cortos de 4 minutos y que se estrenó este año en el Festival de Cannes. El 13 Festival Sanfic no exhibe aquella producción, pero sí trae a salas el cortometraje Take me home, obra también postrera presentada en el Festival de Tokio, y 76 minutos y 15 segundos, documental de Seifollah Samadian que debutó en el Festival de Venecia 2016. Si el primero es una muestra del Kiarostami más pictórico e interesado en el valor plástico de los objetos, la cinta de su amigo Seifollah Samadian se interna en los estrictos caminos de la disciplina de trabajo de Kiarostami, perfeccionista hasta el hartazgo.

“Las escenas de sus películas son como fotografías poéticas. Le tomaba mucho tiempo componerlas. También era capaz de dibujar todo un pueblo, con todos los detalles, antes de rodar”, cuenta Ahmad Kiarostami al teléfono desde EEUU. También le vienen a la memoria algunas escenas de su cine más temprano: “Hay una toma famosa, en la película ¿Dónde queda la casa de mi amigo? (1987), que nos habla de su gran cuidado en aspectos mínimos. Un niño corre colina arriba hasta llegar a un árbol, ubicado en la punta del monte. Toda la carrera la hace por un sendero en forma de zigzag. Eso fue bastante arduo. Quiero decir que mientras más natural lucía la escena, probablemente más trabajo le había costado a mi padre”.

Antes del surgimiento de nombres como Asghar Farhadi (El viajante) o de incluso Jafar Panahi (El círculo), Kiarostami se instaló en el horizonte fílmico como un referente absoluto. Festivales de cine como Locarno o Montreal lo reconocieron tempranamente a fines de los 80 y principios de los 90, pero fue la Palma de Oro que ganó en Cannes 97 por El sabor de las cerezas la que lo puso en el mapa mundial. A partir de ahí también su cine se empezó a ver en Chile y la influencia de su estilo contemplativo y poético comenzó a levantar polvo e imitadores (buenos y malos) en todo el mundo.

La presencia de niños, la relación de la ficción y la no ficción y cierta debilidad por el paisaje natural se instalan como señas de identidad de Kiarostami, quien a través de 20 películas entre 1970 y 2016 no deja de moldear su talento. La fotografía, la pintura y la poesía también fueron parte de sus actividades habituales.

“Aunque era cineasta, él acostumbraba decir que dedicarse a las películas era sólo una parte de su trabajo. También era fotógrafo y poeta. En sus clases maestras siempre dijo que sin conocer otras artes, como la fotografía, no se puede llegar a ser un verdadero cineasta. Incluso en los últimos años solía decir que gustaba más de la fotografía que de otras artes. Le daba una intimidad que el cine no tiene”, explica su hijo.

Precisamente su corto Take me home, que registra cómo un balón de fútbol cae por las escaleras de un pueblo, está compuesto en gran parte de fotos. “Tomó las fotografías de aquel pueblo del sur de Italia durante un período de 20 años. Son las que vemos en la película: lo que hizo posteriormente fue filmar la secuencia con el balón de fútbol cayendo. Creo que para él era una manera juguetona de mostrar sus imágenes de Italia”, dice Ahmad Kiarostami.

En el documental de Seifollah Samadian se ve también al realizador en sus incursiones a campo abierto, realizando una serie de tomas fotográficas o preparando el rodaje de alguna película. Se lo ve tomando detalles de caminos en la nieve o filmando a un grupo de gansos, siempre con una dedicación extrema. Se lo observa revelando imágenes en el laboratorio con un mimo y autoexigencia sin límites.

“Lo que se ve en el documental es fiel a la realidad. Así era mi padre: amaba la naturaleza y necesitaba cada cierto tiempo tomar su auto y salir fuera de la ciudad. Se recargaba de energía de alguna manera. Le encantaban los árboles”, recuerda Ahmad Kiarostami. Cuando se le consulta si prefería alguna de sus películas, el hijo del cineasta no alude a ninguno de los títulos más premiados o, al menos, más populares de su padre: “Alguna vez le escuché decir que le tenía especial afecto a Close Up (1990). Decía que todo había pasado tan rápido en ese largometraje (sobre el caso real de un cinéfilo que se hizo pasar por el cineasta Mohsen Makhmalbaf para filmar una película) , que no tuvo tiempo para dudas o segundos pensamientos. Los artistas generalmente tienen inseguridades o se cuestionan sus obras, pero en el caso de esa cinta no hubo tiempo para eso”.

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