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Culto
Llora, Corazón: las páginas que le hacen justicia a la canción cebolla

Llora, Corazón: las páginas que le hacen justicia a la canción cebolla

En su nuevo libro, la periodista Marisol García reconstruye los hitos de uno de los más importantes géneros de la música popular chilena, y los motivos de su histórico rechazo.

Llenaron teatros, vendieron miles de discos, en muchos casos cruzaron con éxito las fronteras y popularizaron un cancionero que, hasta el día de hoy, se entona en las casas y fiestas de todo Chile. Pero, curiosamente, es prácticamente nula la bibliografía que existe en torno a la vida y obra de artistas como Ramón Aguilera, Rosamel Araya y Luis Alberto Martínez. Y de los escasos registros disponibles sobre el fenómeno que protagonizaron, la mayoría deja de manifiesto los complejos y el sesgo con el que éste fue observado durante décadas.

“No fue sólo una discriminación estética, sino que también de clase”, asegura la periodista Marisol García, quien durante los últimos tres años se dedicó a investigar a fondo los principales hitos de la llamada “música cebolla” chilena, así como las omisiones y prejuicios a los que se enfrentó y que la relegaron a un segundo plano al momento de sintetizar la historia de la música popular del país del siglo XX. Con el objetivo de llenar esos vacíos, la autora presenta Llora, corazón: el latido de la canción cebolla, un exhaustivo trabajo de investigación editado por Catalonia y UDP, a la venta desde esta semana en librerías.

“Me interesaba ver sus vínculos con la historia reciente de Chile y con determinados rasgos de identidad, los que no se pueden medir con estadísticas ni están en los libros de historia, pero que sí están presentes en la canción”, cuenta García sobre el sucesor de Canción valiente (2013), donde abordó tres décadas de canto social chileno. “Puede parecer esquizofrénico pasar de un libro de canción política a otro de canción cebolla, pero a mí no me lo parece, incluso creo que tienen cosas en común”, asegura la periodista, quien ve en el género cebolla, en sus códigos y en sus exponentes, señas de chilenidad, de conciencia de clase y colectivización social, construidas a espaldas del establishment y la aprobación mediática.

Como resultado de un trabajo que incluyó revisión de archivo y decenas de entrevistas, el libro explora la historia local de la música romántica popular en capítulos estructurados como perfiles y otros más cercanos al ensayo. En los primeros, se reconstruye la vida y obra de las figuras de la edad de oro de esta música en Chile, con anécdotas y datos poco difundidos que dan luces sobre la popularidad de la que gozaron en los años 50 y 60 solistas como Ramón Aguilera, Lorenzo Valderrama y Rosamel Araya, además de Luis Alberto Martínez, el único que entrega su testimonio en vida en el libro.

En los otros capítulos, la autora analiza los fenómenos que fueron moldeando las variantes locales del género, surgido en respuesta al bolero orquestado de Lucho Gatica y Antonio Prieto, y que tuvo en los mexicanos Los Panchos, el ecuatoriano Julio Jaramillo y el peruano Lucho Barrios a sus principales impulsores. Asimismo, se consigna el histórico rechazo que este cancionero de boleros y valses peruanos generó tanto en los grupos de poder como en los cantores comprometidos con los procesos de cambio.

“Allí hay un conflicto interesante que habla de nuestros complejos, porque el pueblo no es sólo lo proletario, también tiene una sensibilidad propia que no es necesariamente la de los estudiantes o la activista, y creo que está muy viva en Chile, pese a haber sido despreciada por la burguesía al no ser elegante ni medida”, comenta García.


Sin culpas

Además de ser uno de los primeros registros formales dedicados al género, Llora, corazón destaca además por abordarlo sin paternalismo ni ironía. De hecho, en sus 165 páginas, no hay alusiones a lo kitsch, a los “placeres culpables” ni a otros modos de aproximación que ha tenido esta música, los que para la autora son errados. “No sólo hablan de tus inseguridades como auditor, sino que también de una cierta ignorancia, porque es como si estuvieras haciendo una excepción para mostrar un mundo menor, pero este nunca fue un mundo menor. Son discos muy vendidos y populares”, dice.

Para graficar el alcance y vigencia de este repertorio y sus códigos, García dedica la parte final de su libro a analizar la presencia de “lo cebolla” en otras cumbres de la música popular chilena: desde el bolero eléctrico de Los Angeles Negros y el fenómeno que protagonizó Zalo Reyes a inicios de los 80, hasta los elementos melodramáticos que se encuentran en Corazones (1990) de Los Prisioneros, en Mon Laferte, Los Vásquez y toda una nueva generación de artistas que ha recuperado este cancionero y sus formas.

En ese sentido, García aclara que su investigación no pretende ser un ejercicio de rescate, ya que “esta sensibilidad siempre ha estado, nunca se ha perdido, y la recuperación de ciertos géneros no tengo dudas que va a continuar”.


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