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Culto
Philip K. Dick, un visionario entre charlatanes

Philip K. Dick, un visionario entre charlatanes

En 1975, el escritor polaco Stanislaw Lem (1921-2006) publicó “Un visionario entre charlatanes”, tal vez uno de los mejores análisis que se han escrito sobre la obra de Philip K. Dick. Lem era el autor de Solaris (novela que Andréi Tarkovski había llevado al cine en 1968) y también había traducido Ubik de Dick al polaco.

Había una relación entre ambos aunque, por supuesto, no era simétrica. Lem admiraba a Dick pero Dick, que en la mitad de los setenta flotaba entre diversos tipos de crisis psiquiátricas y vitales, pensaba –y así se lo dijo al FBI- que se trataba de un complejo plan para secuestrarlo tramado por el bloque comunista. Lem era el anzuelo o la cabeza de una conspiración destinada a penetrar en la sociedad norteamericana por medio de la literatura de ciencia ficción.

El ensayo, que se ocupa fundamentalmente de Ubik, da también pistas sobre los materiales, temas y obsesiones de Dick, los que extractamos más abajo. El texto ha sido traducido dos veces al español en publicaciones ya desaparecidas: primero en el nº15 de la revista El Péndulo en 1987 y luego en 1996, en el nº 7 de Gigamesh, de la que están sacados estos fragmentos.

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“Dick utiliza los mismos materiales y utilería teatral que otros escritores norteamericanos. Del almacén que se ha convertido desde hace mucho en su propiedad común, él extrae toda la parafernalia de telépatas, guerras cósmicas, mundos paralelos y viajes por el tiempo. En sus historias ocurren catástrofes espantosas, pero eso tampoco es la excepción a la norma: prolongar la lista de las maneras sofisticadas en que puede terminar el mundo se encuentra entre las ocupaciones típicas de la ciencia ficción. Pero, mientras otros escritores de ciencia ficción señalan y delimitan sin lugar a dudas la fuente del desastre, ya sea social (guerra terrestre o cósmica) o natural (fuerzas elementales de la naturaleza), el mundo reflejado en las historias de Dick sufre cambios horrendos por motivos que, incluso al final, quedan sin descubrir. La gente no muere por culpa de una nova o una guerra, ni por inundaciones, hambre, enfermedades, sequías o esterilidad, ni porque los marcianos hayan aterrizado delante de nuestra casa; en vez de eso, se ha puesto en marcha algún factor inescrutable cuyas manifestaciones resultan visibles, pero no así su fuente, y el mundo se comporta como si hubiera caído presa de un cáncer maligno que, a través de la metástasis, ataca uno tras otro todos los aspectos de la vida”.

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“En esencia, el mundo representado es siempre el mismo: un mundo de entropía desencadenada por los elementos, de descomposición que no ataca sólo, como en nuestra realidad, a la distribución armoniosa de la materia, sino que llega a consumir incluso el orden del tiempo en su transcurrir. Así, Dick ha ampliado, ha hecho monumentales y al mismo tiempo monstruosas, ciertas propiedades fundamentales del mundo actual, dándoles un impulso y aceleración que resultan dramáticos. Todas las innovaciones tecnológicas, las magníficas invenciones y las nuevas capacidades que ahora domina el ser humano (como la telepatía, a la que nuestro autor ha dotado de una amplia gama de “especialidades”) no son nada en última instancia ante la lucha contra la inexorable marea ascendente del Caos.

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“Cada uno de estos libros (y cuento entre ellos Los tres estigmas de Palmer Eldritch, Ubik, Aguardando el año pasado, y quizá también Gestarescala) es una encarnación con ligeras diferencias del mismo principio dramático: la conversión del orden del universo en caos y ruinas ante nuestros ojos. En un mundo asolado por la locura, en el que hasta la cronología de los acontecimientos puede sufrir convulsiones, sólo las personas conservan la normalidad. De manera que Dick las somete a la presión de una prueba terrible, y en su fantástico experimento lo único que no es fantástico es la psicología de los personajes”.

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“Las peculiaridades de los mundos de Dick surgen sobre todo por el hecho de que, en ellas, la realidad de la vigilia es la que sufre una profunda disociación y duplicación. A veces el agente disociador es una sustancia química (del tipo alucinógeno, como por ejemplo en Los Tres Estigmas de Palmer Eldritch); en ocasiones, la “técnica del sueño frío” (como en Ubik, precisamente); a veces (por ejemplo en Aguardando el año pasado), en una combinación de narcóticos y “mundos paralelos”. El efecto final es siempre el mismo: acaba siendo imposible distinguir entre la realidad y las visiones”.

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“Los críticos y lectores que esgrimen como argumento contra Dick su “impureza” dentro del género son tradicionalistas fosilizados. Una actitud equivalente sería exigir que los prosistas escribieran con el estilo de Zola y Balzac, y nunca de otra manera. A la luz de las anteriores observaciones, se puede comprender mejor la peculiaridad y singularidad del lugar que ocupa Dick en la ciencia ficción. Sus novelas confunden a muchos lectores acostumbrados a la ciencia ficción estándar, y generan quejas tan ingenuas como iracundas que aseguran que Dick, en vez de proporcionar “explicaciones precisas” a modo de conclusión, en vez de resolver enigmas, barre muchas cosas debajo de la alfombra. En el caso de Kafka, las objeciones equivalentes consistirían en exigir que La metamorfosis acabara con una “justificación entomológica” explícita, que dejara claro cuándo y bajo qué circunstancias se transforma un hombre normal en un insecto, o que El proceso explicara de qué se acusa al señor K”.

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“Como norma, Dick se abalanza sobre los escombros de los materiales de trabajo de los mediocres profesionales norteamericanos de la ciencia ficción, añadiendo con frecuencia un toque de auténtica originalidad a conceptos harto desgastados y, lo que sin duda es más importante, erigiendo con ellos construcciones verdaderamente suyas. El mundo enloquecido, con un flujo de tiempo espasmódico y un entramado de causas y efectos que se retuerce sin equilibrio, el mundo de la física frenética es, incuestionablemente, invención suya, una inversión del estándar tradicional según el cual sólo nosotros podemos ser víctimas de la psicosis, nunca nuestro entorno. Normalmente, los héroes de la ciencia ficción sólo son víctimas de dos calamidades: las sociales, como los “infiernos de tiranía de los estados policiales”, y los físicos, como las catástrofes causadas por la naturaleza. Por tanto, el mal lo infligen unas personas a otras (los invasores procedentes de las estrellas sólo son personas con disfraces monstruosos), o las fuerzas ciegas de la materia”.

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“La imposibilidad de que la civilización vuelva a la naturaleza, que es equivalente a la irreversibilidad de la historia, lleva a Dick a la conclusión pesimista de que buscar en el futuro lejano la consecución de los sueños de poder sobre la materia convierte el ideal de progreso en una caricatura monstruosa”.

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“Las obras de Philip Dick merecieron tener un destino mejor que el que recibieron por su origen. Quizá no sean uniformes en su calidad, ni plenamente logradas, pero sólo la fuerza bruta permite meterlas en ese cajón de libros carentes tanto de valor intelectual como de estructura original que es la ciencia ficción. Sus admiradores se sienten atraídos por lo peor de Dick: el esquema típico de la ciencia ficción norteamericana (llegar a las estrellas, el ritmo trepidante de la acción que lleva de una sorpresa a la siguiente); pero lo atacan porque, en vez de desentrañar enigmas, deja al lector al final en el campo de batalla, envuelto en el aura de un misterio tan grotesco como extraño. Aún así, sus extrañas mezcolanzas de técnicas alucinógenas y palingenésicas no le han granjeado muchos admiradores fuera de los muros del gueto, ya que allí los lectores no gustan de la parafernalia que ha tomado prestada de la ciencia ficción. Sí, es cierto que a veces sus obras no alcanzan el objetivo deseado; pero yo sigo bajo su hechizo, como suele ocurrir al ver los esfuerzos de una imaginación solitaria lidiando con una avasalladora superabundancia de oportunidades; esfuerzos en los cuales hasta una derrota parcial puede parecer una victoria”.

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