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Culto
Yo soy tu fan

Yo soy tu fan

Tan grave como la amenaza es la idea de que alguien pudiera merecerla. Que es algo que viene con la fama, como un costo asumido, como algo con lo que hay que lidiar.

Su único pecado fue negarle un autógrafo. Una omisión menor, razonable para alguien continuamente asediada como ella, y que derivó en una pesadillesca persecución de más de tres años a través de las redes sociales. Esta semana se supo que la cantante Denise Rosenthal vivió durante el último tiempo una de las caras más amargas del éxito. Y también evidenció lo complejo que resulta para los músicos hoy en día administrar los mismos espacios donde, en el mejor de los casos, se puede generar un vínculo particularmente virtuoso y directo con sus seguidores.

Resulta que la chica a la que le negó el autógrafo durante un concierto en San Fernando, se obsesionó con la artista y empezó a amenazarla de muerte a través de múltiples identidades creadas en distintas plataformas virtuales. Más de 50 mensajes amedrentadores enviados por Whatsapp, Facebook e Instagram, contra ella, su familia y hasta su pareja con textos del tipo “mi propósito en esta puta vida es hacerte desaparecer de este mundo de mierda y luego suicidarme”, según quedó registro en la formalización por amenazas contra esta mujer de 25 años llamada Raquel Durán.

Una situación que solo podría generar solidaridad con la víctima, pero que incluso en la divulgación del caso, de acuerdo a lo que se ha sabido en la última semana, ha generado comentarios tan inexplicables como “para qué tan diva, hubieras firmado y te ahorras todo este problema”. Y justo ahí la clave del asunto: la perversa combinación entre el desorden mental y el espacio abierto y disponible para que cualquiera pueda descargar esa rabia y “alcanzar” al destinatario.

El asedio del fan desquiciado le ha pasado a muchos en la historia de la música popular. Imposible no pensar en John Lennon o en Selena, asesinados por “seguidores” que sentían que les debían algo más que un autógrafo, y muchos otros gravemente conminados por adherentes malos de la cabeza como Björk, Britney Spears y Olivia Newton John. Y que sean en su mayoría mujeres tampoco es casual.

Cuando la obsesión se declara contra un hombre todavía puede llegar a ser percibido como una suerte de halago, un gesto comprensible para un tipo que genera esas mal llamadas pasiones. Cuando pasa con una mujer se le otorga la importancia esperada para algo que está lejos de ser normal. Pero tan grave como la amenaza es la idea de que alguien pudiera merecerla. Que es algo que viene con la fama, como un costo asumido, como algo con lo que hay que lidiar. Como algo que Denise Rosenthal se hubiera podido evitar de no haberse comportado como una “diva”.

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