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Culto
Inés Paulino, entre las protestas y la bohemia

Inés Paulino, entre las protestas y la bohemia

La fotógrafa brasileña, que llegó a Chile a inicios de los 70, cubrió para la revista APSI los años del régimen militar, a la vez que retrató la bullante escena cultural. La galería D21 exhibe ahora 38 fotos inéditas de su archivo, que acaba de adquirir la Biblioteca Nacional.

Era 1981 y, tras varios años fuera del país -que se iniciaron en 1964 en México, para luego pasar a EEUU y finalmente a España-, regresaba a Chile el escritor José Donoso. Ya tenía la altura de un narrador de peso con novelas como El lugar sin límite, llevada al cine por el mexicano Arturo Ripstein, y El obsceno pájaro de la noche, que el crítico Harold Bloom se encargaría de encumbrar entre los esenciales del siglo XX. Claro que, al pasar la aduana en el aeropuerto de Santiago, Donoso no era más que otro pasajero buscando con la mirada a los suyos.

Lo esperaba su sobrina, la artista y escritora Claudia Donoso, con una fiesta en su casa de Ñuñoa que duraría toda la noche. No había otra opción, por el toque de queda. Al otro día, la instántanea que inmortalizaba el desayuno familiar la tomaba la vecina fotógrafa, Inés Paulino. Donoso figura en pijama y descalzo, sentado en la escalera del jardín, hojeando una revista con su sobrino José Luis Oportot.

No era una imagen para ilustrar los libros de historia y menos los periódicos de la época. Quizá por eso quedó inédita, hasta ahora, aunque conservada entre los 60 mil negativos de Paulino, que de a poco comienzan a desempolvarse. De ellos, 5.200 acaban de ser adquiridos por la Biblioteca Nacional (a cargo de Tatiana Castillo), mientras que 38 de esas imágenes ampliadas se exhiben en la galería D21 (ver ficha).

Se trata de una selección de fotos de los años 80, cuando Paulino mezclaba como nunca su trabajo de reportera gráfica en la revista APSI -primera publicación de oposición al régimen, creada en 1976-, con su posición privilegiada como testigo de la bullente escena cultural santiaguina. La brasileña había llegado a Chile en 1970 y, tras diez años, se paseaba sin complejos junto a su cámara por los círculos de izquierda y derecha. Esa transversalidad es, quizá, lo que más llamó la atención de su archivo y que animó a la curadora Montserrat Rojas Corradi a armar la exposición.

“Aunque la revista APSI era de oposición, su fotografía es muy imparcial. Entre sus fotos hay retratos de Clotario Blest, Humberto Maturana y Sergio Onofre Jarpa, así como de Jaime Guzman, Hernan Bucci y Andrés Allamand. Y creo que uno de sus grandes fuertes es la capacidad que tiene para tomar fotos de situaciones espontáneas”, comenta la curadora.

Hasta ahora, el gurdián de su archivo ha sido su ex marido, el pintor Oscar Gacitúa, quien también aparece en varias de sus imágenes, y la fotógrafa Diana Duhalde, quien hace unos años trabaja en un sitio web para visibilizar el trabajo de Paulino. Ella, en tanto, vive en Curacaví, sin celular y alejada de la fotografía.


-¿Cómo ha sido reencontrarse con todas estas fotos?

-Es revivir por segunda vez todo. Al verlas, me acuerdo exactamente del minuto en que estaban pasando las cosas. A mí no me importaba de qué lado venían mis retratados: cuando estaban frente a mi cámara eran personas como cualquier otra. Yo conocía a todo el mundo y nunca tuve problemas con nadie de ninguno de los dos lados.

-¿Tuvo miedo cuando salía a las calles como fotógrafa de APSI?

-A mí nunca me pasó nada, pero trabajé con gente a la que sí le pasó. Eran tiempos difíciles. Si tuve miedo no me di cuenta, porque uno siempre estaba en peligro de que te llegara una bomba en la cabeza. Era una cosa de estar todos los días nerviosa, llegar a la casa con angustia, pero en el momento yo sólo tomaba fotos: no pensaba en el miedo. Claro, cuando disparaba la cámara no respiraba, para no moverla. Era como una sensación de que todo pasaba en ese clic. Ahora veo los negativos y la angustia me vuelve, porque en ellos no veo la inmortalidad, sino la mortalidad del momento.


Jóvenes temerarios

Habían pasado ocho años del golpe de Estado y en Chile la vida continuaba con un nuevo escenario político y social. Tras aprobarse, casi sin oposición, la nueva Constitución de 1980, la izquierda buscaba por todos los medios reorganizarse: poco después comenzarían las primeras protestas masivas y por entonces se ponía en marcha la llamada “operación retorno” que trajo a exiliados clandestinos para unirse a los grupos guerrilleros como el MIR. También irrumpiría el Frente Patriotico Manuel Rodríguez, que perseguía igualmente la caída de Pinochet.

La escena cultural, por su lado, se agitaba. Personajes como Diamela Eltit y Raúl Zurita -del grupo CADA-, Carlos Leppe y las Yeguas del Apocalipsis, rompían los moldes al introducir la performance, el videoarte y las acciones callejeras en la creación local. En el teatro, algunos regresaban del exilio: Andrés Pérez puso en marcha su proyecto de El Gran Circo Teatro, mientras Ramón Griffero seguía encendiendo las noches en El Trolley. En literatura estaban José Donoso y Jorge Edwards, los narradores chilenos del boom, al tiempo que Enrique Lihn y Nicanor Parra revolucionaban la poesía.

Todo y todos pasaron frente a la lente de Inés Paulino y de tantos otros temerarios jóvenes de la Asociación de Fotógrafos Independientes (AFI), que dejaron los pies en la calle registrando esos años convulsos. Estaban Alvaro Hoppe, Héctor Lopez, Marcelo Montecino y otras mujeres que también tomaron la cámara, como Paz Errázuriz, Leonora Vicuña y Kena Lorenzini. Por las noches, los fotógrafos también se retrataban entre ellos en las tertulias de los bares.

“Ahora estoy fuera de todo circuito, pero en esa época era de andar con la cámara de lunes a lunes. Hacer fotos de mis amigos era un descanso: uno se relajaba, conversaba y todos siempre andaban con muchos proyectos. Mi favorito era Enrique Lihn, que era muy amigo de Oscar y mío. Hice registro de todas sus películas: él levantaba un brazo y yo estaba ahí, fotografiándolo”, cuenta Paulino del poeta fallecido en 1988 y de quien se exhibirá, en la muestra, el filme La última cena (1985), donde aparecen Nemesio Antúnez, Gregory Cohen y Carlos Flores, complementando las imágenes de la fotógrafa.

Las razones por las que Paulino llegó a Chile son más bien sentimentales: un antiguo amor y un padre enfermo la llevaron a tomar el avión. Y aunque ha viajado varias veces a Brasil, siempre prefirió volver. “Yo tenía residencia definitiva en Chile y si me iba más de un año, la perdía. A mí me encantó desde el principio, porque era chiquitito.Yo venía de Sao Paulo, que es gigante, y entonces ver todo Santiago desde el San Cristóbal para mí era increíble. Además, en esa época yo encontraba a la gente muy culta. En ese tiempo, en Brasil había mucho analfabetismo y una miseria que aquí no se veía”, dice la fotógrafa.

El 6 de julio de 1986, Inés Paulino vivió uno de los episodios más tristes de su trayectoria, cuando se enteró de la muerte de Rodrigo Rojas De Negri, fotógrafo que vivió de los 9 a los 19 años en EEUU y que regresó a su país natal atraído por el golpe. Ese día fue quemado vivo por una patrulla militar, mientras acompañaba a unos jóvenes que hacían una barricada en Estación Central. La noche anterior había estado con Paulino en los laboratorios de APSI y le había contado de su intención de quedarse a dormir en la población Los Nogales, donde al otro día habría una gran manifestación. Ella intentó disuadirlo.

“Todos sabíamos que ese día se venía fuerte y que el gobierno iban a mandar a los militares. Le dije que para qué iba para allá así. Que mejor fuéramos al otro día, desde el diario, con auto de prensa, protegidos. Así iría yo. No me hizo caso: era muy temerario, muy joven, venía de EEUU y no sabía cómo comportarse. Cuando supimos cómo había muerto, fue algo muy fuerte. Para mí todavía es difícil hablar de esto”, dice Paulino, quien hizo fotos del funeral, las que son exhibidas ahora en la muestra, junto a un retrato que el joven le tomó a ella en una de las tantas jornadas en la revista.

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