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Culto
Nissim Sharim: la voz en off

Nissim Sharim: la voz en off

“Ha sido doloroso soltar las riendas”, admite el actor y director de 85 años que en 2015 dejó la dirección del Ictus por problemas de salud. Otra vez en la contienda del Premio Nacional, el líder del grupo reaparece en Esto (no) es un testamento, montaje que acaba de reponerse en la sala La comedia.

“HELLO, this is Jane Fonda”, oyó desde el otro lado de la línea. “¡¿Qué?!…”, contestó de golpe el histórico líder del grupo Ictus durante el invierno de 1986, medio embobado por la suave voz que lo saludaba. “This-is-Jane-Fonda”, le dijeron otra vez, ahora más lento y claro: “Oh, yes”, titubeó él. “This is Nissim Sharim”. La charla duró apenas un par de minutos, pero fueron suficientes para el abogado y director, quien días antes había recibido una carta con amenazas de muerte dirigidas a 80 actores chilenos, incluyéndolo a él. Venía firmada por el comando ultraderechista 135-Trizano, que ya había manifestado su lealtad al régimen de Pinochet.

“Que te dieran apoyo ya era buena cosa, pero que lo hiciera Jane Fonda, ¡Jane Fonda! -repite, abriendo como nunca los ojos-, parecía como sacado de una película”, recuerda Sharim a los 85 años, sentado en el despacho de su casa en La Reina. “Ella quiso venir a Chile, pero por agenda no pudo. Al año siguiente recibimos a Superman (el actor Christopher Reeve) y el resto es conocido, pero este otro recuerdo me parecía tan notable y desconocido que aún quiero ponerlo en la obra”. Se refiere a Esto (no) es un testamento, el más reciente trabajo del Ictus, que en junio los tuvo por primera vez en el GAM y que ahora, aún bajo la dirección de Italo Gallardo y Pilar Ronderos (de La Laura Palmer), vuelve a repasar la historia de la compañía en su sala, La Comedia. “Siempre me pareció atractiva la idea de mirarnos desde ese estilo más periodístico de hacer teatro”, dice el también actor y ex miembro del directorio de TVN: “Yo iba a estar en el proyecto, pero justo me enfermé y tuve que esconderme por un rato. Un largo rato”.

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En octubre próximo serán dos años desde que Nissim Sharim dejó la dirección artística del Ictus en manos de su hija Paula. El grupo cumplía seis décadas de vida, pero su líder debió conformarse con verlo casi todo desde lejos. “Me afectó y me afecta todavía una dolencia a la espalda, y no estoy en condiciones de hacer todo lo que hacía”, cuenta. “Lo que nunca pensé fue dejar de actuar o de dirigir, pero la verdad es que tratando de mejorarme de una raquioestenosis (afección que se produce cuando la columna vertebral se estrecha y comprime la médula espinal), acepté hacer yoga el año pasado, y en una clase me di un porrazo que me fracturó la cadera, y tuve que operarme. Del accidente emergió un cojo”, bromea. Desde entonces, sólo da paseos breves en su casa, apoyado en un bastón. “De la cadera quedé bastante bien, pero de la raquioestenosis no he podido mejorarme y no quiero volver a operarme. Hasta antes de la operación, hacía bicicleta, nadaba. Me sentía ágil, joven, pero hoy casi ni me reconozco en el espejo”, dice.

Rodeado de su biblioteca, de libros de Kafka, Borges, García Márquez, Carlos Fuentes (quien fue su amigo) y de José Donoso (“un ser que un día podía iluminar y al siguiente opacar todo lo que lo rodeaba”), Sharim cuenta que al menos ha podido leer todo lo que no pudo en estos años. Y ahora, convertido en el narrador del nuevo montaje y en una suerte de presencia fantasmagórica, dice que se ha replanteado su manera de ver y hacer teatro: “Antes decía que si no había público, no había teatro. Ahora me pregunto, ¿qué pasa si el actor nunca pisa el escenario?”.

Proyectado sobre un telón, y en lo que simulan ser dos llamadas en directo por Skype, el actor sale a escena a dar ciertas explicaciones: primero, a la actriz María Elena Duvauchelle, quien fue expulsada del grupo y del elenco de Tres noches de un sábado a dos semanas de su estreno, en 1972 (por una pielonefritis que Sharim recuerda más bien como “un ataque de histeria”); también, para enfriar una antigua polémica por una escena de la misma obra, en la que dos personajes se refieren a un tercer hombre como “el maricón del piano”. Fue una humorada de la época, se excusa: “Probablemente, cualquiera volvería a reírse como la gente lo hacía entonces”, reafirma. “Desgraciadamente, no todo lo que conté para el montaje quedó en la versión final (“como el ‘This is Jane Fonda’”, alega), y si me preguntas qué le faltó a ese trabajo, además de humor y por muy bueno que sea, fue mi voz y dirección. Soy el pilar más antiguo del grupo y aún tengo conmigo buena parte de los recuerdos. Supongo que debe ser también por mi falta de resignación: ha sido difícil y doloroso soltar las riendas”, confiesa.

—En 2015, su hija Paula dijo: “Durante años el Ictus estuvo muy solo en esta sala, era tiempo de abrirlo”. ¿Cómo tomó sus palabras?

La verdad es que ella reduce un poco el asunto. El Ictus nunca fue tan viajero como hubiésemos querido, pero sí salimos mucho de gira. Ahora, si se refiere a lo artístico, puede que sí hayamos caído en una especie de narcisismo, y cómo no, si casi siempre fuimos los mismos. Al menos tuve la suerte de tener una heredera natural que sabe cómo llenar el vacío que dejé ahí, y confío plenamente en ella. Al menos por ahora lo ha hecho bien, y esta obra nueva es reflejo de eso.

—Quienes han visto la obra dicen que Ud. movió sus hilos aun cuando no estuvo presente en el montaje…

¿Ah sí, eso dicen?

—Dicen incluso que si la figura de Delfina Guzmán quedó reducida, fue por sugerencia suya…

Entrar en esa polémica es tan rasca como las peleas del diputado Rincón con Carolina Goic, pero quizá sea tiempo de contarlo: con la Delfina hubo un quiebre a inicios de los 90, cuando el Ictus se replanteaba a quién más disparar cuando ya no estaba Pinochet. Un día, ella propuso vender el teatro y disolver el grupo. ¡Imagínate! Para mí fue como que me sacaran la madre. Ya habíamos decidido quedarnos en Chile una vez y no escapar de la dictadura; no íbamos a hacerlo después, y mucho menos por plata.

—¿Y qué pasó? ¿Conversó con ella?

Delfina ya estaba en televisión y ganaba bastante dinero, seguro, pero mantenía su parte en la propiedad del teatro y en la sociedad. Tuvimos que pedir plata prestada a medio mundo y le pagamos hasta el último peso, pero no fue eso lo que más me dolió, sino que no se dignara a hablar personalmente conmigo sino a través de su hermano abogado. Fue de una falta de nobleza terrible, pensé entonces, y aún lo creo. Ahí enfrié mi relación con ella.

—¿Y no la llamó en todos estos años?

No, no la llamé ni lo hago ahora. No la llamo ni cagando.

—Este año vuelve a postular al Premio Nacional. ¿Por qué?

Bueno, primero porque pienso que lo merezco, pero sobre todo porque ganar ese premio es la única esperanza de mi vida, pues me permitiría trabajar sin pensar en la plata. Para eso nunca he sido bueno, en todo caso. Cuando hicimos con la Delfina el comercial del “Cómprate un auto, Perico”, a los dos nos pagaron con un Chevette del año, 0 kilómetro. Qué huevón, pienso ahora, debimos haber cobrado más de saber que iba a ser un éxito, y aún hay gente que me pregunta si me compré o no el auto. Volviendo al premio, no creo que éste sea mi año tampoco. Me contaron que hay una candidata que tiene más de un santo en la corte, y en ese tipo de negociaciones sí que no soy bueno.

—Algunos ven el premio como un retiro. ¿Ha pensado en el suyo?

Solo desde la resignación y producto de mi estado de salud. Por suerte gozo de una memoria de elefante y no me da por hablar payasadas. Pero debo ser realista: estoy mucho más lejos del Ictus de lo que habría imaginado diez años atrás. Esa sola idea me aterra y me apena. He vivido más de 80 años, pero a veces pienso que si voy a vivir enfermo, preferiría que me diera algo, cualquier cosa, y que esto terminara. En otras pienso, por ejemplo, en Nicanor Parra, en sus 103 años. Nunca he sabido que él haya dicho que esté cabreado de vivir, y eso le da sentido a su vida. No sé qué esté haciendo él ahora, pero ojalá sea algo por lo que valga la pena seguir.

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