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Culto
Jorge Baradit, escritor: “Yo quería contar historias y ahora firmo autógrafos”

Jorge Baradit, escritor: “Yo quería contar historias y ahora firmo autógrafos”

Ha vendido 200 mil ejemplares con las primeras dos partes de Historia secreta de Chile, trilogía que ahora cierra con nueve relatos que ya están en librerías.

Es miércoles y anochece en Santiago. Jorge Baradit (48) camina por calle Compañía y a pocos pasos de andar una pareja de jóvenes le pide tomarse juntos una fotografía. Unos pocos metros más, al llegar a calle Bandera, un hombre le agradece su aparición como conductor en el programa Chile secreto, que mañana finaliza después de la exitosa emisión de 12 capítulos por la pantalla de CHV.

Hasta hace tres años, Baradit era conocido en el mundo literario por sus novelas de ciencia ficción, pero en 2015 tras la publicación de Historia secreta de Chile su nombre se volvió una figura mediática, con apariciones en matinales donde habló de Arturo Prat y sus vínculos con el espiritismo; del cadáver perdido de Manuel Rodríguez o de los montajes públicos realizados por el régimen militar en los 80.

En 2016 apareció la segunda parte de la serie y ambos títulos lograron un récord inédito en la industria editorial local: 200 mil ejemplares vendidos. Lo más cerca a un bestseller asociado a la historia es la novela épica Adiós al séptimo de línea (1955), de Jorge Inostrosa. En un año vendió 225 mil títulos. Mientras que en el género de la ficción, Marcela Serrano con su novela Diez mujeres (2011) facturó 100 mil ejemplares en ventas en Hispanoamérica.

Ahora llega a librerías Historia secreta de Chile 3, el cierre de la trilogía con una primera edición de 30 mil copias, editada por el sello Sudamericana. “Me han pasado cosas preciosas recorriendo el país”, dice Baradit, quien ha sido invitado a dar charlas en colegios, universidades y encuentros literarios a lo largo de todo el territorio nacional.

“Una junta de vecinos de Curacautín junto plata y me pago el pasaje para que fuera a hablar con ellos”, dice y agrega que una vez una persona en Temuco, mientras daba una conferencia, lo increpó: “Me dijo que yo contaba mentira y que buscaba destruir el país”. En redes sociales -87.728 seguidores tenía ayer en Twitter-, lo que más le dicen es que su discurso está financiado por “el marxismo internacional”.

La portada del primer volumen de Historia secreta de Chile es una ilustración de Arturo Prat como cyborg. El segundo volumen es el rostro de Bernardo O’Higgins fundido con el de Augusto Pinochet. El tercer ejemplar tiene a una mujer como protagonista. Es Gabriela Mistral, la Premio Nobel de Literatura, que a 60 años de su muerte aparece tatuada y con piercing en la nariz.

Nueve historias conforman Historia secreta de Chile 3. Entre ellas se relata el incendio de la Iglesia de la Compañía, de diciembre de 1863, que dejó cerca de 2 mil muertos; Un exorcismo público en Santiago; La participación de africanos en la Independencia; La heroica labor que cumplió el Piloto Pardo ante una fallida expedición a la Antártica; La vidente María Angata luchando por la dignidad de su pueblo en la Isla de Pascua y las muertes de trabajadores por civiles y militares, en diferentes épocas, desarrollado en el texto Chile, cementerio de obreros. El título cierra con una bibliografía. Entre las fuentes citadas está Benjamín Vicuña Mackenna, Sol Serrano, Sergio Grez, Gabriel Salazar y el archivo Nacional y de la Armada.

El epígrafe es parte de la letra de “El baile de los que sobran” de Los Prisioneros. En el prólogo, Baradit escribe que nuestra historia no ha sido forjada “por próceres militares o presidentes aristócratas, sino además por los trabajadores, los profesores, los músicos, los videntes, los marginales, los inmigrantes, los homosexuales, los indígenas y toda esa gran mayoría silenciosa que no está ni ha estado presente en el discurso histórico oficial”.

—¿Por qué cerrar esta trilogía con ellos?
—La historia de un país no la hacen veinte generales ni presidentes. Son una infinidad de actores, muchos de ellos invisibilizados, hay otros que no caben en la idea de identidad, como los inmigrantes, y otros porque sus luchas y posición crítica frente al Estado lo desautorizan, como el caso de los obreros, profesores e integrantes más débiles. Ellos construyen el país, que está hecho de personas, no de instituciones. Hay rebeldes que no son próceres como María Angata o Luis Pardo, un marino desconocido.

—Supongo que para algunos será una provocación la portada con Gabriela Mistral tatuada, ¿no?
Creo que uno de los problemas que tiene la enseñanza de la historia en Chile es la procerización, que significa reducir un personaje histórico a su mínima expresión. Un concepto que al Estado le sirve como modelo de conducta y que es súper útil cuando eres niño, porque es una herramienta pedagógica para comunicar valores deseables. Por ejemplo: Arturo Prat se mató por la patria; Pablo Neruda es el poeta del amor; Bernardo O’Higgins, libertador de la patria… Y Gabriela Mistral, la viejita de las rondas infantiles. Así reduces a una caricatura plana una personalidad extremadamente rica. Con Mistral, más allá de su lesbianismo, que es un tema contingente cuando están matando personas en la calle por su condición de género, hay que rescatar su visión de país. Una gran intelectual latinoamericana. Una mujer preocupada de la explotación de los más pobres, del autoritarismo en los gobiernos, de la función de la mujer en la sociedad, de cuestiones más grandes de Estado… no solo de crear composiciones infantiles o ser la pareja de Palma Guillén y Doris Dana.

—Da la impresión que se toma más licencias narrativas en estos relatos ¿Cómo lo ve Ud.?
Siempre he sentido la curiosidad por aprender. Entonces también me dan ganas cuando escribo de explicarle al otro y para eso debo desarrollar herramientas pedagógicas, pero también narrativas. La divulgación es hacerle entender a las personas en su lenguaje, que además involucra las emociones, los sentidos, y eso hace que abraces un relato o un contenido. Además de la cabeza hay que llegar al corazón.

—¿Quizá por esas licencias aparecen detractores? Ahora, por ejemplo, escribe que José Miguel Carrera era “Un verdadero zorrón insoportable”.
He hablado con varios historiadores, ayer mismo con Gabriel Salazar en su casa, y yo creo que la mayoría lo entiende. El se mató de la risa y lo entendió. Yo no le estoy hablando a la academia, a los historiadores, yo tengo la necesidad de que la gente común me entienda. Y si el término “Zorrón insoportable” contribuye a que la gente no solo lo entienda de inmediato, sino que además sonría y se sorprenda, es una herramienta que considero válida y una manera de humanizar. Definirlo de “Casquivano”, como lo hizo Barros Arana, no me sirve mucho.

—En el prólogo señala que gracias al programa de TV que “generó audiencia” muchos “escritores, historiadores e investigadores fueron encontrando un público”… ¿Es una especie de reconciliación con la academia?
Lo que pasa que yo nunca he tenido problemas con ellos porque mi libro no va dirigido a ellos. No creo en la academia ni nunca me he sentido en contra de ellos. En la parte dos de Historia secreta… yo recomendaba lectura de algunos historiadores. A lo mejor, en algún momento, yo no me expliqué bien o ellos me malentendieron. Pero mi propósito son las personas no la academia. Mi deseo es que por este libro esos otros libros también sean leídos. También hay que entender que los historiadores son hijos de su tiempo, y quizá llegó el momento de revisar algunos procesos y nuestra galería de próceres.

—¿Tal vez se debería redefinir el concepto de objetividad histórica?
La historia es un punto de vista y la subjetividad es inevitable. Igual me llama la atención que son más abiertos los historiadores viejos que los más jóvenes… Un poco el objetivo de todo esto es que la gente pueda entender que la historia no es materia de especialistas ni de los museos, si no que es política y está pasando hoy. La historia es cíclica. El catálogo de instrucciones de un país es revisar su historia para no repetir sus errores.

—¿Qué opina que sus libros sean pirateados?
No tengo ningún problema con que alguien lea un libro pirata. Lo que me molesta son esos narcos de la cultura que levantan empresas completas de piratería y financian sus lujos robando el trabajo de otros. Esas fábricas fantasmas no son justicia social como se quiere hacer ver, son explotación pura porque lucran sin pagarle su trabajo a editores, correctores, ilustradores, diseñadores y al propio escritor.

—¿Cómo ha sido el éxito?
Yo quería contar historias de Chile, no buscaba hacerme famoso (se ríe) y ahora firmo autógrafos. Es raro este mundo de dar autógrafos en la calle, de las fotos. Yo acepto el cariño de la gente y lo agradezco y respondo porque es parte de mi servicio, pero básicamente soy una persona introvertida.

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