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Culto
Elvis morirá otra vez

Elvis morirá otra vez

Marcelo Rossi nació el mismo año que el Rey del Rock, el ídolo al que tributa. El octogenario Elvis porteño, uno de los personajes más reconocibles de la noche en Valparaíso, piensa en la muerte mientras sigue vivo y rockeando en medio de sus recuerdos de cantante pop que se desvanecen inexorablemente.

Marcelo Rossi llega con un carreteado maletín James Bond. Saluda a los meseros por sus nombres. Lleva un chaleco oscuro de cuello alto y chaqueta de vestir gris. El cabello teñido de negro con gruesas patillas y los lentes de marco dorado y cristales ahumados delatan su oficio.

Con 82 años Marcelo Rossi es la versión chilena de Elvis Presley, más conocido como el Elvis porteño.



Pide un té en el Marco Polo, uno de los últimos salones y restaurantes del Valparaíso antes del Golpe, cuando la avenida Pedro Montt rebosaba teatros y la gente salía tras las últimas funciones directo a sitios como este. Hace unos días, un viernes por la noche, Marcelo estaba en un sitio perpendicular a este, las parrilladas El Molinón, otro clásico de la vieja guardia gastronómica del puerto a un costado del parque Italia. Corren las vainas, los pisco sour ajenos a la receta peruana, las generosas y humeantes parrilladas. El target es cincuentón excepto una mesa de mujeres de jeans apretados, cabelleras alisadas y parkas negras ansiosas por relajar la semana. Parejas regordetas devoran carne y embutidos mientras un tipo al borde del enanismo canta “La Joya del Pacífico” con fraseo ininteligible. Luego anuncia estentóreo la presencia de Marcelo Rossi. La escena adquiere ribetes lynchianos. El Elvis porteño aguarda el arranque de la música en una esquina del salón. Un acompañante pide un ron de siete años a un mesero “para el artista”. El ron nunca llega. Comienza la fanfarria y los redobles característicos en una pista grabada de la overtura del Rey del Rock en Las Vegas. Marcelo Rossi camina decidido entre las mesas. Lleva un traje blanco como el de Elvis en “That’s the way it is” (1970), el documental de su regreso a los escenarios después de filmar una treintena de películas insulsas. Canta en español sobre esas pistas compradas a la RCA. Dice que son 60 canciones “pagadas en dólares”.

En el escenario el Elvis porteño que en rigor es oriundo de Providencia cuando era símbolo de aristocracia no parece haber nacido en 1935, el mismo año en que el Rey llegó al mundo en medio de la pobreza en Tupelo, Misisipi. Con energía arquea las piernas, agita los brazos y sostiene el micrófono como lo hacía el ídolo.

Su voz tampoco es la de un anciano.

Canta fuerte y claro.

A sugerencia de su madre, cuando asumió que su hijo abandonaría el trabajo en Impuestos Internos con un sueldo que le permitía llevar chicas a los mejores sitios de Santiago, estudió canto.

La reacción de su padre fue diferente.

Durante un año no le dirigió la palabra.

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El Elvis del puerto interpreta los éxitos del Rey “en chilensis porque todos le imitan la voz, los movimientos, cantan en inglés”. Marcelo en cambio quería darle un toque. Las letras fueron traducidas por su esposa, profesora de inglés y residente en Santiago. Marcelo cree que es mejor vivir a 140 kilómetros de distancia y “no andar imponiendo cosas al otro”. Hablan casi a diario por teléfono y ella lo visita de vez en cuando en Valparaíso.

Marcelo Rossi sigue con su versión personal de Elvis en El Molinón. Recorre el pequeño escenario, se interna en las mesas y revolotea de preferencia en aquella de mujeres con parkas y jeans como segunda piel.

Hacia el final del show el Elvis porteño revela su edad. Dice que quizás ya no esté en 2018. Todo lo que cantó y se movió durante más de media hora no da indicio alguno de que la muerte lo esté rondando. Es un ligero ardid para que le compren sus cedés.



Pero Marcelo Rossi ya piensa en el final.

Tiene el ataúd. Hace unos años un diario de la zona lo retrató en la caja mortuoria con un traje parecido al de Elvis cuando se reunió con Richard Nixon en la Casa Blanca drogado hasta las cejas para hablar de los peligros del hippismo y conseguir una placa de agente antinarcóticos. El Elvis porteño posa con los lentes característicos y los brazos cruzados sobre el pecho.

Parece un vampiro.

Imagina la iglesia abarrotada de amigos y seguidores. “Voy a morir aquí en mi querido puerto”. Luego volverá a Santiago. Quiere ser enterrado junto a su madre.

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Marcelo Rossi abre el maletín en el Marco Polo. Es una especie de colección itinerante y un rito en cada entrevista exhibir todo ese material. No mantiene su página en Internet y se declara un analfabeto digital.

El pasado de Marcelo Rossi está en ese maletín.

Saca viejos sencillos de 45 RPM, fotos, tarjetas promocionales de su sello en los 70, un montón de recortes de prensa de distintas épocas, una portada de la revista Cine Amor junto a Gloria Benavides que necesita un nuevo plastificado e imágenes de fotonovelas. Evoca sesiones en el Cajón del Maipo de ese desaparecido formato. A veces tenían que acampar, cuenta, aunque la noche daba recompensas. Podía escabullirse a las carpas de sus coprotagonistas.



Muestra cedés. Antes les hacía carátulas. Ahora sólo imprime el listado de canciones. Pero Marcelo tuvo discos con portadas diseñadas por sellos importantes como Phillips. Porque Marcelo Rossi es artista desde hace 47 años y no siempre fue la versión criolla de Elvis sino un cantante pop. Irrumpió cuando “le gané al rucio Marcelo de Cachureos” en un programa de Canal 13 donde los jurados eran “pesos pesados” como los periodistas de espectáculos Yolanda Montecinos y Guillermo Zurita. El premio fue un viaje promocional a España. Allá lo entrevistó Raúl Matas. Al regreso participó en el Festival de Viña. Tuvo hits como “Tiempos Buenos”, “Pórtate Mal para que lo Pases Bien” y “Sácate el Cocodrilo”, conocida por Leonardo Favio y que en Chile también cantó Coco Legrand.



La conversión al Rey del Rock sucedió en Valparaíso. Fue aquí donde le dijeron que tenía “un look a lo Elvis” y le sugirieron que lo incluyera en su repertorio. Paulatinamente su set list se copó del cancionero del hombre de Heartbreak Hotel. La gente empezó a decirle Elvis. “A veces me gustaría que me dijeran Marcelo pero ya todos me llaman así”. Se quedó en el puerto tras la muerte de su madre en 1991.

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En Valparaíso la figura de Elvis marca una especie de alfa y omega. Hace más de 60 años Williams Rebolledo, conocido por generaciones como reportero de radio Minería y miembro del legendario programa humorístico Radiotanda liderado por Ana González, daba electrizantes recitales en radios porteñas y en la plaza Victoria bajo el nombre de William Reb. Fue el primer tipo que en Chile se vestía y cantaba como el Rey del Rock.

2017. El Elvis porteño camina por la ciudad. La gente lo saluda, lo detienen para una foto. Es una celebridad local este artista que renunció a sus propias canciones para encarnar a su manera al mayor ídolo de una cultura que dejó de ser relevante entre los jóvenes. Hoy el rock es cosa de padres y abuelos.

Este mes tiene más trabajo del habitual. El 16 de agosto se cumplen 40 años de la muerte de Elvis. Saca un papel garabateado por todos lados con caligrafía imposible. Grabó para De Cuchara de Canal 13. Tiene visitas pendientes a Long Play, un clásico del cable del Gran Valparaíso con música del recuerdo, y Cara a Cara de Tomás Cox, donde le encanta ir.

Dice que le tiene miedo al ocio, a no hacer nada. Habla de la posibilidad de caer en vicios.

“Yo no me puedo quedar en la casa”, sentencia.

Marcelo Rossi ordena sus recortes, recoge sus discos, los recuerdos que ha desplegado en esta mesa del Marco Polo como un mapa de su memoria artística.

Guarda los lentes ópticos y se pone nuevamente los lentes oscuros y de marco dorado tipo Elvis para enfrentar la salida.

Afuera las luces del parque Italia alumbran el frío invierno en Valparaíso.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras