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Culto
David Rieff: “Quiero poner punto final al absolutismo del discurso de la memoria”

David Rieff: “Quiero poner punto final al absolutismo del discurso de la memoria”

El intelectual nacido en Boston, hijo de la escritora Susan Sontag, escribe contra la devoción actual por la memoria. En su libro Elogio del olvido, recién llegado a librerías, rechaza la idea de memoria colectiva y se pregunta: ¿qué es mejor para la paz, recordar u olvidar? Rieff presentará su ensayo en Santiago el 17 y 18 de agosto.

A David Rieff no le incomoda defender ideas impopulares. El ensayista norteamericano, hijo de la escritora Susan Sontag, tiene talento para la provocación intelectual. Hoy, cuando la memoria histórica parece un imperativo moral, y en las sociedades se levantan museos y memoriales que la preservan, Rieff viene a advertir de sus riesgos. Según dice, nuestras sociedades viven una suerte de culto de la memoria, un culto que puede adquirir dimensiones asfixiantes.

Formado en historia en la Universidad de Princeton, Rieff (Boston, 1952) fue corresponsal en la guerra de los Balcanes en los años 90. Una “masacre avivada por la memoria colectiva o, más concretamente, por la incapacidad para olvidar”, dice.

De esa experiencia nacieron las reflexiones que dieron forma a Contra la memoria (2011). Ahora extiende sus tesis contra la memoria histórica y la persistencia del recuerdo en Elogio del olvido, libro que publica el sello Debate y que presentará en Chile el jueves 17 en el ex Congreso Nacional y el viernes 18 en la UDP.

¿Es peligroso el exceso de recuerdos? ¿Qué es mejor para la paz: la memoria o el olvido? Son algunas de las preguntas que plantea Rieff, mientras analiza casos históricos como las conmemoraciones de la Guerra de Secesión en EEUU o conflictos abiertos como Israel-Palestina, donde a su juicio la memoria impide la paz.

“Israel es un ejemplo del desastroso modo en que la memoria colectiva puede deformar una sociedad”, escribió en un artículo en el diario El País. Del mismo modo, critica la fantasía yihadista que compara “Israel con el reino de Jerusalén del siglo XII”.

—Ud. dice que vivimos una suerte de dictadura de la memoria. ¿Cómo llegamos a ella?

—Digo más exactamente que vivimos en un momento en el cual la hegemonía de la memoria y la conmemoración es casi incontestada. Eso me parece indiscutible. Que sea un fenómeno positivo o negativo me parece el asunto esencial. ¿Por qué y como hemos llegado hacia este punto? Hay varias razones, pero para mí lo que ha sido más importante es que hoy hemos moralizado la memoria en el sentido de que recordar es un acto moral y olvidar un acto inmoral.

—¿Por qué rechaza la idea de memoria colectiva?

—Porque no hay memoria colectiva. No existe o más precisamente es una metáfora. Cada persona tiene sus memorias individuales, nada más, nada menos. El resto es gesto político, o profesión de fe, o acto de solidaridad, etc. Hay casos en los cuales estos gestos son muy valientes, pero hablar del recuerdo en este contexto es una mistificación.

—¿Su Elogio del olvido es aplicable a países que han sufrido traumas recientes, como Chile?

—Mi proyecto intelectual y moral en Elogio del olvido nunca fue invertir la famosa frase de Santayana: “Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo”. Al contrario, quisiera poner un punto final al absolutismo del discurso sobre la memoria. Para mí cada caso es diferente. Pero insisto que recordar u olvidar en el sentido de un acto público, un acto político, es una decisión que depende de las circunstancias específicas de cada pais y cada época.

—En Chile se intentó establecer un olvido por decreto a través de una ley de amnistía, pero lo que podríamos llamar memoria colectiva se rebeló contra ello.

—Establecer una amnistia en términos legales no es la misma cosa que imponer el olvido. Y entiendo perfectamente que el olvido puede servir a fines ignominiosos. Este ha sido el caso en Chile. En un sentido, absolutamente. Pero para mí hablar de una rebelión de la memoria, como si la memoria haya tenido conciencia, me parece romanticismo absoluto.

—Ud. dice que historia y la memoria histórica no son aliadas; pero el trabajo de algunos historiadores se ha dedicado a rescatar esa memoria…

—Digo que el cultivo de la memoria colectiva es un acto político y puede ser un acto moral, pero no tiene mucho que ver con el trabajo de un historiador. Insistir sobre esta distinción no es negar la importancia de investigar épocas en las cuales lo que pasó quedó oculto. Pero para mí la historia es sobre todo una disciplina crítica y no una máquina para fabricar solidaridad.

—Ha dicho que “el olvido es más importante para la paz que la justicia”. ¿Cree que los familiares de detenidos desaparecidos estarían de acuerdo con esa idea?

—Al contrario, estoy seguro de que estarían en total desacuerdo. Pero le hago a Ud. una pregunta más difícil: ¿Cree Ud. que los familiares deben tener un veto sobre toda decision de la sociedad chilena respecto de lo que pasó durante la dictadura? Es decir, ¿cree que las prioridades de los familiares de las víctimas deberían tener prioridad absoluta? Y si su respuesta es afirmativa, ¿por cuánto tiempo? ¿Años? ¿Décadas? ¿Para siempre?

—¿Cómo se transmite a generaciones futuras la necesidad de que no se repitan tragedias si no es con una cultura de la memoria?

—Ud. parece creer que aprendemos del pasado. Yo tengo mis dudas. “Nunca más” es una frase muy noble, pero la historia demuestra que su aplicación ha sido poco común. La memoria de la Shoa no ha impedido el genocidio en Cambodia, o en Rwanda, etc.

—En el caso del 11-S, ¿también debería ser olvidado?

—El punto esencial es que, como nosotros, como individuos y como nuestras sociedades, tarde o temprano será olvidado.

—¿No teme que sus tesis sean utilizadas políticamente por aquellos a quienes les conviene el olvido?

—¿Una autocensura en el nombre de la justicia y que la verdad se vaya al diablo? No, gracias.

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