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Culto
La drogadicción de Hitler

La drogadicción de Hitler

Adolf Hitler pasó sus últimos años recibiendo todo tipo de drogas, opiómanos y cocaína incluidos. La información, ignorada por los biógrafos, la rescata el alemán Norman Ohler en High Hitler, un libro insoslayable.

La historia de esta fascinante investigación es así: Norman Ohler, el autor, viajó desde Alemania hasta la capital de Estados Unidos y allí se sumergió en los National Archives con un pálpito en mente. Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia norteamericanos confiscaron montañas de papeles pertenecientes al nazismo y los trasladaron a Washington. Ohler andaba tras la pista de Theodor Morell, el médico personal de Hitler, quien fue interrogado por los estadounidenses durante dos años a partir de 1945. Sin embargo, los militares no obtuvieron mucho de él y se conformaron con la idea de que el notorio deterioro físico y mental de Hitler -el dictador se suicidó convertido en una piltrafa tembleque- se debía, por un lado, al tremendo nivel de estrés que soportó en sus últimos años de vida y, por el otro, a su dieta vegetariana.

Ohler tenía una sospecha distinta: desde agosto de 1941 hasta abril de 1945, Morell prácticamente no se separó del lado de Hitler. En los archivos de Washington, el investigador dio con documentación manuscrita por el doctor que reportaba 885 de los 1.349 días incluidos en tal período. Las medicinas administradas están registradas en 1.100 ocasiones, al igual que casi 800 inyecciones, es decir, cerca de una por día. En resumidas cuentas, Morell le administraba al Führer más de 74 estimulantes, entre los que llegaron a contarse el Eukodal y la cocaína. Hitler no sucumbió ante el estrés ni la dieta desbalanceada (Morell inventó para el Paciente A todo tipo de pócimas que incluían glándulas animales), sino que el dramático desgaste que experimentó su salud a partir de 1941 se debió a que su médico de cabecera lo había convertido en drogadicto.

Según el historiador Hans Mommsen, una autoridad en lo que a Hitler respecta, “Norman Ohler se ocupa de una dimensión hasta ahora insuficientemente conocida del régimen nazi: la importancia del uso creciente de drogas en la sociedad nacionalsocialista”. Lo cierto es que los biógrafos de Hitler ignoraron la importancia que tuvo Morell en el ocaso del dictador y en la caída del nazismo. La euforia, no está de más recordarlo, es enemiga de la mesura. Ohler documenta que varias de las decisiones bélicas trascendentes que tomó Hitler estuvieron dictadas por el cóctel de drogas que consumía a diario. Morell, por su parte, se convirtió en uno de los tipos más poderosos del III Reich, ya que el Paciente A requería de sus milagrosos servicios como del mismísimo aire.

El vicio no fue exclusividad del Führer. Dejando de lado a ciertos jerarcas que eran adictos antes de la guerra (el caso más conocido es el de Göring con la morfina), las tropas germanas comenzaron a recibir a partir de 1940 ingentes cantidades de metanfetaminas. La exitosa ofensiva relámpago (Blietzkrieg) con que los nazis conquistaron Francia y los Países Bajos no se explicaría sin el uso de una píldora llamada Pervitín, que fue la que mantuvo despiertos por varias jornadas a los tanquistas de la Wehrmacht durante su prodigioso avance europeo. A la fecha, ni el propio Hitler comprendió el potente efecto de la droga, pues de haberlo hecho no habría detenido el ataque permitiendo la evacuación de las fuerzas aliadas desde Dunquerque hacia Inglaterra.

En el recuento de Ohler los días finales de Hitler son especialmente patéticos. “La peor cosa que podía ocurrirle a un traficante le ocurrió a Morell. Sus proveedores se quedaron sin drogas”. Sufriendo múltiples síntomas de abstinencia, espantosamente envejecido, enjuto, carcomido y delirante, el Führer ya no era ni la sombra de aquel líder invencible y vociferante que embarcó a su nación en una gesta demencial. Uno de los últimos recursos que intentó Morell fue sangrar al Paciente A para darle algún tipo de alivio. Pero debido a las inyecciones de chancho saturadas de grasa y hormonas, su sangre se había convertido prácticamente en gelatina y coagulaba de inmediato. Días antes de la debacle en el bunker de Berlín, Hitler se permitió la que probablemente haya sido la última broma de su vida: su sangre podía al menos servir para “hacer prietas de Führer”.


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