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Culto
Los exilios y regresos de Manuel Guerrero Antequera

Los exilios y regresos de Manuel Guerrero Antequera

Mañana se estrena un documental centrado en la biografía del hijo de uno de los profesionales degollados en 1985. El director Sebastián Moreno completa con Guerrero un tríptico sobre el régimen militar.

Despachos in situ alertaron el 30 de marzo de 1985 a los auditores de Chilena, Cooperativa y otros medios de comunicación, de la aparición de tres cuerpos en la comuna de Pudahuel. Eran los cadáveres de los profesionales comunistas Manuel Guerrero Ceballos, Santiago Nattino y José Manuel Parada: los “degollados”.

En el arranque de Guerrero, el documental de Sebastián Moreno que mañana llega a salas, el audio de la radio acompaña las imágenes del hallazgo. A poco andar, se escucha un breve off del propio Manuel Guerrero Antequera, hijo del primero. Instalado en el hoy, se le escucha mientras se ven videos y fotos de los multitudinarios funerales. Imágenes de carrozas con banderas del PC y de un muchacho que viste polera color amaranto y que lidera la procesión al cementerio.

Ese chiquillo, que en aquel tiempo se presentaba a sí mismo como “un niño de 14 años” y que se dirigió en la mencionada ceremonia fúnebre a una muchedumbre que lo oyó en silencio, es el protagonista de una historia dura y enrevesada. Un relato que no puede ni quiere obviar el hecho de estar frente a un “hijo de”, pero que entiende que es apenas un comienzo.

También realizador, entre otras no ficciones, de La ciudad de los fotógrafos (2006) y Habeas corpus (2015), Moreno inscribe a estas dos realizaciones y su nuevo largo en una trilogía en torno al régimen de Augusto Pinochet y sus consecuencias. Sin prisa, la realización del filme se desarrolló a lo largo de siete años y algo más. Los primeros registros realizados por Moreno corresponden a la victoriosa campaña de Guerrero Antequera para convertirse en concejal en la comuna de Ñuñoa por el pacto de izquierda extraparlamentaria Juntos Podemos Más (2008, ocasión en que proclama: “Partimos por Ñuñoa y vamos por el país”).

Luego viene un seguimiento y un regreso a los lugares de infancia y juventud, acompañados de un prodigioso set de imágenes de archivo que, como en las otras cintas de este tríptico, asoman como una novedad para los espectadores de a pie, incluso para aquellos más familiarizados con el ámbito de los derechos humanos y de la represión dictatorial.

Todo comenzó, según cuenta Moreno, en el estreno de La ciudad de los fotógrafos, ocasión en que se reencontró con Guerrero tras largo tiempo. Más tarde, el segundo le cuenta al primero su itinerario personal. Ahí le resulta claro, prosigue el documentalista, que esta especie de víctima de las circunstancias podía y debía ser filmada. “Ahí comienzo a seguirlo”, prosigue Moreno, quien recuerda que “el rodaje propiamente tal” tuvo lugar entre 2010 y 2012, para que a fines de 2016 estuviera el filme listo.

Rodar significó abordar una biografía movediza. Ir con Guerrero, por ejemplo, a Budapest, escala inicial del primero de sus exilios, a un set de edificios que para mediados de los 70 estaba recién construidos y donde el pequeño Manuel, cuyo padre había sido detenido en junio de 1976 por el Comando Conjunto, trabó amistad con Pablo, el hijo de un detenido desaparecido. El reencuentro entre ambos marca un peak emotivo del documental.

También hubo un viaje a Moscú y más tarde, cuando el matrimonio de sus padres se resquebraja pese a los esfuerzos del PC chileno por evitarlo, Manuel, su hermana y su madre las emprenden hacia Barcelona. Pero no se quedarán mucho tiempo, pues Manuel padre ha decidido regresar a Chile, pese a los peligros, y los suyos terminan siguiendo sus pasos. Corría 1984.
Guerrero Ceballos, instalado como dirigente de la Asociación Gremial de Educadores de Chile (Agech, con predominio del PC), había conseguido hacía poco un trabajo de inspector en el Colegio Latinoamericano de Integración, espacio educativo que acogió a retornados del exilio. Y en la puerta del colegio, en Los Leones con El Vergel, fue detenido junto al sociólogo José Manuel Parada, apoderado del colegio, por miembros de la Dicomcar.

Guerrero Antequera, administrando el dolor de algún modo, daba testimonio audiovisual en los meses siguientes. Alumno en ese tiempo del “Latino”, dice haber escuchado venir de la calle el chirriar de las llantas y haber pensado en su papá. Haber sabido que venían por él, como vinieron nueve años antes. Luego, en apariciones públicas y registros más íntimos hablaría de justicia y de venganza. Participaría en mitines y marchas, algunas veces junto a la imagen del progenitor. Pero las amenazas y violencias padecidas lo persuadieron de iniciar un segundo exilio: vivió en Suecia, también en Alemania Democrática en el período de la caída del Muro de Berlín. En los 90 emprendería el segundo retorno.

A veces cándido y emocional, otras tantas atravesado por el dolor, Guerrero Antequera asoma como un primo no tan lejano de esos otros “hijos de” la izquierda sacudida por el Once, visibles desde Mi vida con Carlos (2009) de German Berger-Hertz hasta El eco de las canciones (2010) de Antonia Rossi hasta y El edificio de los chilenos (2010) de Macarena Aguiló. “La historia de ese niño que crece enfrentado a las consecuencias de la Guerra Fría”, como la llama Moreno, suma un nuevo jalón en esa historia a la que, a su juicio, siguen faltando capítulos: “Los relatos de los hijos de las víctimas directas aún son poco visibles”.

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