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Culto
Fontanarrosa

Fontanarrosa

Hace diez años que murió el célebre escritor, dibujante y futbolero argentino. Sin embargo, su memoria se mantiene viva gracias a esa pasión que despertó en él el fútbol y que supo vaciar en sus historias, con un cariño inconmensurable por sus personajes.

Es una lástima que la gente se muera, aun cuando haya algunos decesos que, por el prontuario del difunto, resulten un alivio. El dicho dice que no hay muerto malo, pero todos sabemos que los hay. Con todo, el muertito sobre el que ahora escribo, era de verdad bueno, y no sólo eso, también era gracioso, creativo, sensible y un conversador de aquellos que siempre quisiéramos tener en frente. Hablo de Roberto Fontanarrosa, el célebre escritor, dibujante y futbolero argentino que murió hace ya diez años, el 19 de julio de 2007, a consecuencia de un paro cardiorrespiratorio, tras padecer durante largos años Esclerosis Lateral Amiotrófica.

Si escribo sobre él es porque pocos escritores tomaron el fútbol como la materia prima de buena parte de sus historias y escarbaron en ese territorio para hablar de las virtudes y de las miserias humanas. También porque hay algunos cuentos suyos que, sin duda, están en el podio de los mejores cuentos futboleros. Pienso, por ejemplo, en “Wilmar Everton Cardaña, número 5 de Peñarol”. Es un clásico de la literatura de Fontanarrosa. La historia de un volante recio y patadura, capitán de Peñarol, que se conmueve ante una carta enviada por un niño desahuciado, quien les pide un recuerdo del clásico al que ese mismo fin de semana deben hacer frente -ante Nacional-, específicamente la pelota firmada por todo el plantel del equipo mirasol. Cardaña y los suyos, conmovidos por las líneas, deciden acudir en masa al hospital donde se encuentra el chico, sin imaginar que el resultado adverso del clásico gatillará una reacción impensada del muchacho. El resto de la historia me la reservo, para no arruinarles el cuento, pero debo advertirles que pocas veces me he reído tanto con un relato.

Hincha fundamentalista de Rosario Central, el Negro —como le decían— escribió otra pieza inolvidable: “19 de diciembre de 1971”. El cuento se centra en la semifinal del torneo argentino de ese año, que enfrentó a Central y Newell’s, enemigos eternos. Y se hace carne en un grupo de muchachos que, sabiendo que llevan las de perder, deciden llevar hasta Buenos Aires -donde se juega el partido- a un anciano con problemas cardíacos, quien tiene la particularidad de que nunca ha visto perder a Central. Los chicos se aferran a esa cábala, aun cuando eso puede costarle la muerte al viejo. Ése es un partido mítico para los hinchas canallas, porque Central ganó 1-0 con gol de Aldo Pedro Poy. Una palomita que todos los años se celebra en distintos lugares de Argentina y el mundo, con el propio Poy volando, en una plaza cualquiera, para revivir el gol más glorioso de la historia de Central.

Fontanarrosa escribió muchos otros cuentos con el fútbol como eje central del relato, también novelas. Además, ganó fama haciendo viñetas con personajes como Boogie, el aceitoso e Inodoro Pereyra. Pero por encima de todo eso y sobre todo a diez años de su muerte, su memoria se mantiene viva gracias a esa pasión que despertó en él el fútbol y que supo vaciar en sus historias, con un cariño inconmensurable por sus personajes.

“Posiblemente todas las horas que dediqué a ver fútbol o ir a la cancha, los intelectuales más serios las ocuparon leyendo. Ellos elegían a Tolstói mientras yo leía El Gráfico”, dijo alguna vez. Nosotros, remendándolo, estamos en la misma vena: entre los rusos y Fontanarrosa, elegimos al Negro.

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