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Culto
Berlín para todos

Berlín para todos

A punta de humor, profundidad y un tremendo poder de observación, Morábito nos revela un Berlín íntimo, un Berlín que, en buenas cuentas, ni siquiera los berlineses conocen demasiado bien.

Para quien no conoce Berlín, ni tampoco planea ir, estas crónicas de Fabio Morábito pueden llegar a ser la mejor guía que se ha escrito acerca de la capital alemana. Para quien, por el contrario, ha vivido en Berlín (es mi caso), las divagaciones berlinesas de Morábito provocan admiración, sorpresa y envidia. Tras haber recibido una beca cuyo propósito era darle la tranquilidad y la holgura necesarias para terminar de escribir un libro de cuentos, el italiano arribó a Berlín muy bien dispuesto: chapurreaba algo de alemán, lo acompañaban su mujer y su hijo, y estaba feliz de abandonar por un rato Ciudad de México, que es donde reside. Sin embargo, no terminó el libro de cuentos durante su estadía. Pero a cambio, paseó, miró y recopiló material suficiente para armar También Berlín se olvida, un libro que cualquiera que escriba y que haya llegado becado a Berlín (fue mi caso) hubiese dado un dedo por escribir.

A punta de humor, profundidad y un tremendo poder de observación, Morábito nos revela un Berlín íntimo, un Berlín que, en buenas cuentas, ni siquiera los berlineses conocen demasiado bien. Sin valerse de los recursos clásicos con que un afuerino diserta acerca de lo ajeno, es decir, sin deslizar alusiones literarias, sin pisar por donde otros han pisado antes que él, sin siquiera leer los diarios, Morábito logra captar la esencia de su entorno con una facilidad inaudita. En su caso, lo anterior es algo más que una gracia: “Soy poco dado a esas amistades callejeras que suelen anudar las personas cuya rutina hace que se vean las caras todos los días. Si me saludan me apresuro a corresponder, pero casi nunca, por timidez, tomo la iniciativa, y sigo actuando como un perfecto desconocido mientras a mi alrededor cunden las conversaciones y florecen las bromas y la amistad”.

Cosas simples, como andar en el tren elevado que recorre la capital alemana, presenciar un ligero choque de autos, ir a comprar el pan al alba, o subirse a un bus de dos pisos, le son suficientes al autor para desencadenar una seguidilla de reflexiones memorables que por lo general cobran un valor antropológico impredecible. Hablando de los Kleingärten, que son unas casitas de muñeca con jardín en donde los berlineses toman vacaciones dentro de su propia ciudad, una suerte de “miniaturización de la naturaleza”, Morábito repara en que allí “el hombre puede sentirse un poco Dios, el gran Ortopédico que aporta incesantes correcciones e infinitos retoques a su obra, en un ejercicio de depuración interminable que ahora, después de los nazis, sabemos con qué facilidad, sobre todo si se hace detrás de un alambrado, es decir detrás de una férrea actitud mental, nos puede conducir directamente al infierno.

Otro ejemplo: en Berlín, ciudad relativamente amable en cuanto a número de habitantes, viven más de doscientos mil turcos, cuya presencia se nota por razones obvias en donde estén. No obstante, nadie ha captado tan bien el alma turca como este ocasional paseante italiano, y lo digo con cierta autoridad, puesto que por algún tiempo viví en Kreuzberg, un barrio bastante turco. Pues bien, a Morábito sólo le bastó caminar una tarde por uno de los lagos del sur de Berlín, Krumme Lanke, un lugar que en verano invita al nudismo, para registrar la presencia de un fauno turco que al mirar de soslayo a una walkiria desnuda entrada en carnes dejaba en evidencia esa maravillosa distancia existente entre Oriente y Occidente, distancia que a otros les ha tomado un tratado entero para intentar dejar en claro.

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