Culto

Planeta No: “Al final somos músicos hijos de su tiempo”

“El artista educa porque crea cultura, la cultura educa. La cerveza Cristal también educa con potos de mujeres estupendas”, continúa el responsable de componer canciones como ‘Señorita’ o su último estreno ‘Maricón Zara’, tracks y videos que tratan el respeto y la igualdad de derechos como principales ejes a comunicar. “El video Maricón Zara es de una canción hecha en el 2014 y cuando llegó la hora de ver qué hacer con el clip decidimos profundizar la letra en lugar de ignorarla”. Es en este registro audiovisual inspirado en la muerte de Daniel Zamudio, que el trío decidió asumir su condición de ignorancia y buscar ayuda en el Colectivo Lemebel, travestis, periodistas y estudiosas de género para tratar como corresponde los pasajes de su arte y estética.

Los oriundos de Concepción son tres hombres heterosexuales, e intentan hacerse conscientes de lo entrampado que se está en esa vereda. “Se habla mucho de deconstruir la masculinidad, de sanarse. Es un poco hippie pero yo creo que por ahí va la cosa. Creo que el género hay que trabajarlo como parte íntima y personal. Yo soy un hombre héterosexual, el opresor, y eso es infalible”, comenta García que en más de una oportunidad canta con sostenes y labial. “Lo más importante es revisarse, revisar los vínculos que uno tiene para poder vivir piola, proyectar piola”, sigue analizando sobre su rol de referente y hombre. “El Camilo va a tener un hijo, va a educar a alguien, lo hace a diario. Eso es más cuático”.

Camilo se siente menos estudiado en el tema que García. Cuenta que a veces vive la discriminación cuando la gente lo mira con cara de pena porque anda con su hijo solo. “El papá solito, la mamá mala”, algo que no le pasa a su pareja cuando va a la feria con el menor. “Es discriminación que responde y nace de los mismos discursos que atacan al gay y fomentan la intolerancia”, asegura el bajista que desde el pop sabe que no puede escapar de una “naturalización del sexismo aceptado por la sociedad y entendiendo que ganamos más que una persona que hace lo mismo pero que tiene vagina”, como dice el vocalista.

Aún cuando perciben la música como una zona un poco más tolerante en “donde siempre ha habido algo de espacio, a diferencia de otras disciplinas como el fútbol”, son testigos y responsables de haber sido portadores de la ignorancia. “Cuando chico pensaba que las mujeres eran malas para tocar. Creía que eran buenas para el teclado y cantar no más”, empieza Gonzalo y el encargado del bajo no tarda en apoyar. “En la industria hay mucho machismo. Se discrimina a las técnicos, a las sonidistas. Son pocas. Si antiguamente se decía que las mujeres tocaban mal aún se dice que hacen mal sonido. Eso lo he visto y escuchado”.

Molina hoy tienen claro que llegan con un mensaje y que muchas veces se puede confundir el discurso: “Cuando pasó lo de Tea Time compartí un artículo feminista al respecto, sin querer sacar réditos de eso. Varias personas escribieron cosas como ‘pienso súper similar, ustedes nunca harían eso’. Fue fuerte porque ¿qué vola? Es muy difícil de explicar pero mi razón para abogar por la causa es que yo podría haber hecho eso. Es un sistema y a mí me fabricaron de esa manera. Una moneda: cara y sello. Salió una y no lo hice. Tuve suerte, leí tres libros, me contaron cosas, vi en carretes otras, aprendí por contexto. Pero la moneda salta para el otro lado y soy Tea Time”.

“Una vez hicimos un fanzine con otras bandas e hice un texto sobre un debate entre músicos ficticios en el que se discutía el cómo todos somos feministas pero nos dimos cuenta en el 2015. Al final somos músicos hijos de su tiempo, ahora podemos rasgar vestiduras de cosas que hacíamos hace cuatro años, cuando no veíamos discriminación porque no sabíamos cómo verla”, relata Gonzalo.

¿Lo que tratan de pulir? Simplemente hacer los lugares de trabajo, en este caso las tocatas, más seguro. “Los hombres tenemos que paquearnos. Tener perspectiva de género siendo hombre es paquearse y eso está bien. No podemos tener miedo de entregarnos a sentir un mínimo porcentaje de lo que siente la mitad del mundo”.