*

Culto
Eterno resplandor de una mente sin recuerdos: corazones, cables y memorias

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos: corazones, cables y memorias

En Eterno resplandor de un mente sin recuerdos, ella, siempre candidata a abandonarlo a él, decide terminar con sus recuerdos. En este terreno de máquinas, cables y corazones rotos, él busca en algún momento ir contra la voluntad de ella, pero no puede. Ella ya entró al tratamiento y su cerebro se ha velado.

Joel y Clementine alguna vez fueron los más gloriosos amantes del estado de Nueva York. No eran una pareja perfecta, pero quizás en ese contraste de temperamentos radicaba el encanto. Él, un tipo gris y lluvioso, con tendencia a la depresión y la mueca triste; ella, una mujer vivaz y de pelo rojo, con personalidad voluble, carcajada fuerte y una determinación única. Tras conocerse en una playa invernal de Nueva Jersey, ambos comienzan a encajar sus piezas con sorprendente facilidad: a él le conmueve el nivel de fantasía y la originalidad de Clementine; a ella le fascina la honestidad y el ánimo cabizbajo de Joel. Él viaja en un auto destartalado. Ella prefiere caminar. Él puede que salga herido de esta relación. Ella también, pero es probable que encuentre el reemplazo a la vuelta del camino.

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004), la más popular de las películas de Michel Gondry y una de las dos que realizó con guión de Charlie Kaufman, aún permanece hoy como uno de los relatos románticos cruciales del Hollywood de la primera década del siglo XXI. Casi todo funcionó a la perfección aquí: desde el guión a la dirección, pasando por una banda de sonido de primera (que incluía el cover de “Everybody got to learn sometimes” a cargo de Beck) hasta un grupo de actores en perfecta sintonía con lo que se les pedía. Kate Winslet fue la voluble chica del pelo rojo, Jim Carrey el impenitente tristón de la bufanda y el abrigo; Mark Ruffalo y Elijah Wood interpretaron a los chicos de la máquina y el infalible secundario inglés Tom Wilkinson fue el desquiciado doctor Mierczwiak.

Pero, ¿por qué había doctores y máquinas en una película romántica? Tal vez estaban ahí porque la historia a fin de cuentas no era tan dulce. Ellos, es decir el doctor y sus muchachos, se dedicaban nada menos que a borrar recuerdos de la gente que no quería saber más de su pasado, de su prójimo o de un amor desvencijado. El médico les vendía los servicios del olvido a los amantes que ya no son y, por si fuera poco, también les daba la oportunidad de reiniciar su vida.

Es en este nivel en el que parte la trama de Eterno resplandor de un mente sin recuerdos: cuando Clementine, siempre candidata a abandonar a Joel, decide terminar con los recuerdos de él. En este terreno de máquinas, cables y corazones rotos, Joel busca en algún momento ir contra la voluntad de ella, pero no puede. Clementine ya entró al tratamiento y su cerebro se ha velado, como si fuera un viejo cuarto de fotografías.

La película no sería tan atractiva si es que no optara por un camino alternativo, un camino que prefiere olvidarse de la ciencia ficción y de los conejillos de Indias. En algún punto, Gondry y Kaufman le hacen la siguiente pregunta a sus personajes: ¿Y si se puede burlar a la maquinita? ¿Y si es que el doctor no lo planeó todo tan bien? ¿Y si los recuerdos no se pueden ir totalmente y hay algún bote salvavidas al que arrimarse?

En ese entendido, tal vez valga la pena intentarlo otra vez y buscar reencantarse. ¿Puede una pareja resetearse y empezar de nuevo? ¿Puede Clementine sólo privilegiar las virtudes de Joel en desmedro de sus defectos y no escapar de casa? En esta película, hay una segunda oportunidad para los que no creen en máquinas.


Sobre el autor: