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Culto
La Vega: la hora de los monstruos

La Vega: la hora de los monstruos

No sé qué gracia tiene ver esto más allá de que exista un drama en la trastienda que apenas asoma; lo que vemos puede leerse como una pelea generacional, un conflicto que se deslinda a partir del modo en que los personajes se refieren a sí mismos y a sus padres, a quienes responsabilizaban de los rumbos que han tomado sus vida.

Hans y Pía están en la veintena. Nunca han trabajado. Sus padres los mantienen a ellos y a los tres hijos que tienen. La madre de él llamó a TVN para que participara en La Vega (domingos a las 22:30) y ver si podían aprender a cambiar su actitud participando en el programa. La Vega está en su segunda temporada; la idea es la misma que en la primera, que los concursantes aprendan por medio de un trabajo real qué significa asumir responsabilidades adultas. Con Hans y Pía no funciona: todo es un desastre tan incómodo como vergozoso.

Ninguno de los dos hace nada; ambos desprecian a quienes los rodean, hablan de irse de juerga y gastarse el dinero del show en “promos” de pisco o whisky. Leo Caprile y los padrinos/capataces del programa están en shock. Ella estalla en histeria una y otra vez; él acosa mujeres en la calle pidiéndoles el teléfono. Hans lleva el pelo rubio teñido y parado. Pía se cree Snookie. Los comportamientos de ambos son perturbadores: en un momento parece que él no sabe sumar y tiene un ataque nervioso cuando ve sus propias manos sucias. Ella dice que nunca ha comido porotos. “Yo no nací para trabajar”, dice él en un momento. Ninguno de los dos sabe cocinar. De hecho, hay un momento en que él mira un paquete de arroz y no es capaz de entender las instrucciones. Todo es espantoso y raro al punto de que cuando llega el momento de la evaluación final Hans dice que con los doscientos mil pesos que ganaron en el reality no le alcanza ni para ir a la peluquería; y uno se pregunta qué sentido tiene esto, si entraña alguna clase de lección, si pueden llegar a ser algo más que la representación de su propio egoísmo, pereza o vacío.

No lo tengo claro. Hans y Pía parecen dañados, quemados, hay algo que no funciona en sus cabezas. En los momentos de mayor tensión él se ríe de modo compulsivo y ella se pone a llorar. A veces, ella también vomita. Trabajar le provoca vómitos. En ninguno de los dos hay pizca alguna de encanto o compasión por otras personas que no sean ellos mismos. Todas las respuestas que dan son extrañas e inverosímiles. Carecen de lógica, están hechas de palabras huecas, como si dentro suyo todo estuviese tan deformado que resulta imposible pensar si alguna vez había existido alguna clase de claridad mental.

No sé qué gracia tiene ver esto más allá de que exista un drama en la trastienda que apenas asoma; lo que vemos puede leerse como una pelea generacional, un conflicto que se deslinda a partir del modo en que los personajes se refieren a sí mismos y a sus padres, a quienes responsabilizaban de los rumbos que han tomado sus vida. Mantenidos por sus progenitores, Hans y Pía carecen de cualquier compromiso con nada que no sea su propio placer. El mundo está en deuda con ellos, son víctimas por el solo hecho de existir pues son producto del deseo y la responsabilidad de los otros, de esos padres que debían por fuerza hacerse cargo de ellos.

Pero lo que vemos en pantalla excede cualquier explicación. “Me veo ordinario; me parezco a los guardias de La Vega”, dice él mirando la cámara en un momento. “No me abraces, de verdad. Estay pasado a carne”, dirá ella después. Pocas veces un reality había mostrado a personajes tan desagradables y a la vez tan inquietantes en su deformidad moral. No hay lección acá y uno se pregunta qué sentido tiene todo este relato. Nada es divertido, solo hay espanto y asombro. Sobre el final, se revelará que la madre de él ha decidido no mantenerlos más. El programa los mostrará un mes después. Nos enteramos que han chocado su auto y que han gastado el poco dinero que ganaron. Ambos ríen. Nada parece tocarlos. La vida sigue siendo una “promo”. Ella dirá en un matinal al día siguiente que nunca le ha cambiado los pañales a sus hijos, que otros lo hacen por ella. El contará que ahora tiene algo parecido a un trabajo: es extra en algún programa televisivo.

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