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Culto
Joan Fontcuberta y la postfotografía

Joan Fontcuberta y la postfotografía

Fontcuberta no es un apocalíptico: contra los que piensan que internet y la tecnología digital desfavorecen la creatividad, él cree que hay más innovación ahí que en las grandes instituciones del arte contemporáneo, solo que es necesario entender las nuevas tecnologías y formas de comunicación a partir de otros cánones.

A fines del siglo pasado, el fotógrafo conceptual Joan Fontcuberta (Barcelona, 1955) -ganador el 2013 del premio Hasselblad, una suerte de Nobel de la fotografía- intervino el archivo fotográfico para inventar paisajes digitalmente; en la serie Hemogramas (1998), por ejemplo, creó “paisajes biológicos” a partir de fotos de muestras de sangre. Años después, en Googlegrams (2005), utilizó “paisajes de datos” para recrear fotos icónicas de la prisión de Abu Ghraib a partir del archivo de miles de imágenes de oficiales y soldados que formaron parte del escándalo. Sus trabajos mostraron la nueva relación entre la fotografía tradicional y la digital, señalaron cómo se podía usar políticamente el archivo de imágenes que vamos acumulando desenfrenadamente, y permitieron repensar, como sugiere la crítica Patty Keller, el lugar de la obra de arte en la era de la hiperreproducción.

Fontcuberta no solo práctica la fotografía digital; también es uno de sus mejores teóricos y divulgadores. Su nuevo libro, La furia de las imágenes: notas sobre la postfotografía (Galaxia Gutenberg), no tiene la densidad teórica de obras como El beso de Judas (1997) y La cámara de Pandora (2010), pero sirve como una introducción muy amplia y lúcida al “estado de la cuestión” en torno a la postfotografía. La furia de las imágenes recopila ensayos, artículos periodísticos, prólogos de libros, textos escritos para exposiciones, etc; todos ellos se preguntan por el nuevo status de la imagen fotográfica en un tiempo en que “su circulación prevalece sobre su contenido”. El libro también sirve para hablar de un grupo notable de creadores en el campo de la postfotografía, cuyo trabajo le sirve a Fontcuberta para dar carne a sus análisis (Monica Haller, Breno Rotatori, Sean Snyder, etc).

Fontcuberta nos recuerda que el 11 de junio de 1997 se envió la primera fotografía desde un celular y que apenas veinte años han sido suficientes para desmantelar un régimen visual con un siglo y medio de duración; la revolución digital ha desmaterializado la autoría y también los contenidos para dar lugar a una suerte de “estética del acceso”: la postfotografía hoy es sobre todo “la fotografía adaptada a nuestra vida online”. Al convertirse las fotos en pixeles y al saltar de pantalla en pantalla, pierden el aura que les quedaba; ahora se toman fotos no tanto por situar un recuerdo como para comunicar algo, “expresa[r] una voluntad de relación o comunicación… establecer vínculos sociales”. El cambio ontológico de la fotografía tiene repercusiones complejas: si bien Fontcuberta reconoce que incluso con la fotografía tradicional la información podía ser manipulada, su mandato histórico solía ser el de “certificar lo real”; ahora la fotografía ha cedido ese lugar a los algoritmos de búsqueda en internet (que, paradójicamente, el mismo Fontcuberta usa como base para muchos de sus proyectos).

Fontcuberta no es un apocalíptico: contra los que piensan que internet y la tecnología digital desfavorecen la creatividad, él cree que hay más innovación ahí que en las grandes instituciones del arte contemporáneo, solo que es necesario entender las nuevas tecnologías y formas de comunicación a partir de otros cánones. Aun así, no es partidario de tanta anarquía como la que existe hoy en las redes: “En un momento en que la imagen constituye el espacio social de lo humano, no podemos permitirnos su descontrol”. La furia de las imágenes diagnostica con elegancia nuestro nuevo régimen visual y sugiere la necesidad de recuperar su soberanía; sus mismas conclusiones, sin embargo, señalan la imposibilidad de recuperar esta soberanía.

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