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Culto
Maestro antipoeta

Maestro antipoeta

Poesía reunida contiene material de algunos de los libros más llamativos de William Carlos Williams. La edición bilingüe y las magníficas traducciones permiten que este volumen llegue a ser, sucesivamente, un lujo indispensable, un regalo inesperado y alimento diario.

En 1934, el poeta Wallace Stevens escribió el prefacio de una selección de poemas de su amigo William Carlos Williams. Allí, en ese texto, Stevens calificó a Williams de “antipoeta”, cometiendo un error de apreciación que, no obstante, ayudó a que en el futuro la obra de Williams alcanzara un lugar de distinción entre la de sus pares. Comparado con otros poetas de su entorno, tipos sesudos, densos y pedantes, como T.S. Eliot o el mismo Ezra Pound, Williams pasaba por simplón e incluso por ingenuo. Nada más lejano a la realidad: Williams tenía una concepción sólida y profunda de la escritura, que expresó en los siguientes versos: “Componer. (Ideas no,/ salvo en las cosas). ¡Inventar!/ Saxífraga es mi flor que parte las rocas”. Hoy sabemos de sobra que no por entender la simpleza como expresión de la hermosura, no por utilizar el lenguaje común y corriente, y no por tratar temas de ocurrencia diaria, el poeta se ve menoscabado o se convierte de inmediato en un autor menor. Para nosotros esto es claro desde hace décadas, así nos lo enseñó Nicanor Parra, a quien, dicho sea de paso, su hermano antipoeta William Carlos Williams tradujo al inglés.

La Poesía reunida de Williams actúa como poderoso estimulante, como lectura fabulosa que nos sitúa ante uno de los espíritus más sublimes y encantadores de su época. El cierre del poema “La hostia” da otra pista acerca del credo artístico que Williams practicó con gracia insuperable: “Nadie estaba allí/ sino por/ la comida. Que sólo yo,/ siendo poeta,/ hubiera podido darles./ Pero yo,/ para hablar, sólo tenía/ mis ojos”. Y en La música del desierto, tal vez la mejor de sus composiciones, también hay información al respecto: “Parece usted muy normal. ¿Podría decirme? ¿Por qué alguien/ querría escribir un poema?/ Porque está ahí, esperando ser escrito./ Ah, ¿es cosa de inspiración, entonces?/ Más bien de necesidad./ Muy bien, ¿y de dónde sale?/ Soy alguien cuyo dilapidado/ cerebro/ avanza sin rumbo fijo”.

En Viaje al amor, libro dedicado a Flossie, su adorada esposa, Williams repara en que “El amor es/ crueldad que con/ voluntad/ transformamos/ para estar juntos”. Y en El gorrión, un poema de ese mismo libro, ocurre algo excepcional: “Sus cejas/ castañas/ le dan un aire/ de perpetuo/ ganador; incluso/ una vez/ vi a una hembra gorrión/ escalar decidida/ hasta el techo/ de un depósito de agua/ agarrando al macho/ por las plumas/ y llevarlo,/ callado,/ sumiso,/ colgando sobre las calles/ hasta/ perderse de vista”.

Me resulta imposible referirme al “hablante” de tal o cual poema, pues para mí está claro que siempre, o casi siempre, es el propio Williams, el de carne y hueso, el que se deja ver en sus versos. Por supuesto que lo que digo no es un pálpito o una sensación, ya que con el correr del tiempo en algo he llegado a conocer al hombre. Su coraje y su sentido del humor, por ejemplo, se ven aquí expresados con exquisita precisión: “Desafié/ a los ricos,/ o más bien,/ dado que ellos son como son,/ a quienes los admiran”. Y la larga amistad con Ezra Pound, con el que tantas veces discrepó en público debido al antisemitismo desatado del maestro, queda expuesta con admirable honestidad en la primera y última estrofa de Mi amigo Ezra Pound. El poema parte así: “ya sea judío o/ galés/ espero que le den el Premio Nobel/ lo tiene bien merecido/ -a perpetuidad-/ con tal nombre”. Y concluye con sarcasmo y dureza: “Tu inglés/ no es lo bastante específico/ Como escritor de poemas/ Te muestras como un inepto por no decir como/ un usurero”.

Poesía reunida contiene material de algunos de los libros más llamativos de Williams: Kora en el infierno (1920), La música del desierto (1954), Viaje al amor (1955) y Cuadros de Brueghel (1962). La edición bilingüe y las magníficas traducciones de Juan Antonio Montiel, Edgardo Dobry y Michael Tregebov permiten que este volumen llegue a ser, sucesivamente, un lujo indispensable, un regalo inesperado y alimento diario.


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