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Culto
Artistas mujeres: la huella de las pioneras de la creación local

Artistas mujeres: la huella de las pioneras de la creación local

Compartieron escena y desafiaron el talento de sus pares hombres, pero las creadoras de inicios del siglo XX fueron omitidas por la historia. El Museo de Bellas Artes salda esa deuda con Desacatos, que reúne 44 obras de autoras como Laura Rodig, Judith Alpi y Henriette Petit.

La mirada masculina no puede esquivarse y eso Gloria Cortés lo tiene claro. Por eso a la hora de hablar de reivindicaciones, la curadora del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), especialista en temas de género, hace un guiño primero a los hombres que deambulan como verdaderas sombras sobre la exposición Desacatos. Prácticas artísticas femeninas 1835-1938, que acaba de abrir en el edificio de Parque Forestal.

El recorrido parte con una obra de Mauricio Rugendas, un retrato de su discípula Paula Aldunate, de quien se tienen pocas pistas, entre ellas que fue parte de la elite, estuvo casada con Santiago Larraín Moxó, y que pintó acuarelas que registran paisajes de la Quinta Región, pero de las que no se conoce su paradero. El museo nunca ha tenido una obra de Aldunate y hace poco adquirió este retrato que en algo salda la deuda con su figura y que se ha transformado en uno de los símbolos de esta exposición, como de la ausencia de las mujeres en la colección nacional.

“El museo tiene sólo un 11% de producción femenina, alrededor de 600 obras, y dentro de ellas este periodo está poco representado”, dice Gloria Cortés. “Quise reivindicar la memoria de estas artistas que en su momento tuvieron reconocimiento a la par de los hombres, pero que han sido olvidadas por la historia oficial”, agrega.

La exposición contempla 44 piezas entre pinturas, dibujos y esculturas de 18 artistas – la mayoría pertenecientes a la colección del MNBA- que a fines del siglo XIX y principios del XX lucharon por hacerse un espacio en la escena artística local. “Siempre han aparecido en asociación con una figura masculina. Son hijas de, esposas de, alumnas de, pero nunca en su aspecto individual. Lo cierto es que son aceptadas por sus pares masculinos, artistas como Camilo Mori y Marco Bontá apoyaron a su generación, y ellas mismas se hicieron un camino; ganaron becas, premios en salones oficiales. Es la crítica de arte, la historiografía, las que las hacen a un lado”, explica Cortés, quien ya había publicado un libro sobre el tema: Modernas. Historias de mujeres en el arte chileno, 1900 -1950 .

Llama la atención que al igual que los hombres, las artistas mujeres de la época se inclinan por el tema del desnudo femenino; sin embargo, tienen algo en contra: mientras sus compañeros acceden a clases de dibujos con modelos hombres y mujeres, ellas deben conformarse con copiar a partir de yesos y litografías.

En 1902, las reformas de la enseñanza artística dieron un paso atrás y separaron los talleres entre hombres y mujeres, acentuando aún más las diferencias. Las artistas entonces decidieran agruparse y retratarse entre ellas. “Las mujeres comienzan a retratar su propio mundo, su propio cuerpo y difieren de la mirada masculina, que suele erotizar a sus retratadas con cadencias, poses y joyas, mientras que ellas lo hacen de una forma más cotidiana, íntima y de introspección”, cuenta la curadora.

En ese apartado destaca la obra La coqueta (1916), de Elmina Moisan, que gana la medalla en el salón oficial de Santiago tres años después, e Interior (1926) donde la misma artista retrata a una joven en una escena de baño. También Judith Alpi pinta a Laura Rodig, y al revés, Rodig hace un busto de su amiga, que se acaba de restaurar para esta exposición. Entre los desnudos está el de Emma Formas de 1920; el de María Tupper de principios del siglo XX; el de Henriette Petit, de 1925 y el de Laura Rodig, de 1937. “Ellas usan el desnudo como herramienta, son muy conscientes de lo que significa y se saben sujetos y objetos de la representación”, agrega Cortés.


Luchas históricas

La incorporación del desnudo al arte hecho por mujeres coincide con la creación de la Sociedad Artística Femenina en 1914 y el Club de Señoras de 1916, que impulsó la incorporación de las mujeres a la vida cultural. Entre las artistas asociadas están María Tupper, Sara Malvar y las hermanas Ximena, Wanda y Carla Morla.

Un año después de aprobarse el voto femenino para las elecciones municipales (1934), se forma el MEMCH, el Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres de Chile, que luchará por la igualdad jurídica y política. Una de sus figuras clave, junto a Elena Caffarena y Olga Poblete, fue la artista Laura Rodig, muy cercana a Gabriela Mistral, de quien destaca en la exposición su afiche para el 1° Congreso del MEMCH en 1937 y sus obras de la serie Tipos mexicanos, de 1925, donde retrató a mujeres con trajes oaxaqueños. Otras artistas también pintaron a mujeres comunes como Una guasa de Clara Filleul, Niña de campo de Inés Puyó, o La negra de María Aranís.

La muestra abarca hasta 1938, cuando Laura Rodig organiza una exposición sobre la mujer en la vida nacional. “Rodig es abiertamente activista, en general las artistas no participan mucho en política”, dice Cortés. “Ella viajó con Gabriela Mistral a México, expuso con Diego Rivera y trajo a la discusión artística la incorporación de las mujeres indígenas y de clase obrera. El MEMCH promovió discusiones como el derecho a la lactancia de las mujeres trabajadoras, el maltrato infantil y el aborto, que increíblemente hasta hoy están vigentes”.

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