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Culto
Las memorias de Zeta Bosio: Soda Stereo desde el ojo de la tormenta

Las memorias de Zeta Bosio: Soda Stereo desde el ojo de la tormenta

Yo conozco ese lugar, las memorias del bajista de Soda Stereo, es el libro más completo y ambicioso que se haya escrito sobre la banda. Un recorrido en primera persona por la “Sodamanía”, la interna creativa y las tensiones de tres amigos que empezaron una banda a los 20 años y que, en el camino, uno de ellos se convirtió en una de las más grandes estrellas de rock del continente.

Una generalización: cuando los músicos están de viaje, la mayoría sale en búsqueda de tiendas de discos o instrumentos. En el caso de Soda Stereo, no es casualidad que al recorrer otras ciudades incluyeran también las ferias de ropa.

Para 1979, Héctor “Zeta” Bosio había comenzado la carrera de Publicidad, donde conoce a un tímido Gustavo Cerati. El tema recurrente de sus conversaciones más tempranas era la música, hasta que compartieron todo un verano en Punta del Este y decidieron formar un grupo con canciones propias.

“Quedé bastante impresionado por su talento; poco a poco empecé a tener más en cuenta a Gustavo como músico y en consecuencia decidí acercarme más a él. Pegamos mucha onda enseguida y de un día para el otro estábamos compartiendo un montón de música”, escribe el bajista, conductor de televisión y DJ, que en ese momento embrionario ya estaba preocupado por subirse a los escenarios con un look determinado, influenciado por un espectáculo de transformistas y el sonido de Elvis Costello y The Police.

La historia de Zeta Bosio es la historia del hijo de un matrimonio italiano que llegó a Argentina escapando de la guerra, un chico que se tropezó con las canciones de The Beatles por accidente, hasta transformarse en un arrojado adolescente y músico autodidacta, que armaba y desarmaba bandas con amigos y que no desechaba ninguna oportunidad: “Cuando era chico, el chiste recurrente era que parecía algo así como una ballena, empezaron a decirme ‘Ceta’ como abreviación de ‘cetáceo’, y se me ocurrió cambiar la ‘C’ por la ‘Z’ para proponerlo como seudónimo”.

Yo conozco ese lugar (Planeta), las memorias de Zeta Bosio, unas trescientas cincuenta páginas organizadas de manera cronológica y escritas en primera persona, dan cuenta de la historia del bajista, con especial énfasis en su posición dentro de la historia de Soda Stereo.

El libro ofrece un recorrido por la “Sodamanía”, los excesos, los recesos, la interna creativa de la banda, la vida familiar y las constantes tensiones de un grupo de amigos que escribieron canciones de alcance continental.

En la manera en que atravesó la última dictadura argentina, en los terribles accidentes de sus hijos, Bosio expone su vida y traza el mapa de locales, bandas, programas de radio y televisión, incluso de instrumentos, sellos y personas que atravesaron la historia de Soda Stereo. Ahí están Sumo y Luca Prodan (compartieron escenarios), Andrés Calamaro (por muy poco tiempo el tecladista de Soda), Virus y Federico Moura (productor del primer disco) y los músicos Daniel Melero, Fabián Quintiero, Tweety González, Pedro Aznar, los hermanos Fainguersch, Leo García, las bandas Babasónicos, Juana la Loca y Tía Newton, el sonidista Adrián Taverna, el productor Carlos Alomar, el director Alfredo Lois (autor de El último concierto), los escritores Rodrigo Fresán y Juan Forn (quienes escribieron el guión de una película de Soda que finalmente no fue aprobada por la banda), la productora Cuatro Cabezas, el periodista Daniel Kon y un largo etcétera.

Ahí el libro funciona como una guía para los interesados en conocer la mecánica de una maquinaria que excedió a su propio país y que terminó por instalarse como un referente musical y estético por todo el continente americano, revisando la relación de la banda con su casa discográfica y su posterior salida, o la antesala de cada gira, además de los timmings creativos.

En esa línea, Yo conozco ese lugar —título tomado de la letra del tema “Lo que sangra (la cúpula)”, del disco Doble vida— es un libro para leer con una pestaña abierta en Youtube para mirar, al ritmo de la lectura, cada video clip, cada entrevista, cada presentación ahí detallada. Ahí el fanático descubre, por ejemplo, la ambición que movía a cada una de sus creaciones o esas primeras presentaciones haciendo playback en televisión:



Un poco antes de esa presentación, en la época de canciones como “Jet-Set”, el trío se completaba con la llegada del baterista Charly Alberti, quien aparece por recomendación de Laura, la hermana de Cerati: “Ella había conocido a Charly Alberti en la piscina del club River Plate, nos contó que tocaba la batería y que además tenía una sala de ensayo (…) En aquella época no existían las salas de ensayo para alquilar y si uno no disponía de una propia o de un garage donde practicar, tener un grupo era algo prácticamente imposible”, escribe Zeta.

Soda Stereo todavía no es Soda Stereo sino una banda que se presenta en fiestas con muy poca gente, bajo el nombre de Los Estereotipos: “En la prehistoria de Soda Stereo hacíamos canciones de Bob Marley, más que nada para, junto con Charly, entre los tres, rastrear y encontrar lo antes posible la raíz del acento y el groove sucio del reggae, que en ese momento sentíamos que era algo capital para aprender a hacer new wave”.

Lo anterior terminará en la publicación de su debut homónimo, en 1984, y una nutrida carrera en donde cada disco parece distinto al anterior. Eso tal vez define a esta banda: su carácter experimental, la preocupación por la estética y el talento para hacer de los sonidos extranjeros algo propio.

Para el año siguiente, por ejemplo, Soda Stereo se dejó influenciar por la cultura pop para escribir Nada personal, oscureciendo su apariencia y levantándose los pelos gracias a discos de The Cure y U2, o, llegado el momento de publicar Signos, en 1986, decidieron aparecer más urbanos, imitando a Prefab Sprout y The Smiths:



Aunque más reconocible es su gusto por Lush, Curve y My Bloody Valentine, en la época shoegazer de Dynamo (“aquel álbum fue como nuestro Pet Sounds o Smiley Smile, aquellos trabajos inspiradísimos de los Beach Boys”), o cuando Cerati se pasaba horas en un estado casi hipnótico, inmerso en delays, como levitando, para la composición de Sueño Stereo.

“Gustavo era un artista auténtico y muy inquieto, normalmente no pasaba un día fuera del estudio ni se ponía límites en el trabajo, como un workaholic irrecuperable”, escribe Bosio, cuando muestra el momento en que deciden expandir un sonido que ya conquistaba Argentina y que tuvo a Santiago de Chile como primera escala internacional.

Así comenzaron las agotadoras giras que se extendieron por distintas ciudades: “Nuestra entrada al mundo de la cocaína se dio en el verano del 86, durante una gira (…) Veníamos de conciertos y fiestas interminables, con demasiado trajín encima, y nuestro cuerpos dijeron ‘basta’. En un momento, alguien dijo: ‘Si quieren, hay una posibilidad de estar pilas para el concierto’. Inmediatamente nos llevó a una habitación con las persianas bajas y así fue que nos iniciamos en ese mundo de energía extrema y bajones. La experiencia fue tan loca que esa noche tocamos los temas al doble de velocidad, algo que nos causaba muchísima gracia. Era nuestra primera incursión en una sensación de descontrol, y algo me decía que no sería la última”.

Entonces vinieron la exposición, las tácticas que usaban para burlar a sus fanáticos y salir o entrar de hoteles y estadios, los conciertos mal organizados en clubes que se desbordaron, como ocurrió en el Highland Road de San Nicolás, en donde murieron cinco personas y unas cien resultaron heridas, y las primeras fisuras al interior de la banda: “Podríamos decir que Gustavo era el padre, yo era la madre y Charly algo así como el hijo. Mi intención era que las cosas fluyeran, y trataba de mantener a salvo la unión grupal que habíamos construido (…) En las relaciones hacia los terceros, por ejemplo, yo tenía una forma de ser más amigable, de igual a igual, mientras que Gustavo era más verticalista (…) Yo siempre fui un poco más afable, una persona que mayormente está de buen humor, y creo que esa es la mejor forma de vivir, o al menos la que a mí me funciona. Gustavo, en cambio, era un poco más duro: empleaba el papel de jefe, bajando línea y tirando directivas, sin detenerse demasiado en las secuelas que podía dejar en el otro. Las constantes confrontaciones en torno a cómo tratábamos a la gente que nos rodeaba fue otro de los factores fuertes de distanciamiento”.

Tal vez un hecho bisagra en la relación al interior de Soda Stereo ocurrió en la repartición de los derechos de autor. Llegado el momento, Cerati manifestó ciertos cambios de personalidad, según cuenta Bosio, y una actitud esquiva ante cada intento de asamblea: “El mayor ingreso que tiene una banda son los derechos de autor y los shows —escribe Zeta—. Si las cosas no están claras, es inevitable que ese desfasaje empiece a manifestarse en diferencias sociales, cuyo final anunciado es la creación de bandos internos. En el caso de Soda, de un lugar estaba Gustavo, que al acceder a más beneficios e ingresos tenía más poder, y del otro estábamos Charly y yo, que pasamos a ser socios minoritarios del proyecto que habíamos creado (…) La discusión que tratábamos de tener con Gustavo —y que él nos negaba incesantemente— era sobre la música, porque las letras eran intocables y nadie ponía en duda que le pertenecían absolutamente a él. Eso representaba el cincuenta por ciento de los derechos solamente para él”.

Yo conozco ese lugar es un relato abundante en detalles trascendentes en la carrera de una banda que, curiosamente, la mayoría de los músicos no revela con frecuencia.

El libro repasa, entre otros asuntos, la incursión de Zeta Bosio como bajista de La Ley y Catupecu Machu, la intimidad de todos sus discos, incluyendo Comfort y música para volar, las giras de Soda Stereo, hasta “Me verás volver”, y los estudios de grabación, cuando jugaban SimCity en un viejo Mac.

También hay espacio para las bromas al interior del equipo, los encuentros y desencuentros con otros músicos y productores, el tedio y la desesperación cuando Cerati decidía abandonar el proyecto, o cuando el trío contrató a un gurú y masajista que practicaba yoga para quitarles el estrés. Por supuesto, todo contado desde primera fuente, algo así como el ojo de la tormenta, deteniéndose apenas en una serie de hechos trágicos en donde Bosio decide no profundizar: el último adiós de Soda Stereo, la muerte de sus padres y la de Gustavo Cerati.

Es, por consistencia, el libro más completo y ambicioso que se ha escrito sobre Soda Stereo. Un complemento perfecto para otros títulos más o menos recientes, que explotaron la cosmovisión del líder y cantante de la banda, como el recomendadísimo Cerati: la biografía (Sudamericana), de Juan Morris, o el superficial Cerati, conversaciones íntimas (Planeta), de Gustavo Bove.

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Periodista de La Tercera y editor de paniko.cl