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Culto
La obra que Trump nunca le pagó a Andy Warhol

La obra que Trump nunca le pagó a Andy Warhol

Una relación complicada y reveladora fue la que unió al presidente de EE.UU. con el genio del pop art. Se repelían tanto como se atraían, pero el artista nunca le perdonó que no comprara el retrato que encargó de su rascacielos. “Odio a los Trump”, anotó en su diario.

“Donald es realmente guapo… es un chico machote. No acordamos nada, pero de todas formas le haré unas pinturas”. Andy Warhol anotó estas líneas en abril de 1981. Todo parecía auspicioso para una de las relaciones más complejas y contradictorias de la década.

El hoy Presidente de EEUU se consolidaba como una marca registrada, mientras el genio del pop art registraba con esmero la evolución de la sociedad de consumo. Si había convertido en arte una lata de sopa Campbell y una caja de detergente Brillo, ¿por qué no a Donald Trump, que ascendía como ícono del American way of life?

El magnate estaba concentrado en dominar las alturas de Nueva York con su rascacielos. Al mismo tiempo decidió que él y Warhol eran lo suficientemente populares y simpáticos como para ser socios en esta empresa.

Pero la historia terminó mal, al menos para el artista.

El millonario nunca pagó por las pinturas que encargó del edificio y que hoy reposan en las bodegas del Andy Warhol Museum, en Pittsburgh, misma institución de donde provienen las más de 220 obras que por estos días se exhiben en el Centro Cultural La Moneda.

La serie que hizo para Trump -ocho lienzos en negro, gris y plata- puede leerse hoy como uno de los tantos presagios que el autor de la frase sobre los 15 minutos de fama hizo de la sociedad norteamericana. Góticos, oscuros y algo “siniestros”, según Patrick Moore, director del museo.

Partía la década de los 80. Todo era fiesta y brillo en Nueva York. Trump y Warhol sentían fascinación por las celebridades y entendían la importancia de crear una imagen que cautivara a las masas. Estaban obsesionados con ganar dinero, cada uno en su estilo, y odiaban perderlo. Pero a diferencia del primero, el artista era muy autoconsciente y mantenía su personaje bajo control. Además, su naturaleza era amable y evitaba la confrontación.

“Durante los 70 y los 80, la existencia de Andy pasaba por una tensión interesante: le encantaba estar asociado a los ricos y famosos, pero era lo suficientemente inteligente como para saber que podían ser unos idiotas. Sus contactos con Donald Trump son una ilustración perfecta de esa tensión”, dice Blake Gopnik, quien escribe una biografía del artista para HarperCollins y es colaborador de The New York Times.

El primer registro de esta relación ocurrió en febrero de 1981. Coincidieron en la fiesta de cumpleaños de Roy Cohn, quien se hizo tristemente célebre como el abogado del senador Joseph McCarthy. Y en abril ya estaban concertando una reunión especial. “Me reuní con Trump en su oficina (Taxi US$5.50.) Fue tan extraño, estas personas son tan ricas. Ayer hablaron de comprar un edificio por 500 millones de dólares”, anotó Warhol en su diario.

El magnate manejó la situación en forma ambigua y, como el artista era tímido, no comprometió una cantidad de dinero. Pero el autor de Gold Marilyn Monroe confió y unos días más tarde partió con el fotógrafo Christopher Makos al rascacielos aún en construcción. Las imágenes fueron la base que usó para las serigrafías.

El resultado fue una obra que el propio artista calificó de “elegante”, perfecta para colgarla en el vestíbulo del edificio. Los Trump no pensaron lo mismo.

Cuando en agosto Donald y su primera esposa, Ivana, regresaron a La Fábrica, no ocultaron su desilusión. “Fue un error hacer tantas (pinturas). Creo que los confundió. El señor Trump estaba muy molesto porque los colores no combinaban. Ellos tienen a Angelo Donghia a cargo de la decoración, por lo que van a venir con muestras de material para que los lienzos coincidan con los rosados y naranjas. Creo que Trump tiene un poco de mal gusto”, anotó en sus cuadernos.

Empezaba a sospechar. “Andy sabía perfectamente que Trump era un personaje desagradable y poco confiable, pero al mismo tiempo deseaba venderle algunas pinturas y de esa forma asociarse con la emergente marca Trump”, explica su biógrafo.

Los Trump nunca quedaron conformes. No existió forma de que sus cuadros encajaran con la opulenta decoración desplegada por Donghia.

Warhol no olvidó este traspié y pronto tendría su pequeña revancha. En enero de 1984 fue invitado a participar como jurado en un concurso de porristas organizado en la Trump Tower, pero llegó intencionalmente atrasado para arruinar la fiesta: “Odio a los Trump porque no compraron mis pinturas. También los odio porque los taxis en el nivel superior de su feo hotel Hyatt ayudan a los tacos por Grand Central y hoy me toma más tiempo llegar a casa”, escribió.

El empresario nunca acusó recibo de esta indignación. Al revés, el artista se convirtió en una especie de inspiración y junto con citarlo al menos tres veces en su libro Think Likea Champion, en la era de las redes sociales ha tuiteado más de una vez alguna de las célebres frases de Warhol, por ejemplo: “Hacer buenos negocios es el tipo de arte más fascinante”.

Críticos y coleccionistas coinciden es que es una lástima que nunca le hiciera un retrato, como sí ocurrió con Richard Nixon, a quien pintó de un enfermizo color verde y azul pálido con la leyenda ‘Vota por McGovern’, su contendor demócrata en las presidenciales de 1972.

“Andy siempre estuvo atento a la política, pero no fue especialmente activo. Tenía opiniones liberales y en varias ocasiones donó arte para apoyar a políticos demócratas, incluyendo un cartel famoso en favor del oponente de Richard Nixon”, explica Gopnik.

Cuando Watergate estalló, el retrato de Nixon adquirió otra dimensión, más oscura y misteriosa. Algo similar ocurre hoy con las torres pintadas por Warhol. Aguardan sombrías y expectantes en el sótano de un museo en Pittsburgh, ciudad donde nació el artista y donde se forjó el acero que una vez cimentó el sueño americano.

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