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Culto
Las obras que se suman al acervo del Museo Violeta Parra

Las obras que se suman al acervo del Museo Violeta Parra

En sus dos años de vida, la institución ha adquirido nuevas piezas que de a poco van incrementando el legado de la autora de Gracias a la vida. Tres pinturas, desconocidas por el público, se suman al catálogo, además de la colección completa de sus vinilos, donada por un seguidor. El 25 de julio los donantes recibirán un homenaje por su contribución.

La travesía de la obra visual de Violeta Parra (1907-1967) es larga y parece que nunca acaba. La inició ella misma en 1962, cuando se trasladó a vivir a París con algunas de sus arpilleras, óleos y papeles maché que venía creando desde 1960 mientras se recuperaba de una hepatitis, y siguió repartiéndose tras el Golpe de Estado de 1973, entre Francia, Ginebra y Cuba. En 1987 su obra volvió definitivamente a Chile, tras una trabajosa gestión de su hija Isabel y la ayuda de personas como Miria Contreras “la Payita”, ex secretaria del Presidente Salvador Allende, y el fotógrafo Daniel Vittet, quien resguardó las piezas en Ginebra.

Allí no acabó la travesía. Le siguió la creación de un museo, sueño que también se inició en 1987, cuando Isabel y Angel Parra, hijos de la cantante, empezaron a remodelar su casa en calle Carmen 340, la antigua Peña de los Parra, para convertirla en el espacio que recibiría su legado. El proyecto no se concretó sino hasta 2011 y luego de años de esfuerzos de la Fundación Violeta Parra -las obras tuvieron incluso una sala dentro del Centro Cultural La Moneda- se inició la construcción de un edificio en Vicuña Mackenna 37, que abrió sus puertas como museo el 4 de octubre de 2015.

Desde entonces, las obras que conservara su hija Isabel (13 arpilleras, 25 óleos y 9 papeles machés) se resguardan allí. Violeta eso sí creó muchas más. Una parte la guarda aún su hermano, el poeta de 102 años, Nicanor Parra, y otras están repartidas por el mundo, entre instituciones, coleccionistas y amigos de la cantante, que las recibieron en su momento como obsequios, cuando la artista viajaba entre Francia, Ginebra y Argentina.

En sus dos años de vida, el museo ha consolidado su estampa como el espacio donde debería difundirse y conservarse la obra de la autora de Gracias a la vida. Y de a poco esto se ha concretado con donaciones de obras originales y otros objetos relacionados con su vida y trabajo. El mismo día de la inauguración del museo su hijo Angel, que falleció en marzo pasado, entregó la emblemática arpillera Contra la guerra, suerte de manifiesto pacifista de Violeta Parra, que luego de un proceso de restauración ya se exhibe dentro de la muestra permanente. No fue la única obra que entregó.

El cantautor también trajo desde París la donación de otra arpillera, no bordada sino pintada con óleo: un Cristo crucificado con dos personajes que cuelgan de sus brazos y que perteneció al matrimonio de Michele y Max Saffar, amigos de Parra, quien se las regaló en 1964.

En estos últimos meses y previo a la conmemoración del centenario del nacimiento de la artista, varias adquisiciones se han sumado al acervo del museo, al punto de que el próximo 25 de julio la directora de la institución, Cecilia García-Huidobro, brindará un homenaje a todos los donantes. Entre ellos, están los fotógrafos Luis Navarro, quien cedió fotos de Angel Parra; Raúl Alvarez, que entregó catálogos e imágenes de Violeta Parra y la Peña de los Parra; Gloria Herrera, quien donó imágenes de Violeta con su familia en el sur; Ricardo Echeverría, que cedió su colección de vinilos originales de la cantante, y Miroslav Skármeta, quien conservaba manuscritos de la artista. Además, ese mismo día, TVN entregará su archivo audiovisual sobre Violeta Parra, correspondiente a 15 minutos, que serán incluidos dentro del recorrido del museo.

“Es una muestra de confianza en la institución que, a pesar de su juventud, se proyecta en su trascendencia y continuidad. Donar es un acto de la voluntad y eso es lo que reconocemos, porque desprenderse de objetos que se valoran es difícil. Quienes han cautelado tesoros de la artista por tanto tiempo nos han entregado una nueva responsabilidad que asumimos con compromiso”, señala la directora.


Legado y conservación

La última donación se produjo hace un par de días: ayer la cineasta Alicia Scherson entregaba un óleo, de 60×90 centímetros, que la artista le regaló a su abuelo, el médico Raúl Vicencio. Su madre y su tía, María y Ana Vicencio, lo conservaron hasta hoy. “Hay que restaurarlo porque tiene un pequeño tajo”, dice Scherson.

A principios de año, además, se iniciaron las conversaciones con la familia del historiador español nacionalizado chileno Leopoldo Castedo, para la adquisición de un retrato realizado por Violeta Parra en 1960, cuando ambos estaban de visita en Buenos Aires. La anécdota se relata en el libro Contramemorias de un transterrado, escrito por el historiador fallecido en 1999. Una foto suya posando junto al cuadro ilustra la portada.

Castedo estaba en el Hotel Dora de la capital argentina y Parra en el Hotel San Martín; ella lo llamó por teléfono, le contó que estaba enferma y le pidió que la visite. Al llegar, ella lo esperaba en cama con un atril en las piernas: “Siéntate en esa silla y no te muevas para nada. Hace tiempo que te quiero hacer un retrato; y esta es la ocasión”, le dijo la artista. Tras 20 minutos, la obra estuvo lista. “Ven a verlo. Así te veo. Con un universo de colores alrededor de tu cabeza, que son tus pensamientos”.

Emocionado, Castedo colgó la pintura en cada una de las oficinas que tuvo, y tras su muerte fue heredada por sus cinco hijas, que hoy viven en distintos países. A principios de año decidieron vender el cuadro, junto con otros objetos heredados, hasta que Cecilia García-Huidobro se enteró y empezó las gestiones de la compra. Una amiga de la familia, la anestesista María Isabel Bayon, hizo la entrega oficial.

“Es una obra especial. Violeta pinta a muchas personas, pero realiza pocos retratos específicos. En nuestra colección está el de Thiago de Mello y ahora el de Castedo”, señala la conservadora del museo, Ana Anselmo. “El Cristo de Saffar no está en muy buen estado. Cuando lo recibimos se notaba que la obra había estado doblada durante mucho tiempo, como la mayoría de las arpilleras, pero la diferencia es que esta es un óleo. Tiene deterioros activos, se está desprendiendo la pintura en algunas zonas y ahora lo mantenemos acostado, para comenzar a intervenirlo”, agrega.

Parra era una creadora que hacía obras con lo que tenía a mano: bordaba con lanas, pintaba sobre cholguanes y maderas aglomeradas, pegaba legumbres y usaba engrudos caseros para sus papeles maché. “Conservar la obra es uno de los desafíos más grandes del museo. En términos de conservación su obra se acerca al arte contemporáneo por la mixtura de técnicas que usa”, dice Anselmo.

En 1968, la actriz Sonia Fuchs se encargó de montar y reparar las primeras arpilleras, y más tarde, en los 80 y 90, hubo otras restauraciones no siempre profesionales, que de todas formas Anselmo defiende: “Podríamos cuestionarlas, pero en su momento fue lo que mejor se pudo hacer”. Este año se realizó la primera jornada de reflexión sobre la conservación de la obra de Parra, a la que asistieron personas que años antes trabajaron con los cuadros, para recobrar el viaje de las obras, ahora desde el aspecto de su deterioro y restauración.

Es por este aspecto técnico que la dirección del museo ha decidido no cambiar aún la muestra principal y por ahora no exhibir las obras recién adquiridas, aunque adelantan que sí habrá una intervención en octubre para la celebración del centenario. “Como museo nuevo aún estamos en etapa de reflexión, recogiendo la experiencia acumulada. Necesitamos más obras para reconstruir la historia. Saber que otros coleccionistas tienen piezas y poder verlas, registrarlas, es clave. Y por supuesto quien quiera donar, nosotros le garantizamos que sus obras estarán en las mejores condiciones”, dice la conservadora.

Otra donación importante fue la de Ricardo Echeverría (47), seguidor de Violeta Parra desde que tenía 9 años, cuando la escuchó por primera vez, y quien entregó 25 vinilos, entre discos editados por la artista en vida y compilaciones póstumas. “Compré muchos vinilos en los 80, iba al Persa Bíobío y a cuanta feria hubiese. También tenía la tradición de ir al Cementerio General todos los 5 de febrero (día de la muerte de la autora), allí compartía con los hermanos de Violeta, el tío Lalo y Roberto Parra. Se juntaba un grupo pequeño, comprábamos una garrafa de vino, brindábamos, se tocaba música y se bailaba, con el tiempo ese rito se volvió cada vez más político”, cuenta Echeverría, quien es además voluntario del museo. Los discos ya fueron digitalizados y se pueden escuchar en la recién inaugurada sala Run Run.

En 1964, y luego de más de un año en París, Violeta Parra consiguió exhibir sus obras en el Museo de Artes Decorativas del Palacio del Louvre. No fue fácil. Meses antes el comité había decidido borrar su nombre por ser una autora desconocida, pero el conservador del museo defendió su trabajo. Violeta pasaba de la pena a la alegría. “Yo quiero que mi nombre crezca, para ser más fuerte y más importante, para defender mejor a mi pueblo”, le escribió a su pareja, el suizo Gilbert Favre. Lo consiguió: la muestra le dio estatura de artista visual, convirtiéndose en la primera latinoamericana en tener una muestra individual en el espacio. En una de las entrevistas a un medio local le preguntaron: “Violeta, usted es poeta, es compositora, y hace tapicería y pintura. Si tuviera que elegir un solo medio de expresión, ¿cuál escogería?”. “Yo elegiría quedarme con la gente”, contestó la artista. Hoy cuando ya no está, el público puede seguir encontrándola en su obra.

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